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JUGUETE RABIOSO SEGUNDA TEMPORADA

Hoy compartimos el cuento “Un desierto... como nuestras vidas”, de  Marilé Alarcón

En esta nueva entrega de la sección literaria que cura Diego Reis, un trabajo de la escritora local.
17/02/2024
Hoy compartimos el cuento “Un desierto... como nuestras vidas”, de  Marilé Alarcón

Un desierto... como nuestras vidas

No nos quedaba otra salida que escapar. El refugio que creíamos seguro, ya no lo era. Cargamos las mochilas y subimos a la moto. Nos iríamos. ¿Dónde? No lo sabíamos, solo hasta donde alcanzara el combustible.

La angustia de sentirnos perseguidos nos atormentaba día tras día. Demasiado tiempo, años ocultándonos, solo porque somos así, distintos. No son nuestros ideales, ni nuestra religión, simplemente somos distintos.

Nos sorprendió la noche en un camino aparentemente solitario, ni siquiera sabíamos que lugar era. Escondimos la moto en unos matorrales y comenzamos a andar, no por el camino, decidimos hacerlo a través de ese enjambre de matas espinosas. Solo la luz de la gigantesca luna nos alumbraba.

De repente nos encontramos con un nefasto desierto, difícilmente podremos atravesarlo, nos dijimos. Pero la necesidad de alejarnos era más apremiante que el temor.

Una temible tormenta de arena se desató en la fría noche, buscamos con la mirada un lugar donde protegernos, pero no había donde. Nos sentamos y abrazados esperamos que pasara y rogamos poder sobrevivir. La atrapante soledad de ese desierto no nos iba hacer desistir. Solo pensábamos de cuántas vidas se habrá apoderado ese siniestro mar de arena.

 

Un apacible amanecer nos sorprendió increíblemente, después de tanto terror, todo estaba en calma. Sacudimos nuestras ropas, nuestra cara, nuestro pelo y continuamos.

A medida que avanzábamos nos maravillábamos de ver la cantidad de pequeñas alimañas que lentamente dejaban su rastro, casi imperceptible, a su paso.

El calor, cada vez más intenso, nos hacía temblar, por más que buscábamos, no había un solo lugar donde guarecernos de los quemantes rayos de sol. Ya casi sin agua, nos dijimos que más cruelmente no podría tratarnos ese maldito desierto.

Nuestras piernas ya casi no respondían. A lo lejos, como una visión increíble lo vimos, un oasis, palmeras, sombra, agua. Temíamos que solo fuera una alucinación, pero los dos veíamos lo mismo. Nos dimos ánimo y fuerzas, teníamos que llegar allí, debíamos llegar si queríamos seguir con vida.

Arrastrándonos los últimos metros llegamos a ese pequeño y a la vez inmenso paraíso que nos daba un pequeña esperanza.

Bebimos de esa agua, nos quitamos la ropa y nos sumergimos para aliviar el calor. Después de un placentero baño, nos recostamos bajo una palmera y comimos de sus dátiles.

¿Estaríamos seguros allí?, nos preguntamos. Sí, era un muy buen lugar para armar otro refugio, pero también podrían encontrarnos.

 

Qué miserable vida llevábamos desde pequeños, siempre escondidos, siempre temerosos. Recordamos ver a través de una ventana, otros niños jugando y corriendo por la calle y nosotros solo encerrados. Teníamos un vago recuerdo de la señora que nos alimentaba y nos enseñó a leer y escribir y del día en que nos llevó a esa casa en medio del bosque, llena de alimentos y libros y después desapareció. Allí crecimos; memoramos cuando ya no teníamos más comida, buscar en el bosque plantas o algo que comer, inventamos una especie de lanza, como habíamos visto en algún libro, para cazar un conejo o lo que pudiéramos.

Comentamos también el momento que llegó a ese lugar una persona, que al vernos gritó y corrió llamando a otros y debimos escapar, nuestro primer escape. Corrimos durante horas hasta que llegó la noche, nos escondimos en un galpón, donde encontramos algunas ropas con qué cubrirnos, quizá así no daríamos tanto miedo. Seguimos huyendo hasta dar con esa choza abandonada que nos cobijó por años, fue allí donde encontramos esa vieja moto que nos ayudó a escapar ésta última vez.

¿Qué haríamos? ¿Nos quedaríamos en ese oasis o deberíamos seguir? La pregunta quedó vagando en el aire. Por lo pronto, trataríamos de dormir y descansar.

Nos despertó el extraño ruido de un motor, parecido al de la moto, rápidamente juntamos nuestras cosas y tratamos de escuchar de qué lado provenía ese sonido. Sorprendidos vimos que se trataba de un avión que volaba casi sobre nuestras cabezas, escondidos esperamos que se alejara.

 

No podemos quedarnos aquí, también nos encontrarán, debemos seguir, nos dijimos solo con las miradas. ¿Hasta cuándo? ¿Hacia dónde? Tampoco lo sabíamos.

Esa maldición que nos apartaba de todo y de todos. ¿Por qué a nosotros? Crecer con temor, vivir con temor, eso era todo lo que sabíamos por ser diferentes. Por tener nuestro cuerpo y nuestra cara cubiertos de pelo, por parecernos a un animal, pero éramos personas, humanos, como de quienes escapábamos. Solo porque nos veían y se horrorizaban ante nuestra presencia. Por qué nadie, nunca intentó ayudarnos, preguntarnos, que oyeran nuestras voces, solo huían de nuestra presencia y volvían con más gente armada, para cazarnos.

 

*

 

* MARILÉ ALARCÓN. Nací en Rosario el 06/09/54. A los 21 años me trasladé a Mar del Plata, dónde nacieron mis cuatro hijos.Tengo siete nietos. Hace 20 años que vivo en Villa La Angostura. Me apasiona leer todos los géneros. De tanto en tanto, escribir.

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