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JUGUETE RABIOSO / SEGUNDA TEMPORADA

Bonus Track 1: hoy, “Hasta que la muerte nos separe”

Pese a que finalizó formalmente la sección que cura Diego Reis, el escritor local decidió regalar este cuento de  Martina Raigoso
05/05/2024
Bonus Track 1: hoy, “Hasta que la muerte nos separe”

Luego de publicar, durante esta segunda temporada, 19 cuentos de autores y autoras, tanto de la región como del resto del país, la sección  JUGUETE RABIOSO propone compartir algunos de los textos surgidos del taller de escritura creativa EL CUENTO DEL VERANO, coordinado por el escritor y profesor Diego Rodríguez Reis, este verano en la Biblioteca Popular “Osvaldo Bayer”.

 

 *

Hasta que la muerte nos separe

                

Un rayo de luz ingresaba a la oficina a través de las ventanas, marcando el paso del tiempo con su desplazamiento. El suave sonido de las agujas del reloj moviéndose eran suficientes para causar que mi mente se disperse hacia cualquier pensamiento que no este relacionado a la pila de archivos que debía entregar a mi jefe al finalizar el día laboral. A pesar de mis ganas de abandonar todo el papeleo e irme a mi casa, no podía perjudicar mi lugar en aquella empresa luego de haber luchado tanto por ese puesto; pero una parte de mi se preguntaba que estarían haciendo los muchachos del piso de abajo con los que solía pasar todas mis tardes. ¿Seguirán poniendo música a pesar de que no estaba permitido? ¿Bebiendo el café insulso de la máquina expendedora? ¿Notarán tanto mi ausencia como yo noto la de ellos?

Pasé la página, confiando que el siguiente documento seria lo suficientemente interesante para mantener mis pensamientos en el trabajo. Consulte mi reloj de muñeca para asegurarme que el que tenía en frente no estaba averiado. Tan soloquince minutos más y termino. Cerré los ojos y recosté la cabeza hacia atrás. La noche comenzaba a ingresar cuando la jornada laboral se terminaba, pero el agobio por las altas temperaturas de verano no se iba. Sumado a esto, la monotonía de realizar el mismo formulario para cada uno de los clientes hacía que los días en la empresa sean tortuosos.

Y a pesar de que la lista de contras iba aumentando, no me podía permitir dejar aquel trabajo. Eso era lo único que me permitía darle a mi mujer la vida que se merecía. Cuando nos conocimos, tuve muy en claro que ella era alguien inalcanzable para mí; pero sorpresivamente decidió prestarme atención, y ahí me prometí que nunca le faltaría nada, y si eso significaba estar internado dentro de aquellas cuatro paredes, con tal de que María pueda comprarse todos los vestidos y joyas que quisiera, lo iba a hacer.

-¡Querido amigo! ¿Qué es esa cara larga? -el silencio pleno al cual estaba tan acostumbrado fue interrumpido por la entrada de mis ex compañeros de oficina mostrando todos sus dientes en una gran sonrisa, probablemente tratando de contagiarme la alegría-. Me parece que Matías no se enteró de las noticias…

-Estuve todo el día encerrado en estas cuatro paredes, ¿realmente pensás que me entero de las cosas que pasan fuera de esta habitación? -a pesar del cansancio en mis ojos, no podía evitar sonreír ante la felicidad que rodeaba a sus amigos, queriendo unirme a esa celebración.

-¡Nos aumentaron el sueldo! Es motivo suficiente para ir a tomar unas birras, no podés decirnos que no -comentó Nico, acompañado del ruido de aplausos realizados por el resto de los hombres al dar la noticia. Junto con mi promoción, había logrado conocer el concepto de ahorro, como el dinero no tenía que ser siempre justo, o estar buscando monedas para llegar a fin de mes; pero mis amigos no habían tenido esa suerte, por lo que comprendía la emoción de ver fruto a tantos reclamos que habían realizado. Tenían razón, aquellas noticias eran dignas de festejarse.

Lancé una leve carcajada, y fue acción suficiente para que todo el grupo dirija su cuerpo hacia la puerta, para por fin salir del establecimiento. El resto del grupo que no había ingresado a mi oficina se encontraba a cierta distancia cuando logré visibilizarlos. El destino era claro, el único bar concurrido del pueblo.

No vivíamos en un lugar proclive al descontrol y movimiento nocturno, ya que era mas que nada conocido por su ambiente familiar y tranquilo; pero aquello no descartaba la lujuria y deseo de los trabajadores, la tentación del alcohol y el vicio por el juego. Yo más bien era conocido por ser un hombre hacendoso y cuidadoso con respecto al dinero. Sabía que meterme en ese mundo solo me llevaría al declive de mi relación, pero una cerveza con mis amigos no cambiaría el rumbo de mi vida.

Recordaba haber estado en este mismo bar cuando era tan solo un adolescente, sin preocupaciones que sobrepasen el buscar pareja y beber hasta perder el conocimiento, o en su defecto, terminar vomitando en el baño del lugar. Ahora, treinta años mas tarde, con poco pelo en mi cabeza caído a causa del estrés, el recuerdo aparecía en mi mente como algo nubloso y lejano.

Sacudí la cabeza para despejarme, y obligué a mis pies a cruzar la puerta para poder sentarme en la mesa elegida. Al llegar junto a mis compañeros, note como sus rostros habían cambiado la expresión que tenían hace tan solo unos minutos. Las sonrisas habían desaparecido, y sus labios, en una fina línea blanca, generaban una incomodidad en mi cuerpo que no lograba comprender. Mis ojos hacían un paneo a través de las mesas, tratando de encontrar la fuente proveniente de aquel cambio tan brusco en el humor de los muchachos.

Cuando encontré la causante de todo el alboroto, deseé no haberlo hecho.

Con cierta agitación en mi respiración, avisté el rostro afligido de Nico, seguramente sintiéndose culpable por haber sido el incitador de aquella salida. Sentía mi sangre hervir mientras jugueteaba con mi anillo de matrimonio y observaba, como un simple espectador, como mi esposa realizaba una exhibición en la esquina del lugar, subida sobre el regazo de un hombre mucho mas joven que ella, besándose como si estuvieran en la intimidad de una habitación. A pesar del sentimiento de amargura ya instalado en la boca de mi estómago, mi mirada parecía estar hipnotizada ante aquella demostración.

Mi mente era un torbellino de pensamientos que no se detenía. Distinguía los celos, notando que en veinticinco años de matrimonio María nunca me había besado con tal fervor y pasión, sino que sus demostraciones de amor no pasaban de una leve caricia entre nuestros labios. La tristeza picaba en mis ojos, que amenazaban con soltar rastro de aquellas emociones. Puse la vida de aquella mujer por encima de la mía en cada ocasión, toda acción que realizaba iba destinada a su felicidad y lo que creía que era mejor para ambos, y a pesar de todos los esfuerzos, ella me pagaba con lo que más podía lastimarme, la traición.

Los murmullos a mis espaldas eran un sonido constante llegando a mis oídos, y a pesar de no verlo, suponía que los muchachos que me acompañaban estaban hablando de aquella situación. Me preguntaba hace cuanto había iniciado ese amorío. ¿Acaso todo el pueblo lo sabia y yo era el hazmerreir del lugar? Ahora comprendía las miradas de tristeza que compartían mis vecinas cuando volvía tarde a mi hogar al finalizar mis turnos de trabajo, con ojeras tan grandes que podrían ser confundidas con moretones bajo mis ojos. Probablemente todos sabían de aquello, y yo era solo el pobre esposo que no podía ver la realidad por culpa de mi enamoramiento.

Sentía el calor en mis mejillas, el odio y la vergüenza palpitaban en mi interior. María me había hecho ver débil e ingenuo frente a la gente que mas respetaba. Había ignorado mis horas encerrado, el haber abdicado el tiempo para mi mismo, para cuidar mi aspecto y mi higiene, con tal de usar ese espacio para ganar mas dinero para su felicidad. Mi deseo de venganza aumentaba con cada segundo que me pasaba observando aquella escena frente a mí. Iba a sacarle todo, a dejarla sin absolutamente nada, para que vea todos lo que había hecho por ella. Al fin y al cabo, dicen que uno aprecia lo que tiene una vez que lo pierde.

Aún mareado y aturdido, tomé mi campera que había llegado a colocar sobre el respaldo de la silla, y sin hacer ningún comentario, salí del bar. Notaba las miradas siguiendo mis movimientos, pero me negaba a hacer algún comentario al respecto con mis amigos, quienes seguramente me hablarían con lastima y pena. El golpe frío del aire contra mi rostro basto para lograr despabilarme de aquella pesadilla que acababa de presenciar.

Mi mente tenía un único objetivo, lograr que todos mis ahorros se desvanezcan, que María no tenga ninguna razón para quedarse conmigo, y que una vez que  se de cuenta que su futuro con el joven amante era improbable, vuelva rogando para poder ser yo quien la humille frente a todos. No iba a dejar que ella gane.

Mis pasos firmes iban en dirección a mi casa. A esas horas siempre estaba solo en el hogar, ya que mi esposa estaba supuestamente en un taller de costura con sus amigas. Que ingenuo que había sido. Como un velo que cubría mis ojos, deje que mi amor hacia ella no me permitiera ver lo que era tan obvio para todo el mundo. Abrí la puerta velozmente, temiendo que la presencia repentina de María arruinara mi idea. Todos nuestros ahorros, ganados por mi ardua labor de tantos años, se encontraban en una caja de seguridad de la cual ambos teníamos la clave, pero solo ella tomaba dinero. A pesar de darle todos los lujos a mi esposa, la cantidad que tenia ahorrada era muy amplia en comparación a lo que una familia promedio podía lograr con la economía que había en el país.

Con un bolso ya lleno de pequeños montones de billetes divididos por cantidad, salí por la puerta principal, y agradecí estar cerca del único casino de la zona. La caminata fue una excusa para retarme por cada vez que puse sus necesidades por encima de las mías, por haberme dejado pisotear con tal de ver una sonrisa en su cara.

No me consideraba alguien experto en el juego, aquel mundo era algo prohibido en mi mente, una puerta que muchos abrían y pocos podían cerrar. Mi vista tardo unos segundos en acostumbrarse a la tenue luz del lugar, y no podía evitar preguntarme que era lo que les parecía tan atractivo para quedarse por tanto tiempo. Una nube de humo llenaba toda la sala, el olor a cigarrillo se mezclaba con la transpiración de los trabajadores, y el olor a alcohol que algunos borrachos desprendían de sus poros. Todo en el lugar era sofocante.

Avancé entre las mesas de póker y blackjack, llevándome miradas extrañadas por parte de los jugadores. No podía sentarme en esas mesas, ya que por más que quería perder mi dinero, no pensaba hacer el ridículo apostando todo en un juego que ni conocía las reglas. Por lo que, como todo primerizo en aquel ambiente, supuse que la mejor opción para aquella noche iba a ser la ruleta.

Recién entrada la noche, el casino seguía con poca gente circulando. La fila para comprar fichas, que normalmente tenia alrededor de diez personas aguardando para pagar, se encontraba completamente vacía. Cuando apoye el bolso con los fajos de dinero, la muchacha encargada de contarlo abrió sus ojos con sorpresa. No me enoje, ya que comprendía que mi aspecto ermitaño no iba de la mano con la pila de billetes frente a ella. Pedí que me diera las fichas naranjas, las de mayor valor.

Algunas miradas asombradas seguían mis pasos, pero poco a poco los jugadores se iban acostumbrando a mi presencia. Notaba su enorme curiosidad por mí, alguien desconocido en aquel ambiente, que llego de la nada con mucho dinero para gastar. Cantidades constantes de bebidas y refrigerios salían de los bares. Decidí seguir el estilo de la mayoría, y pedir una cerveza, cosa que no me molestaba ya que es la bebida que suelo escoger.

Con el vaso en la mano, me deslice entre la gente hasta llegar a la gran mesa de la ruleta. No me sorprendió notar que era la única mesa llena. Había algunas personas mayores, pero lo que más se veía eran jóvenes, quienes, al igual que yo, seguramente no sabían jugar a ninguna otra cosa, pero igual querían disfrutar del atractivo de apostar dinero. Pase unas vueltas tomando el rol de espectador, hasta que por fin me invitaron a participar.

La banqueta estaba recubierta con un terciopelo rojo acolchonado, y agradecí internamente, ya que mi espalda pedía a gritos un lugar donde mantenerme. Me decidí por empezar con pocas fichas, las colocaba en numero al azar, sabiendo que, al ser un juego de suerte, tal vez con un numero ganaría, pero con el resto no. El tiempo se pasaba rápido, entre ronda y ronda me ponía a charlar con el resto de la gente, a beber cerveza. Cada vez que comenzaba a pasarla bien, la imagen de mi esposa besuqueándose con otro hombre aparecía como un reflector en la mente, trayéndome devuelta a la realidad, a concretar el plan.

Cuando estaba por iniciar la cuarta vuelta, noto como mi celular comienza a vibrar, indicando la llegada de un mensaje. No estaba muy bien visto usar aquel dispositivo cerca de la mesa, por lo que me aparte un poco de la ruleta, llevándome la gran cantidad de fichas restantes, para poder leer con tranquilidad. No tuve que buscar mucho, ya que en la pantalla principal brillaba el mensaje: ¡Amor! Me voy a comer a lo de mi amiga Maite. No me esperes despierto, seguro llego tarde.

 Aquella frase tan conocida para mi casilla de mensajes logro que mi mente se tiña de rojo. Nunca había dudado cuando se quedaba a comer, o incluso a dormir, en la casa de sus amistades, pero ahora entendía todo. Probablemente, luego de haber continuado con su escena pasional en el bar, la mujer y su amante habían decidido partir hacia la casa de él para poder concretar su encuentro. Estaba harto de aquella situación, estaba harto de seguir sintiéndome débil, de ser la segunda opción, el perro faldero de mi esposa.

Volví a la mesa a un paso firme. La gente giró sus cabezas, probablemente notando mi pesado caminar y mi mirada furiosa. Sentía a mis ojos llenarse de sangre.

-¿Listos para comenzar la siguiente ronda? –el crupier de la mesa estaba consultando por las apuestas faltantes. Hice un paneo al tablero, viendo que la mayoría de las fichas se encontraban en los números altos, ya que en la mano anterior habían salido todas bolas bajas. Lo que el resto de los jugadores había realizado tenía mucha lógica, ya que ninguna persona supersticiosa iba a apostar a algo que ya había salido, pero como mi objetivo estaba mas inclinado en perder todo, ignore las acciones del resto.

-Todas mis fichas al treinta y seis, por favor -noté cómo los ojos de las personas sentadas a mi lado se abrían con desconcierto. Por mis jugadas anteriores, no se daba a entender que yo quería perder todo mi dinero, sino que mi juego había sido tranquilo. Pero ahora, todos sabían que había tan solo dos opciones: o perdía absolutamente todo lo que tenía, lo cual equivalía a las fichas de todos los otros jugadores combinados, o salia de aquel establecimiento con tres bolsos más de billetes.

Todos en aquella sala parecían estar mas nerviosos que yo. Sentía como sus miradas me seguían en cada movimiento que realizaba. No despegaba mis ojos de los giros que realizaba la bola dentro de la ruleta. Sabía que la posibilidad de que aquella pequeña esfera blanca caiga en el número que yo había elegido era casi nula. Casi.

Lo primero que logré analizar fueron los gritos. No distingui si eran de felicidad o tristeza hasta pasados unos minutos, pero cuando logre absorber toda la información, no lo podía creer.

-¿Gané? -no hago nada bien, ni para perder todos mis ahorros sirvo.

Eso modificaba todos los planes. Podría tranquilamente tirar el bolsón de dinero en el riachuelo más cercano, pero perdería el sentido. Quería que el vicio y la obsesión por darle todo a mi esposa fuera arrebatado por otro vicio mas popular, tal como lo era el casino.

Tomé todas mis cosas y hui a mi casa. El lugar donde menos quería estar termino siendo un refugio, la gente del casino podía llegar a hacer cosas impensables con tal de robar mi dinero. Al abrir la puerta, la luz de la cocina me encandilo. Yo estaba seguro de haber apagado todo, ¿o no?

-Amor, ¿dónde estabas? -entré en la cocina, en dirección a aquella voz que tan conocida me resultaba. María estaba apoyada sobre la mesada, con una con un cuchillo en sus manos, mientras cortaba una manzana. El perfume de lavanda que usa hace más de cinco años se adentraba por mi nariz. Aquel olor que me enamoraba cada mañana, y me causaba tristeza con su ausencia, ahora me producía asco.

-Salí.

-¿Se puede saber a dónde?

¿Acaso le estaba haciendo una escena? ¿Ella, quien hasta hace unas horas se encontraba besando a un desconocido en la esquina de un bar? Sentí como mis cachetes se comenzaban a calentar. En otros momentos no hubiera tenido problema en contarle donde estaba o que hacía, ya que creía que nos encontrábamos en una relación sana y comunicativa; pero ahora no comprendía la hipocresía con la que hablaba. Mis manos fueron inconscientemente hacia mis ojos, para frotarlos levemente y sacar el sueño y el enojo que estaba sintiendo.

-Sí, cómo no -me coloqué frente a ella, no iba a dejar que me siga hablando con tanta impunidad, como si no supiera los pecados que había cometido-. Me fuí al bar con los chicos, el que está a una cuadra del trabajo, ¿lo ubicás?

La sonrisa de María desapareció, mientras que su cara comenzó a perder el color.

-¡Hace mucho que no entraba a ese lugar! Me llevé muchas sorpresas, algunas agradables, pero otras no tanto.

-¿Ah, sí?

-Sí, hicieron modificaciones en la barra y en las esquinas, pero seguro estas mas familiarizada que yo en eso, ¿no?

-Amor, yo…

-No, me vas a escuchar a mí -no iba a permitir que vuelva a engañarme de esa forma, no le iba a dejar explicarse y mucho menos volver a manipularme-. Te dí todo, María, todo lo que tenés es gracias a mí. Me maté trabajando, día y noche, para salir al bar con mis amigos y encontrarme a mi esposa besuqueándose con un pendejo. ¿Saben la humillación que sentí?

-No me importa tu humillación. Estabas tan metido en el trabajo que no me prestabas atención. Dia tras día te esperaba con la cena, con temas para contarte. ¡Y ni un beso me dabas! ¿Eso te parece ser buen esposo? -María gritaba. Nunca la había visto tan enojada, pero me importo poco. Era yo quien se había sacrificado por esa relación, mientras que ella pasaba los días tirada en el sillón sin ser capaz de aportar dinero para la comida.

-Si yo no trabajo, no comemos, María. ¿Qué es lo que no entendés? Sos una inservible, que ni ser buena esposa podés.

-¡Yo no quería tu plata, Matías! Vos sos el que siempre dijiste que “tenía que quedarme en casa”. Siempre quise ayudar económicamente, y mucho más si eso significaba que vos te quedes más tiempo conmigo. ¡Pero nunca me dejaste! -sus gritos seguramente estaban alertando al vecino, pero mi enojo no me permitía hacer que ella haga silencio-.  ¡Nunca te quise engañar, Matías! Pero me siento tan sola, y por más que sé que lo que hice estuvo mal, no me arrepiento en absoluto.

Ya me comenzaba a hartar. Mi plan en el casino había salido mal, y lo único que tenia era a mi esposa enojada agitando un cuchillo por el aire y mi bolsón de billetes.

María seguía con su monólogo, pero yo solo podía ver como su boca se movía y lo único que escuchaba era un pitido en mis oídos. Sus manos, tan expresivas como siempre, hacían movimientos, zarandeando el cuchillo por los aires, mientras acompañaba las cosas que gritaba.

Su mano se encontraba fría cuando la tomé.

-¡Callate! -estaba harto. La mirada de María parecía desprender asco y dolor, pero estaba seguro de que eran exactamente los mismos sentimientos que mis ojos mostraban-. Si tan poco te importa todo lo que te di, disfrutá no tener nada. Ojalá te pudras en la cárcel.

Mis manos no temblaban cuando tome con fuerza las suyas, apuntando el cuchillo hacia mí y clavándolo con fuerza. Miré sus ojos hasta que comencé a sentir el liquido bajar por mi torso. Mi temperatura corporal iba bajando rápidamente, sintiendo como mi alma se iba con cada gota escarlata que chocaba con el piso. María gritaba, o al menos eso creía, porque había dejado de escuchar desde que esa punta atravesó mi pecho, y mi vista era una nube borrosa que no me permitía distinguir nada con exactitud.

Cuando sentí mis piernas debilitarse, cerré mis ojos, ya no había vuelta atrás.

           

*

 

* MARTINA RAIGOSO, 21 años, creció en Villa La Angostura. Se describe a sí misma como una fiel admiradora del arte, y plasma sus ideas en el Diseño de indumentaria. Criada entre páginas de novelas y el lema de su mamá: “Con un libro nunca estás sola”. Buscó toda su vida poner en palabras las escenas surgidas en su mente y las historias observadas por sus ojos.

 

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