TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos "El córner invicto…", de Daniel Lineares

n la sección que cura Diego Réis, hoy un cuento sobre a historia de la canchita donde nunca se jugaban córners.
15/03/2025
Juguete Rabioso: hoy compartimos "El córner invicto…", de Daniel Lineares
Juguete Rabioso: hoy compartimos "El córner invicto…", de Daniel Lineares

Allá por hace un montón de años, casi ni puedo recordar cuantos, en la cuadra demarcada entre las calles Puerto Gaboto, Cayastá, Saladillo y Venado Tuerto, en el barrio Canal V, estaba nuestro último reducto contra el avance arrollador de la civilización neuquina… nuestro refugio contra la voracidad inmobiliaria… nuestro campito… nuestra canchita de fútbol…

Digo nuestra, porque era lo que sentíamos, nadie nos había nombrado oficialmente como cuidadores o tenedores de esa porción de baldío… fue más bien como una toma… tomamos e hicimos propio un pedazo de tierra que parecía no tener dueño, o no ser ocupado por nadie…

El barrio era de casas añosas y otrora alejado de todo en la capital provincial, pero el progreso de la población, la instalación de planes de vivienda (nosotros éramos casi todos de esos nuevos barrios) justo al lado, había vuelto a la zona en un polo de desarrollo; familias jóvenes, repletas de niños que éramos guachos durante el día, se habían instalado cerca, conformando ese cúmulo de pandillas de pibitos que en verano andábamos a la buena de dios hasta que se escuchaba el silbido del viejo o el grito de la vieja anunciando la hora de volver a casa…

El baldío, por supuesto, estaba rodeado de calles de tierra, y ocupaba toda la manzana… era un terreno yermo, que alojaba piedras o las todavía peores rosetas, que traicioneramente se incrustaban en rodillas o palmas cuando tenías la mala suerte de rodar por el piso…

Pero era nuestro monumental, nuestro estadio Azteca… era el escenario de los juegos más maravillosos jamás vistos, las gambetas deslumbrantes y las piruetas imposibles…

Éramos muy niños, todo lo imposible nos parecía cercano…

Afanamos materiales de obras cercanas para ir dándole forma a nuestra cancha. Como dije, había barrios recién estrenados alrededor, por lo que  todo el mundo tenía alguna obrita en curso… un alambre acá, un pedazo de madera allá, un balde de ripio del otro lado, clavos… todo nos fue provisto por los vecinos (con o sin permiso)…

Al cabo de un tiempito habíamos logrado con mucho orgullo instalar unos arcos maltrechos, con destino seguro de derrumbe, y limpiado lo más que pudimos el terreno de piedras grandes y yuyos duros…

Don Linares, un viejo albañil con vocación de técnico de fútbol, que vivía por ahí cerca, se dio cuenta de nuestro esfuerzo y se acercó a darnos una mano…

Nos ofreció la gloria entre las glorias: AYUDARNOS A MARCAR LA CANCHA…

Algo que ni habíamos pensado demasiado y que, a poco de intentar saber cómo se hace, te das cuenta de que es prácticamente imposible sin los conocimientos de ingeniería de Don Linares…

Gustosos nos pusimos a ayudarlo, y observamos embelesados como traía un hilo grueso, como tres o cuatro hilos de barrilete juntos más o menos, y empezaba a trazar las líneas de fondo… con un metro, cuando llegó a la esquina, nos dio la primer clase práctica de matemáticas en nuestra vida, nos dijo: “Ahora, marcamos veinte de acá (señaló el fondo de la cancha) y quince de acá (midió el lateral de la cancha) y para que sea un córner perfecto, entre los dos puntos tiene que haber veinticinco.”

Cuando alguno de tus hijos te cuestione alguna vez para qué sirve aprender matemáticas, decile que sin Pitágoras no habría córneres perfectos…

Don Linares trajo un tarro de plástico, con un agujero en una punta y un palo atado como mango… lo llenó de cal y así vimos como, por arte de magia, empezaron a aparecer las líneas de nuestro estadio…

El resultado era maravilloso, o al menos eso nos parecía a nosotros… cuando sos pibe, en un barrio pobre, cualquier mejora es una maravilla… vieja fórmula conocida por los gobernantes de turno…

Cortando algunas ramas medianas de álamo, hasta hicimos banderines en las cuatro esquinas, sacrificando alguna remera más vieja que el promedio normalmente añejo de nuestro guardarropa…

La cancha quedó hecha una pinturita…

 

El día de la inauguración (nos juntábamos todos para hacer un picadito), no nos metimos a la cancha hasta bien a la tarde, cuando llegó Don Linares de la obra…

Entonces sí, como agradecimiento, le formamos una fila y empezamos a ovacionarlo como si fuera el Diego…

El pobre viejo estaba claramente emocionado, hasta que se empezaron a escuchar unos gritos desaforados, más alto que nuestra ovación…

“¡Dale viejo Manyín de mierda, otra vez hueviando con esos guachos cagados!”

“Más dispué andái diciendo que te duelen los huesos, si te la pasas haciendo güevadas”

Eral la Mary, la esposa de Don Linares… y no estaba en buenas migas… evidentemente…

El pobre viejo ni llegó a reaccionar… La Mary siguió: “¡Tenís tantas cosas sin hacer en la casa y venís a perder el tiempo sin que nadien te lo pida, güevón!”

Don Linares se fue achicando de vergüenza e impotencia… nosotros mirábamos medio superados por la situación…

La Mary arrancó el humilde banderín del córner que daba a la esquina de Venado Tuerto y Puerto Gaboto y amagó con darle un palazo a su marido…

Ahí reaccionamos y salimos corriendo, pero la Mary no se achicó frente a la multitud y nos encaró con el banderín en la mano…

“Pa ustedes también hay, guachos de mierda…”

Prudentemente frenamos y Don Linares y su mujer se fueron entre reproches de tono más bajo…

“¡El banderín, doña!” se avivó de gritarle el Peti…

Doña Mary se frenó en seco, miró con desprecio el palo con un trapo mugroso que tenía en la mano, se dio vuelta y socarronamente lo tiró con todas sus fuerzas hacia donde estábamos nosotros…

Nos desparramamos para esquivar el proyectil y, pasada la adrenalina del inesperado momento, buscamos el palo y lo volvimos a clavar en su lugar…

Por fin iniciamos, ya casi en oscuras, la inauguración definitiva de nuestra cancha…

Y ahí viene lo más importante de esta historia…

Ese día, no hubo un solo córner en esa esquina… del otro lado sí, pero de ese punto entre Puerto Gaboto y Venado Tuerto… nada.

Les aviso que no lo notamos en el momento, no era algo que resultara tan extraño en un primer partido en nuestro predio.

El tema es que después de dos o tres días continuados de fulbito de siesta, sí empezamos a darnos cuenta…

LA PELOTA NUNCA SE IBA AL CORNER EN ESA ESQUINA…

Primero fue el Tonga González, que jugaba de cuatro, que se dio cuenta que de su lateral no se habían tirado córneres…

Me lo dijo así como al pasar, mientras nos mojábamos las patas en el canal de Rodhe (todavía no había sido devorado por la contaminación).

Yo no le presté demasiada atención.

Pero al otro día, nuevamente, ningún córner por ese lado.

Era súper raro, el que jugara de cuatro por ese lado llegaba siempre a la pelota y la despejaba, a lo sumo, hacia el lateral.

Yo, que estaba unos metros más adelante, hice la prueba, agarré la pelota y tiré un muy mal pase a propósito para atrás… la pelota se iba derechito a salir por la línea de fondo, y justo antes de llegar al final, picó extrañamente en una piedra y le cayó en las manos a nuestro arquero… yo me quedé anonadado, pero la situación sobrenatural se vio sobrepasada por el reclamo del otro equipo sobre que era tiro libre indirecto por pase atrás y que el arquero no podía agarrarla…

Esa misma tarde, le comentamos a todos el rarísimo hecho… ahí mismo nos pusimos a patear hacia la línea de fondo maldita y la pelota pasó siempre…

Dedujimos que la maldición sólo funcionaba en partidos “oficiales.”

Al día siguiente todos nos juntamos con la misma ilusión de conseguir el córner imposible. Todos queríamos estar en el equipo que defendiera esa línea de fondo. Armamos los equipos como siempre, pero para saber qué lado le correspondía a cada uno, no se aceptó el clásico Piedra, papel o tijera… decidimos que había que ganárselo por habilidad, así que hicimos una competencia de jueguitos…

Por suerte nosotros teníamos al Negro Normando, que era el mejor en ese rubro…

El Gordo Solís, seguro de sus condiciones de delantero, apenas sacamos de la mitad de la cancha le metió un zapallazo impresionante a la pelota, directo hacia el córner embrujado y con altura suficiente para que no se interponga ninguna piedra… y la pelota salió… y se clavó… directamente en la reja del vecino de atrás…

Chau pelota, chau partido, chau córner…

 

Ese incidente no solo demostraba el gualicho, si no que nos dejó fuera de la cancha durante cuatro o cinco días, hasta que logramos arreglar el balón…

Cuando volvimos… fuimos…

Los grandulones del barrio nos habían robado el lugar…

Fue imposible cualquier argumento de moral o ética… el más grande siempre tiene la razón en el barrio…

Masticando bronca debimos retirarnos de nuestro mayor logro…

Igual, yo me senté a la sombra de los álamos y los vi jugar, para comprobar que el maleficio seguía vigente: ningún tiro de esquina en toda la tarde…

Arrebatados en nuestro sueño de cancha, condujimos nuestras inquietudes a otros campos, ninguno tan propio como aquel…

Pero luego de unas semanas, nos enteramos que se había organizado un torneo de fútbol en nuestra canchita… era por plata y de inscripción abierta…

Se habían anotado Los Monjes, que era la patota que dirigía los destinos por aquella zona, pero también Los Huenchupanes, que eran los rivales de un poco más arriba…

La gente murmuraba sobre un hipotético encuentro entre las bandas, lo que significaría poco menos que una hecatombe de proporciones bíblicas…

Todos, por supuesto, esperábamos ese cruce… ni los Monjes, ni los Huenchupanes eran buena gente, siempre andaban molestando, robando, y jodiendo a los que vivíamos por ahí, así que una eventual confrontación, en la que se lastimaran entre ellos, nos parecía casi, casi, un acto de justicia.

Se cruzaron en semifinales…

Ese día, a las siete de la tarde, lo que fuera nuestra canchita, se encontraba rodeada de una multitud que se agolpaba en los cuatro lados, curiosos del barrio a los costados y los barras bravas de cada una de las patotas detrás de los arcos…

Entre las ropas de los “hinchas” de cada equipo, se podían adivinar cadenas, palos y hasta llegué a imaginar armas más formales…

El partido resultó ser una verdadera cagada… se jugaba en la mitad de la cancha, a pura pierna fuerte, con esa tensión de la pelea inminente… un atormentado árbitro intentaba por todos los medios que se retrasara el momento de la conflagración, así que el partido era trabado y malo… pero a nadie de los que estábamos afuera nos interesaba realmente en términos futbolísticos…

Hacia el minuto 35 del primer tiempo, el Cachi y el Gitano, que eran hermanos y los delanteros de Los Monjes, logran zafar de un enjambre de patadas rivales y arman una jugada que termina con un remate fuerte del Cachi…

El arquerito de Los Huenchupanes, que no había tocado la pelota nunca, mete un salto impresionante y la saca del ángulo, despejándola hacia el córner (ése córner)… cuando la pelota estaba por salir, rompiendo el embrujo, voló la primer piedra y en vez de pegarle a un jugador, dio en el balón…

Lo que siguió fue la riña más épica en la historia de Canal V, todos los curiosos salimos corriendo ante lo que iba a ser, sin lugar a dudas, una carnicería… a nadie le gusta recibir un palazo perdido…

El quilombo terminó con intervención policial, momento en el que Los Monjes y Los Huenchupanes hicieron un pacto de no agresión y la emprendieron contra los móviles oficiales.

Las crónicas de aquella gresca, quedarán para otro relato.

En lo que a mí importaba, se había confirmado la hechicería…

Luego, el tiempo te pasa por arriba. Mi vieja en algún momento se rajó con otro vago, nosotros nos quedamos con mi viejo, que empezó a tomar… finalmente nos fuimos del barrio y anduvimos discurriendo por el interior de Neuquén.

El viejo, seguramente queriendo poner distancia al dolor, encontraba trabajos lejanos, primero Huinganco, luego Manzano Amargo, finalmente Junín de los Andes.

Hoy, luego de más de cuarenta años, vuelvo a caminar por el barrio de mi niñez.

Mis pies me llevan sin prisa, pero sin pausa, a aquella esquina de Puerto Gaboto y Venado Tuerto.

Toda la manzana es ahora un coqueto complejo de dúplex, el barrio está todo asfaltado…  no hay nada que pueda reconocer como propio…

Pero me llama la atención un pedazo de tierra yermo, que resalta feamente entre los jardines lustrosos…

Es un triangulito en la casa de la esquina, casi cortado a escuadra…

Me gustó creer que era el córner maldito, ese tiro de esquina imposible, el jamás logrado.

Ese pedazo de tierra sin pasto, fue lo único que me llevó de vuelta al barrio de mi infancia, a las tardes con el Gordo Solís, el Tonga, el Peti, el Negro…

El resto… el resto ya no me pertenecía…

 

DANIEL LINEARES. La escritura de una pequeña biografía exigida por esta sección le deparó al autor la crisis existencial de notar que indefectiblemente el racconto de su recorrido literario sería exiguo... Se propuso al curador de la sección remitir la biografía de otro, para que se más interesante, pero su intachable moral y conducta negaron esa posibilidad, así que diremos que Daniel Lineares nació, allá por 1978, se crió a base de Readers Digest y Corín Tellado coleccionadas por su madre, lo que influyó definitivamente para negarle la virtud de la escritura... no empero ello, decidió combatir la falta de talento a fuerza de insistencia... sobra decir que perdió ese combate.

Algún editor desprevenido aceptó imprimir Oro y Barro. Cuentos de Fútbol Amateur, en el año 2016, compilando una serie de cuentos propios y ajenos. Participó con tres cuentos del libro Fuerte al Medio, publicado en el año 2019. Durante los años 2019 y 2020 fue productor, guionista y conductor del programa radial literario Cuenteros, que transmitió FM Capital de Neuquén. 

 

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