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JUGUETE RABIOSO:

En un último “bonus Track” de la sección, hoy compartimos “El Inquilino” de Arturo Bandini

Este es el último cuento de la sección que cura Diego Reis y en est ocasión, un cuento del escritor vecino de nuestra ciudad, quien narra, en un episodio fantástico y delirante, la odisea de conseguir un alquiler en Villa La Angostura.
02/05/2023
En un último “bonus Track” de la sección, hoy compartimos “El Inquilino” de Arturo Bandini

EL INQUILINO / Por Arturo Bandini *

El Chabón fue desalojado así que se pone a buscar techo.

Va a una inmobiliaria que exhibe en los ventanales del local imágenes de ostentosas propiedades a la venta, que se suceden en la pantalla de dos monitores que cuelgan del techo: cada imagen exhibe en el margen inferior derecho el precio en dólares. En otra hilera de imágenes, que también suspenden del techo sujetas por un sistema de nudos e hilo sisal, cuelgan imágenes de modestas casas y departamentos de pasillo en alquiler. Así que el Chabón identifica una que más o menos le gusta (que tenga patiecito para las plantas, piensa) y se mete en la inmobliaria para averiguar el procedimiento a seguir, como ser habitacional que necesita un techo.

Lo atiende una mujer: es pelada y está muy bien vestida y con una sonrisa pintada, lleva incrustado, en la solapa del saco un prendedor con la insignia: "NO A LA DEFORESTEIYON" y tiene una ardilla de peluche abrojada al hombro derecho, y la ardilla a su vez tiene un loro en el suyo.

-Caballero, muy buenos días, ¿en qué lo sirvo? -le pregunta la pelada.

El Chabón le dice que le gusta la casita de pasillo, esa que tiene una cocinita, un dormitorio, baño y patiecito; que no tiene perro, le dice, que no tiene hijos, que no tiene plata (eso lo piensa); le dice que tampoco tiene novia y que sus únicos amigos son una docena de libros que lee y relee una y otra vez; y le empieza a nombrar una lista interminable de autores y títulos desconocidos que, a juzgar por la expresion de la agenta inmobiliaria, en su vida escuchó.

Así que la agenta enseguida vuelve a la postura de sonrisa pintada, automáticamente, como si fuese ese gesto de los músculos faciales tensados la pose natural en su boca. La ardilla se tambalea en su hombro, es imposible no dirigirle la atención al peluche.

 -¿Cuál? ¿La del barrio? Alto baguyo -pregunta y responde la pelada, siempre con la sonrisa.

-Sí, sí, esa, creo que es esa, la... la del patiecito, ahí, con parrilla al piso -señala el Chabón, marcando con la palma de la mano casi al ras del piso.

La agenta se sienta frente a la computadora.

 -Sí, sí, esa misma -dice-. En barrio Alto baguyo -escribe en el teclado-. Más precisamente en las calles Piedrabuena y Cogoyelli.

 

Mientras sigue escribiendo, buscando tal vez la información sobre la casa, le cuenta que es una zona semi-residencial, que muy cerca de ahí viven o vivían (ya no recuerda) Sylvester Stallone, Pepitito Marrone y la Hiena Barrios; le dice que también se filmó parte de la película Querida encogí a los niños. Así que al Chabón, que es asiduo espectador de cine, se le iluminan los ojos y le cuenta a la agenta inmobiliaria que él participó como extra en la película Pizza, birra y faso, que era uno que daba vueltas abajo del obelisco empujando un carro, le dice, y que le pagaron con un cacho de muzza, un vaso de cerveza y una tuca, le dieron, le dice, y que estaba  vacía, la tuca. Así que la pelada mira la hora en su reloj de muñeca y le dice al Chabón que al mediodía cierran, que si tiene tiempo lo lleva a ver la propiedad, que anda en auto, le dice, y que no tiene ganas de volver a la casa porque discutió con su pareja, porque tapa la bañera con sus pelos, le cuenta y se señala la cabeza, y que se va a comer un sanguchito por ahí, que a las cuatro abren de nuevo.

Así que arrancan para el supuesto barrio residencial mientras la pelada no para de hablar entre sonrisa y sonrisa: ese gesto automático es un signo gramatical en medio de cada oración que emite. Cuando el Chabón mira por la ventanilla, el paisaje se le hace desconocido, le resulta un poco extraño no haber transitado jamás por estas calles.

-Estamos por llegar -le dice la pelada.

Es como descubrir, de repente, un barrio hermético en medio de la ciudad. Una ráfaga de aire caliente le acaricia la frente, aunque las ventanillas permanecen cerradas.

-Es acá -dice la agenta.

El Chabón observa el frente de la casa desde adentro del auto: no anda nadie en la calle. La pelada saca de la guantera un paquete de papel envuelto y una bolsa de pan.

-Tengo mortadela y queso acá -dice, el Chabón empieza a notar cierta mirada sicótica que acentúa con la sonrisa constante.

No anda nadie en la calle, el barrio entero parece una escenografía, como en Truman Show, piensa el Chabón, que se contenta con la idea de un sanguchito de mortadela y queso. Así que entran a la casa: un pasillo descubierto de menos de un metro de ancho y diez afixiantes metros de alto y largo los conduce hasta una puerta de chapa celeste despintada, con un circulito de vidrio a la altura del ojo. El Chabón mira hacia arriba, una tajada de cielo gris se recorta como una pantalla apaisada.

Así que la pelada abre la puerta metiéndole una patada en la parte inferior y un vaho putrefacto, irrespirable, hace que el Chabón se presione el estómago de impresión. Ella como si nada mantiene la sonrrisa inalterable.

-Adelante -le dice, con los ojos desquiciados.

El Chabón mira hacia atrás, la puerta de entrada queda lejísimos. La casa está oscura, la pelada desapareció en esa sombra.

-Vení, vení para acá -se escucha la voz-. Vení a la cocina.

El Chabón avanza tapándose la nariz. De repente, se oye un ruido a riel oxidado y una claridad se desliza en las paredes.

-Vení, vení a la cocina.

Cuelga el saco en un respaldo. La ardilla se bambolea, abre el paquete de papel, saca un pan, lo parte al medio y le manda tres fetas de una mortadela amarronada y transpirada y tres de queso.

-Tomá, tomá -le dice-. Tomá, comé algo, vení, sentate.

El Chabón se sienta, mira hacia afuera. El patio es un poco extraño, es un cuadrado de cuatro por cuatro que no mantiene el mismo nivel del piso que el interior como en cualquier casa, si no que es hacia abajo como un inmenso y profundo foso de tumba.

-Comé, comé -repite la pelada, que para esta altura tiene el rostro sobresaltado con los ojos totalmente perdidos y la sonrisa temblando.

 -Comé, comé, que ya está por venir.

El Chabón empieza a arrepentirse y lo inquieta un poco el comentario que acaba de hacer  la pelada.

-Pero, pero, ¿quién, quién está por venir? -pregunta algo intrigado.

-Ya te vas a enterar quién está por venir.

Así que el Chabón que para esta altura ya está bastante cagado, le dice:

-Bueno, eh, me parece que me estoy yendo, se me hace tarde, es que, eh, salí padrino de confirmación, ahí en la iglesia, vio, y tengo, eh, tengo que practicar, ahora se juntan, ahí, con el cura...

Así que encara para la salida, pero de repente un sonido escabroso que surge de las profundidades hace temblar el piso.

-Te dije, ahí viene.

El Chabón se da vueltas y observa cómo del cuadrado profundo del patio emerge una extraña y gigantesca forma peluda, similar a una ardilla con mirada de suicida y dos tremendos dientes frontales. La agenta se arrodilla, estira todo su cuerpo contra el piso y repite unas palabras indescifrables en un murmullo infinito.

-¡ASÍ QUE ERES INQUILINO! -grita la ardila deforme desde las alturas.

-Sí -dice el Chabón desde abajo-. Soy inquilino.

-¡DEMUÉSTRALO, ENTONCES - grita la ardilla-. ¡COME MORTADELA!

Así que el Chabón embelesado por la imponente presencia agarra el sánguche y le da un par de mordiscos y traga. Mientras, la ardilla gigante le pregunta si tiene garantía de propiedad.

-No -responde el Chabón.

El bicho, que anota todo en una notebook que tiene apoyada en la enorme panza peluda, le dice que con sólo verlo entiende muy bien que no dispone del monto que solicita el mes de depósito y los tres meses de adelanto pero que, en reemplazo, para no dejarlo tirado, le dice la ardilla, podrá entregar un riñón, un testículo en su caso, y las falanges completas de tres dedos, de la mano que él quiera. 

El monstruo peludo sigue anotando todo, y dice que por último es más que obvio que ni ahí de pagar expensas, que no se preocupe que está resuelto, que ya hay instalado al costadito del baño un extractor de sangre por goteo, que dejará 16.000 gotas diarias.

Entonces imprime una hoja que le alcanza con los enormes dedos de peluche junto con una lapicera.

-Firmate ahí y ya te mudás.

Así que el Chabón, un poco confundido tal vez por la dudosa mortadela que ingirió, pone su firma y la ardilla deforme comienza a descender en el pozo, los enormes ojos inquietos lo miran fijo hasta desparecer.

La pelada en seguida se pone de pie, la sonrisa intacta, la mirada sigue desvariando, lo conduce por la oscuridad hasta una habitación.

-Metete, metete acá que hacés todos los trámites -le dice.

La pelada abre la puerta, el Chabón siente que se desvanece. El olor es nauseabundo, se siente mareado. Hay una camilla y hay una luz potente: son reflectores.

Antes de cerrar los ojos, advierte la presencia de varias ardillas, cinco tal vez, que llevan delantales adornados con antiguas manchas moradas.

 

***

 

* ARTURO BANDINI nació en nació en la ciudad de La Plata, más precisamente en el barrio El Mondongo. Desde la más temprana edad, ya mostraba gran dificultad para la escritura, cosa que nunca pudo superar. Intentó publicar sus textos en diversos medios del país y el exterior, y aún sigue intentándolo. Actualmente, reside en Villa La Angostura, participa como puede en el programa radial DETECTIVES SALVAJES, que se emite cada sábado por la radio comunitaria El Orejano.

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