JUGUETE RABIOSO:

En la sexta entrega de esta 4°temporada, hoy: "Ese momento de la tarde", de Mónica Torres Curth

Con una prosa sensorial y minuciosa, el cuento despliega una coreografía natural en la que cada criatura ocupa su lugar en la cadena de la vida. La belleza del reflejo y la irrupción del salto o el zambullido funcionan como metáforas de un equilibrio siempre a punto de romperse.
14/02/2026

El agua brilla al atardecer. Es dorada, es roja, es ocre, es verde. El agua del río es un espejo y todo lo que pasa en la serenidad de esa hora se ve ahí. El agua corre silenciosa pero el espejo se queda quieto. La mariposa emerge de su escondite cuando el calor deja de ser tan intenso. No es propiamente una mariposa, pero no importa. Es lo que veo. Tiene (no lo sabe) una vida corta, y baila en el aire sobre la superficie como si fuera a vivir para siempre. Es chiquita, las alas casi blancas. Hace remolinos, sube y baja hacia el espejo de agua. Se ve, se ve reflejada y se encuentra hermosa. De felicidad nomás sube vertical un metro y vuelve a revolotear hacia abajo, mirando su reflejo. Tan linda se ve. Vista desde la costa, sube y baja, casi toca el agua, son como saltitos de alegría, como una danza. Hay miles como ella a esta hora, que es la hora de la calma. Calma chicha decía la abuela. También hay libélulas, pero las mariposas son un espectáculo único. Todas todas revolotean así, subiendo y bajando, mirándose en el espejo, apenas rozan el agua, o ni siquiera eso. Solo se acercan, al límite, al límite. Ellas no saben porque solo se ven a ellas mismas. En el momento en que casi tocan el espejo, extienden sus alitas color manteca en todo su esplendor. Y ahí con un aleteo fuerte, pican en vertical hacia el cielo que tiene los mismos colores que el agua. Viven sus vidas cortas entre el espejo y el cielo, que son más o menos lo mismo. Y en la alegría contagiosa de la nube de mariposas parece que rebotaran entre uno y otro.

Abajo del espejo, camuflada entre las piedras verdosas y amarronadas del fondo, la trucha mantiene posición en la corriente. Ahí abajo sí que se siente. Es fuerte y mueve las plantas aferradas al fondo. Si viviera en el aire se diría que tiene un cuerpo aerodinámico, no sé cómo se dirá para los cuerpos que viven en el agua, pero el esfuerzo de mantenerse ahí quieta no es tanto al final. Unos leves movimientos en las aletas de la cola y nada más se mueve. Como si el agua estuviera tan quieta como parece. Tiene hambre. En verdad no sabemos si siente hambre como nosotros, o simplemente es la hora. Ve con sus ojos redondos y sin párpados, cómo miles de maripositas se acercan y se alejan de su cielo. Es el cielo que ve. Pero, no como la mariposa, la trucha sabe que puede cruzar de un lado al otro del espejo. Por un momento sentir el aire tibio de la tarde y hacer un movimiento fuerte con su cola para quedar suspendida unos segundos por arriba del agua. Lo hace. Toma impulso y salta. Coletea y brilla como oro y plata en la luz del atardecer. Todas las mariposas rebotan hacia el cielo ante la irrupción en su espacio de esta cosa nueva que no vuela, pero parece que sí. La trucha cae y rompe la magia del espejo, que se transforma en un montón de ondas concéntricas, pero que rápidamente se lleva la corriente. En segundos nomás, todo está como antes.

También hay golondrinas. Que vuelan rápido y alto. Pegan las alas al cuerpo y bajan en picada. En el momento en el que están por impactar en el agua, las extienden, pasan rasantes sobre la superficie y retoman altura. No paran, juegan en el aire solas o de a dos, o de a tres. Son unos pocos minutos los del atardecer. Ese momento en que la luz se hace más tenue y el sol está a punto de esconderse tras el cerro. En un rato habrá que volver al nido.

Un Martín pescador está quieto en una rama. Mira a través del espejo de agua. Prestando atención, superando la fascinación del reflejo del cielo sobre la superficie, ve las piedras del fondo. No está profundo ahí. Y entre las piedras ve algo que se mueve, al mismo ritmo que las plantas agarradas del fondo. Casi no se nota, pero él sabe. Ahí hay algo que quiere. Igual que la trucha, pero al revés, tiene la habilidad de atravesar el espejo en sentido contrario, sentir por un momento el frío del agua entre las plumas y en el pico puntiagudo y afilado. Se zambulle en vertical y todo su cuerpo se sumerge. Abre los ojos quizás y ve este otro mundo verde amarronado, frío y correntoso, que por fuera parece quieto y dorado. Agita las alas y vuelve al aire y a su rama. Sacude la cabeza y endereza el peinado.

También hay un hombre. Todos lo vemos. Con un traje verde de goma y una camisa de mangas cortas. Tiene una caña y hace movimientos delicados. La tanza ondula en el aire y toca la superficie del espejo como las mariposas. Mueve apenas las manos y el dibujo se repite una y otra vez hasta que elige el punto donde dejará reposar su mosca, hecha con plumas de gallo batarás, atadas por él mismo. Eso a lo que dedica el invierno a la espera de este momento del atardecer en el río, donde los niños ya están cansados y juegan a las cartas cerca de la carpa. Ahora, este ratito, es su ratito. Y está solo. Mirando al oeste cómo se va el sol. Tiene medio cuerpo en el agua, y ahí siente la fuerza del río. Y la otra mitad ve el río quieto. Está solo si uno no cuenta las mariposas que no son mariposas, pero no importa, las libélulas, las truchas, el Martín pescador, y los jejenes.

Un jején se posa en su cuello, pica y chupa. El hombre sólo hace un movimiento con el hombro y la cabeza porque está concentrado en la ondulación del hilo de su caña.

El jején es el único que tiene asegurada su cena.

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Fotos: Diego Ortiz Mugica

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MÓNICA DE TORRES CURTH

nació en 1961 en Bariloche, donde reside. Participó en varias antologías como “Casi Nada en el Viento” (La Luna Que, 1999), “Estación 13” (FEM, 2008), En 2017 obtuvo el primer premio de narrativa con el libro “Todo lo que debemos decidir” que integra la colección La tejedora (Editorial de la UNRN) y en 2019 publicó el libro “El camino de la izquierda”, que recibió el primer premio en la convocatoria 2018 del Fondo Editorial Rionegrino. Ha publicado Circulares (2020, en coautoría con Cecilia Fresco); En 2023 publicó “Nosotras Somos Ellas. Cien años de historias de mujeres en la Patagonia” (2023, Educo, con Laura Méndez y Julieta Santos); y “Presas” (2023, Ediciones de La Grieta). Su libro álbum “Wangelen”, ilustrado por Rodrigo Porto, fue distinguida en la convocatoria anual 2024 del FER y publicada en 2025.

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