TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos "Un Lechón", cuento de Pablo Franco

Osmar Carrizo, el puestero de 'Los Dos Arroyos', una vida marcada por la tierra, el Ford Falcon y los relatos al calor del asado, ahora enfrenta la soledad y los recuerdos en su quinta cerca del pueblo.
14/05/2025
Juguete Rabioso: hoy compartimos "Un Lechón", cuento de Pablo Franco
Juguete Rabioso: hoy compartimos "Un Lechón", cuento de Pablo Franco

Tengo un amigo viejo que se llama Osmar Carrizo. Este año cumplió ochenta. Lo conocí cuando tenía setenta y todavía era el puestero del campo “Los Dos Arroyos”, que fue de mi abuelo. Manejaba un Ford Falcon del 69 color azul metalizado con techo negro. Lo había comprado cero kilómetro. Tenía sus vacas, con permiso de quienes arrendaban, y también sus ovejas, a medias conmigo.

Tres o cuatro veces al año íbamos al campo con mis primos a esquilar, a descascarriar y a capar. Después comíamos un asado mientras escuchábamos los cuentos de Osmar sobre su juventud.

Osmar dejó “Los Dos Arroyos” hace como cinco años porque sufrió un accidente. Estaba en el último potrero y tenía que curar un novillo. Cuando tiró el lazo, se le enredó en la muñeca. Me dijo que solo sintió algo parecido al fuego envolviéndole la mano y arrancándole la piel y los tendones como si le sacaran un guante. También dijo que tuvo suerte, porque el lazo se deslizó en lugar de ceñirse. No se desmayó. Se apretó la herida con el chaleco de lana y fue hasta la casa bajándose del caballo para cerrar cada tranquera. Me contó que sentía el corazón latiendo como si lo llevara dentro del puño. Desde la casa llamó al patrón. Lo llevaron al hospital donde le amputaron dos dedos, el índice y el mayor.

Mi tío, que es médico, le consiguió una consulta con un especialista en Mar del Plata. Fue dos meses más tarde. La herida ya se estaba cerrando. Cuando lo examinó el traumatólogo le dijo que si hubiera ido inmediatamente después del accidente no hubiera perdido los dedos.

Se recuperó, y aunque nada más movía el pulgar, volvió al campo. Aguantó unos meses. Ya no podía trabajar: le costaba ensillar, no encontraba la forma de carnear, de capar, de alambrar, de enlazar.

Ahora vive en una quinta de las afueras del pueblo. Cobra la jubilación mínima. Cambió el Falcon por un Renault 12, que es más liviano. Le vendimos las ovejas a un vecino a mitad de precio y él con esa plata compró unas chanchas. También vendió sus vacas. Las últimas cuatro, que dejó en el campo, las perdió, le dijeron que murieron.

Desde entonces lo veo dos o tres veces por año, en la calle o en el club. Siempre le pregunto cómo va la chanchada, cuánto vale el maíz y si están pagando bien el lechón. Los veintitrés de diciembre, cada año, llego temprano a su quinta para hacerle una compra. Tomamos unos mates y me elige el mejor animal, que cocino en nochebuena al asador, en el patio de la casa de mis abuelos.

Lo ayuda a carnear su mujer o algún vecino. Cuando llego ya están los lechones colgados en la galería del galponcito de chapas. Sin embargo, ayer, cuando estacioné bajo los álamos, pude ver que aún no había comenzado.

Nos saludamos brevemente y me preguntó si le daba una mano para carnear. Miré en dirección a la casa, intentando descubrir algún detalle que hablara sobre la ausencia de Delia, y luego hacia la quinta de enfrente, más allá de los árboles y la calle, buscando una señal del vecino.

Fuimos hasta el galponcito. La columna de huno se movía con el viento. Tenía los lechones en bolsas blancas de plástico, en un rincón que formaban dos chapas. Por momentos estaban quietos, pero de repente las bolsas se movían y se escuchaban unos quejidos, como si estuvieran incómodos y después encontraran su posición.

Osmar empujó sobre el fuego la punta de unas varillas rotas y un pedazo de cajón. Metió la mano en el agua y luego la llevó sobre la piedra para limpiar esa crema gris que se forma después de afilar los cuchillos. Caminó dos pasos hasta las bolsas y sacó el primero de los lechones.

Lo tomó entre las piernas, apretando fuerte, como si se subiera a un caballo. Le agarró el hocico con la palma y el pulgar, para que no grite. Porque el grito del lechón es igual que el de un niño, se escucha de lejos, agudo e interminable. Al apretarlo el animal se relajó, se sintió seguro, como cuando lo arropaba su madre. Entonces, con la mano libre, clavó el cuchillo entre las manos del animal, a la izquierda del pecho, de arriba hacia abajo, buscando el corazón.

Murió en el acto. Casi no sufrió.

Hay veces que el lechón queda en el piso y se mueve, rápido, pero no es que esté vivo, es un reflejo que le queda. Ese cuchillo, el de matar, es fino y largo, para que entre bien. Otros, antes de matarlo, le pegan con un palo en la cabeza y lo llevan desmayado para degollarlo.

Carrizo puso el lechón sobre la mesa y me pidió que fuera hasta la casa a buscarle los ganchos. Están en el cajoncito del televisor, me dijo. Apuré el paso. Entré a la cocina y busqué el aparato rojo, viejo y redondo. Los ganchos estaban atados con un hilo de fardo negro. Levanté la vista, después de unos segundos, y cuando mis ojos comenzaron a adaptarse a la oscuridad, pude ver las cosas. Sobre la mesa una docena de cuchillos distintos. En el aparador la escopeta y una caja de cartuchos del mismo color que el televisor. En el piso un par de botas, zapatos y alpargatas. Dos pilas de ropas en sillas distintas. En la mesada un plato sucio y una tabla de madera cubierta por un trapo que escondía seguramente un pedazo de carne. Azúcar y moscas sobre la cocina, cerca de la pava.

Miré hacia la habitación, buscando señales de Delia. La puerta estaba abierta. Di dos pasos para observar mejor. La cama revuelta, más ropa en el piso. Salí hacia el galponcito con los ganchos en la mano.

Carrizo estaba en plena tarea. Le mostré los ganchos y sin decir nada los dejé colgados de una rama. Para pelar, todos en las quintas tienen un tambor de doscientos litros cortado al medio. Allí ponen el agua que se calienta al fuego, sobre unas piedras, o sobre un pie. La temperatura ideal se alcanza antes que el agua hierva, y se mide metiendo la mano. Si se pasa el agua, hay que enfriarla porque si no la piel se cierra y los pelos ya no salen, a no ser con fuego.

Tomamos el lechón y lo metimos en el agua caliente. Lo subimos sobre la mesa chorreando. Hay quienes se ayudan con un trapo de arpillera, pero nosotros usamos las manos para arrancar los pelos. Casi todos lo hacen así porque es más rápido y los pelos salen mientras la piel conserva el calor. Después metimos la cabeza y repetimos el proceso. Los pelos que quedaban los sacamos con los cuchillos, sobre todo los de adentro de las orejas y los de arriba del hocico, que son los más duros.

Los blancos son más fáciles, dijo Carrizo mientras raspaba los últimos pelos de las patas con la cuchilla chica. Después me preguntó por mi mujer. Entonces empecé a hablar como si mis palabras pudieran llenar el espacio que correspondía a la pregunta sobre Delia y el vecino. Le conté que había conseguido trabajo y que estaba muy ocupada con la casa y los chicos.

El lechón, sobre la mesa, ya estaba limpio. Me vas a tener que ayudar, dijo Osmar cuando terminó de sacar las pezuñas con la tenaza. Entendí que debía sostener el animal. Me indicaba qué hacer, dónde presionar o tirar, cuando soltar. Rara vez lo hacía con palabras, prefería mirar y mover la cabeza, o señalar algo con la punta del cuchillo o con el dedo pulgar de su mano mala.

Para vaciar el lechón, yo lo sostuve boca arriba sobre la mesa, y Osmar, con un cuchillo chico, bien afilado, marcó el corte desde el esternón hasta el ano, alrededor del pene. Si es hembra, se corta justo en el medio, entre las tetillas. Se abre la piel con la primera marcada, apenas, hasta ver la grasa blanca. Después se corta con el cuchillo al revés, el filo hacia arriba para no lastimar las tripas. Como si se abriera el cierre de una campera.

Delia se fue la semana pasada, explicó Osmar. Yo lo miré. Él hacía fuerza sobre el costillar, empujando hacía los costados. Se escuchaba el crujir de los huesos que se rompían. Cuando bajé la mirada, noté que él alzó la cabeza. Debe estar en la casa de su cuñada, pero ya va a volver…, agregó. Yo lo miré y sonreí. Osmar volvió a inclinarse sobre el animal.

Todos los órganos quedan al descubierto. Desprenden un vapor tibio, con olor a pasto podrido. Se separa el diafragma con el cuchillo y se tira de la tráquea para desprender los pulmones. El resto de las tripas salen solas. Nada más hay que cuidarse de no romper los intestinos, llenos de bosta, ni la bolsita de la orina. Si eso sucede hay que echar agua inmediatamente, para que el olor no se quede en la carne. Se corta el cuero alrededor del ano y entonces ya nada une los órganos con el cuerpo.

Se limpia la última sangre que se junta a lo largo de los matambres. Se marcan las costillas, para que se abra bien el pecho. Se hace un tajo entre los tendones y los huesos de las patas, y allí se colocan los dos ganchos desde donde se colgará el lechón para que se oree.

Todo el proceso no dura más de dos o tres minutos. Osmar me pidió que lo colgara, mientras metía las manos en el agua para limpiarse y empujaba, con la punta del pie, los palos largos otra vez hacia el fuego. También me lavé. El agua de la palangana se volvía oscura y roja. Los que carnean termina con las manos sucias, y sangre en las uñas. Con barro en las botas y olor a humo en la ropa. Llevé el lechón hasta la galería tomándolo de los dos ganchos y lo levanté hasta tirante. Lo miré de cerca y no tenía ni un solo pelo. Parecía el trabajo hecho por una máquina. Sus ojos, a la altura de los míos, brillaban al sol.

Vamos a tomar unos mates, dijo Osmar. Caminó hacia la casa. Cuando llegué, después de lavarme, ya había abierto las ventanas, pero no estaba ordenando, nada más corrió una pila de ropa de una silla para que pudiera sentarme. Prendió la hornalla después de abrir la garrafa. Ni un mate he tomado todavía, dijo. Echaba yerba en un jarrito enlozado. Acá le dejo la plata Osmar, dije. Puse los dos billetes arriba de la mesa. Bueno, contestó. Abandonó el mate a un costado, tomó el dinero y lo apretó con la caja de cartuchos, sobre el aparador. Ya debe estar por venir Tutano, dijo, se tuvo que ir al hospital porque le dolía la pierna. La del caballo, dije. Sí, con la humedad; explicó Osmar, hay veces que no aguanta el dolor y le tienen que dar un calmante en inyección.

El sol asomaba entre las nubes. Se escuchó un ladrido. Osmar miró por la ventana. Ahí está, dijo y señaló moviendo la cabeza. Después de unos minutos apareció el perro, un perro chico, blanco, de pelo duro y manchas marrones y negras. Rascó la puerta con la pata y Osmar abrió. Movía la cola corta mirando desde afuera, no se animaba a entrar. Buenos días, dijo el vecino. El perro entró tras él. Quedó frente a nosotros. Dio un paso con la pierna enferma, intentando disimular la renguera. Buenas tardes, respondió Osmar. Y, Carrizo: ¿Se arrepintió la Delia?, le preguntó Tutano, guiñándome un ojo.

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* Mi nombre es Pablo Franco. Soy escritor y editor. Nací en 1975 en Ayacucho, un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires. Estudié profesorado de letras en La Universidad Nacional de Mar del Plata. Trabajé de maestro rural, periodista, director técnico de fútbol y como cocinero. Desde hace cinco años soy editor en La Flor Azul, un pequeño sello que publica novela contemporánea, no-ficción y libros de pueblos originarios. En 2022, "Náufrago Morris", una novela gráfica para la que escribí el guion, fue premiada en el concurso de Historieta Latinoamericana y publicada en Brasil, Argentina y Francia. Cuenta la historia Isaac Morris, un marino inglés que recorrió en 1740 lo que hoy es Argentina. Mi libro, "Detalles de la Tierra sin Mal", se publicó en 2025, son crónicas que recorren la historia latinoamericana, la de sus pueblos, sus chamanes y sus invasores.

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