2025-05-24

TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos “Enrique Medina soñó un cuento”, de Patricio Denegri

ras regresar de la guerra con el cuerpo exhausto pero la mente despierta, Enrique Medina descubrió su verdadera vocación: escribir. Inspirado por las novelas de Agatha Christie que lo ayudaron a sobrevivir al frente, decidió dedicar su vida a la literatura policial.

     Cuando Enrique Medina bajó del tren que lo devolvía de la guerra, tenía en claro lo que el resto de su vida le deparaba. Cuando sus gastados botines pisaron el andén, en él no cabía duda alguna de que el resto de sus días los dedicaría a la literatura.

     Aquellos que fueron a recibirlo lo ubicaron entre el gentío y lo reconocieron enfundado en ese uniforme, holgado y percudido. Él los vio y reaccionó con la misma sonrisa ancha y llena de dientes que ornamentó su rostro desde siempre. Si no fuera por los notorios kilos que se habían desvanecido de su cuerpo, y la tez grisácea, gastada, de su piel, cualquiera hubiese podido creer que Enrique Medina regresaba de una larga vacación, en lugar de retornar de un enfrentamiento armado que duró casi tres meses.

     Los primeros días en el pueblo fueron una especie de readaptación a la vida civil y también de encuentro con las novedades surgidas en su ausencia. A las pocas semanas que Enrique partió a las islas, su novia, Luisa, parió a la primogénita de ambos, Carmencita, como la madre fallecida de Enrique. Don Rubén, el padre de Luisa, les regaló una casa pequeña, a la vuelta de la suya. Allí, la pareja, comenzó su aventura de casados, aunque la realidad fue que los primeros días se los pasaron visitando y almorzando o cenando en lo de los padres de ella, o en lo de Pedro, el padre de Enrique que vivía donde siempre, justo al lado del taller. Por lo bajo, y siempre a espaldas de Enrique, tanto su padre como su suegro, hablaban con Luisa para que estuviera pendiente de él.

     No lo dejes solo. Que no se quede sin nada que hacer. Dale la nena. No lo apabulles. Tráelo a casa. Sacálo a pasear. Que no tome alcohol. No pongas el despertador muy fuerte. Dale una copita. No le preguntes nada. Ya va a contar solo. Charlalo, charlalo...

     Luisa, paciente, procuraba calmarlos contándoles que ella no necesitaba estar encima, ni ocuparlo en nada ya que Enrique despertaba aún más temprano que ella, preparaba el desayuno, llevaba el mate a la cama, y luego dedicaba la mañana entera a los distintos arreglos que necesitaba la casa. Jugaba con Carmencita y hasta incluso había aprendido a cambiarle los pañales.

     Fue la quinta noche desde su regreso cuando Enrique le develó sus planes a Luisa. Aprovechando uno de esos esporádicos momentos de sosiego que regalan los bebés cuando duermen, Enrique le contó de su insomnio en el frente, y que cuando lo quiso consultar con el médico de su batallón, le dijeron que médico ya no había. Que un compañero, un rosarino, que fue testigo del cansancio y el abatimiento que lo carcomía día a día, le comentó que le había pasado lo mismo, pero que había logrado controlarlo y vencerlo con la lectura. Que se distraía, se relajaba, y luego conseguía dormir, por lo menos algo. Sacó del fondo de un bolsito verde una pilita de libros chiquitos y bastante doblados y se los dio. Le dijo que esos eran los que ya había leído. Eran libros pequeños, no muy gordos, todos tenían una imagen en la portada rodeada por un margen blanco. En la parte superior se leía en letras negras el nombre de la autora: Agatha Christie. Enrique, de rodillas en la cama, casi encima de Luisa, y gesticulando con las manos, le contó que aquello era lo más maravilloso que había leído en su vida (y probablemente lo único, pensó Luisa) Que aquella mujer inventaba enigmas que parecían imposibles de resolver, que siempre sorprendía con pequeños detalles que terminaban siendo claves en la resolución y sobre todo, que gracias a esos pequeños libros y a esas maravillosas historias, él había conseguido abstraerse de las penurias y dormir, aun cuando la metralla se escuchaba no tan lejos, o las bombas encendían el cielo, o el hambre rugía en su panza. Enrique soñaba con los libros, las historias y los detectives. -¡No los muestres!- Susurró cauteloso el rosarino. -La mina es inglesa, lo único que me falta es que me acusen de traidor.

Enrique le contó que en un acuerdo con su amigo, cuando él terminaba de leerlos, los quemaba para que nadie pudiera encontrarlos por casualidad y pensar que ellos eran admiradores del enemigo.

     -Quiero escribir, Luisa. Quiero ganarme la vida escribiendo historias policiales. Quiero hacerme famoso y dedicarle mi vida a eso. Es mi vocación. No sabes todas las ideas que se me ocurrieron en el tren -  Confesó Enrique con el gesto concentrado y levantando la voz.

     Luisa se arrodilló frente a él, lo besó en los labios con delicadeza y le dijo que se acostara otra vez, que iba a despertar a Carmencita con tanto ruido. Acostados frente a frente volvió a besarlo y le dijo que ella lo apoyaría en todo lo que él emprendiera.

     Ese fin de semana Enrique se dedicó a limpiar el galponcito del patio que estaba lleno de porquerías y trastos. Cada vez que Luisa se acercaba para ayudarlo o llevarle un mate, Enrique sonreía y le contaba que mientras trabajaba, no paraban de ocurrírsele historias. Incluso se había comprado un anotador chiquito en el que, cada dos por tres, anotaba ideas, nombres o palabras sueltas.

     El domingo al atardecer, el viejo galponcito se había convertido en una humilde pero cálida oficina. Una mesita de madera que Enrique había lijado y vuelto a barnizar. Una silla de plástico, una repisita con algunos libros, la mayoría eran los de cocina de la mamá de Luisa, pero Enrique dijo que no importaba, que igual ayudaban a crear clima. En la pared colgaba un banderín de river, y al lado, un portarretrato con la foto que Enrique, Luisa y Carmencita se habían sacado en la estación de tren hace apenas una semana atrás.

     El lunes por la mañana bien temprano, Enrique se puso a escribir. Llevaba un par de horas de trabajo, la media mañana ya lo había sorprendido cuando escuchó unos golpecitos delicados en la puerta. Enseguida chillaron las bisagras y Luisa entró cargando con esfuerzo un objeto grande y cuadrado. Aun estando concentrada en que no se le cayera su carga, Luisa pudo ver los bollos de papel tirados en el piso, la hoja en blanco sobre la mesa y el ceño fruncido y sudado de su marido.

     - Mirá lo que te traje -, dijo Luisa dejando su carga sobre el improvisado escritorio.

     El gesto ofuscado de Enrique se transformó cuando entendió qué era lo que tenía delante. El beige oscuro de la Olivetti  Lexicón 80 brilló con la luz que se filtraba por la cortina.

     Enrique miró a Luisa que con las manos en la cintura se inclinaba hacia atrás intentando paliar el dolor de cintura.

     - Qué… ¿Cómo?…

     Luisa se tentó ante la sorpresa de su marido.

     - La compré en lo de Hernando, es un regalo, tonto -

     - Pero son re caras…

    - No te preocupes que me la dio como en mil cuotas, y más cuando le dije que era para vos.

     - Pero…

     - Pero nada, ponete a escribir. ¡Me voy! ¡Me voy! que dejé a Carmencita con mamá.

     Luisa se inclinó, le rozó la mejilla con los labios y salió del galponcito a las apuradas.

     Diecisiete días y diecisiete noches, necesitó Enrique para completar el primero de sus relatos. Eran las dos de la mañana cuando irrumpió en su dormitorio con la veintena de  hojas en las manos. Un par de ellas mostraban arrugas, como si hubiesen sido recuperadas del cesto.

     - Léelo Luisa léelo -, dijo Enrique sentándose en la cama.

     Quizás fue por estar entredormida o por no ser una gran lectora, pero Luisa no entendió el cuento. No llegó a comprender ni el enigma, ni la compleja resolución que el acartonado detective descifraba donde los oficiales de policía habían fracasado. Luisa prefirió guardarse su opinión y no opacar la brillante sonrisa que había regresado al rostro agotado de su marido. Le dijo que lo felicitaba, que estaba buenísimo.

     Enrique pasó en limpio el cuento, y lo mandó a una editorial en capital.

     Las siguientes dos semanas no escribió. Le decía a Luisa que necesitaba descansar un poco. Ella no decía nada, pero notaba, sobre todo la segunda semana, el nerviosismo de él por las mañanas, oteando por la ventana para ver si se asomaba el cartero, y la decepción al atardecer.

 Una tarde, cuando se cumplían las dos semanas, entre mate y mate, Luisa le dijo que tenía que dejar de esperar. Que el correo era malísimo y que podía pasar cualquier cosa, pero que él no podía perder el tiempo, que ella no sabía mucho del tema, pero que seguro no había ningún escritor que tuviera un solo cuento. Enrique se paró le dio un sonoro beso en la mejilla y con bríos renovados se fue para el galponcito del patio.

     Pasó un mes. Nunca hubo respuesta del cuento enviado. Enrique empezó a disociar su vida de la su familia. Como escribía hasta altas horas de la noche, incluso en ocasiones hasta la madrugada, dormía toda la mañana, y una buena cantidad de veces ni siquiera se levantaba a almorzar. El cigarrillo que hasta ese entonces era una excepción sabatina, se volvió un hábito, y también comenzó a tomar. Primero mientras escribía, luego desde que se levantaba. Me ayuda a concentrarme y tener buenas ideas, le decía Enrique a Luisa cuando esta le cuestionaba sus recién adquiridos vicios. Enrique se alejó hasta de Carmencita, argumentando que sus habituales berrinches le roían el cerebro. Estaba irascible e incluso su aspecto se había deteriorado. La palidez dominaba su piel, y dos bolsas oscuras sostenían sus ojos enrojecidos. Enrique se volvió más productivo y en esas cuatro semanas consiguió culminar la misma cantidad de cuentos. Uno a uno se los fue pasando a Luisa a medida que los terminaba. A ella, los textos, continuaban sin cerrarle, ni parecerle lógicos, ni en el enigma, ni mucho menos en su resolución. Pero un poco por admitirse ignorante en la materia, y mucho por el amor que sentía hacia su esposo, le hablaba maravillas. Le decía que le encantaban, que nunca se hubiese esperado que tal personaje fuera el asesino, o que el detective encontrara tal prueba. Luisa descubrió que cuando se mostraba interesada y hacía preguntas sobre la trama, Enrique sonreía, como antes.

     Desconfiado de la eficiencia del correo y de la responsabilidad de las secretarias editoriales, Enrique pasó en limpio sus cuentos, los agrupó en una carpeta, y viajó hacia la capital para poder mostrar de forma presencial su talento por varias editoriales. Su familia, Luisa y Carmencita, sus suegros, y Pedro, su padre, lo acompañaron a la estación de tren y lo despidieron con algarabía y buenos augurios.

     Una semana después, Enrique regresó de imprevisto, y antes de lo planificado. Luisa nunca supo exactamente lo que pasó, pero cuando vio el semblante taciturno de su esposo, pudo imaginarlo. Enrique guardó en lo profundo del ropero que compartía con su esposa la carpeta con su obra. No volvió al galponcito del patio. Abandonó la oscuridad de la obsesión y se sumergió en semanas de incolora tristeza.

     Casi un mes después del viaje a capital Luisa despertó al amanecer. Enrique no estaba en la cama. Fue hasta la cocina y lo encontró sentado junto a la mesa, tomándose unos mates y con la mirada perdida en la pared.

      - Tuve un sueño -, dijo él cuando Luisa se sentó a su lado.

     - ¿De qué?

     - Estábamos en un lugar alto, en unas montañas, no sabes lo que era el paisaje, las puntas nevadas, y todo bosque verde…

      - ¿Y?

     - Estabas vos, parada frente a una cerquita blanca. Abajo era todo precipicio. Yo no te veía la cara…siempre de atrás, pero sabía que eras vos. Tenías un vestido celeste…

      - ¿Celeste? Pero yo no tengo un vestido celeste…

     - Bueno pero en el sueño sí. Pará pará que sigue. De repente yo miraba para otro lado y cuando quería volver a verte, ya no estabas. Habías desaparecido.

      - Espero que no me haya caído.

      - No no, pero habías desaparecido, pero acá viene lo más raro.

     - ¿Qué paso?

     - Yo en ese momento, cuando me acerco hacia la cerquita de madera blanca, me doy cuenta de que es un sueño ¿entendes? No me despierto ni nada pero me doy cuenta que es un sueño, y miro para un costado y veo que en el bosque, ahí donde empieza, hay un senderito angosto y misterioso, ¿y sabes qué?

     - Uy gordo me da miedo… ¿Qué?

    - Yo ahí me doy cuenta, o sea tengo la certeza, de que en realidad lo que tengo ahí es un cuento, es una historia ¿Me entendés?

     Luisa no dijo nada, frunció los labios.

     - Claro…ahí hay una historia, es tu desaparición, alguien te llevó por ese caminito entre los árboles, es una historia que yo tengo que escribir, completar y solucionar, ¿Me entendés? Soñé un cuento.

     - ¿Y ahí te despertaste?

    - Sí o no, no sé, pero no me acuerdo más…es que el resto lo tengo que escribir.

   - Bueno amor que bueno, yo hoy te barro el galponcito. ¿Arreglo el mate?

 

     Los siguientes diez días fueron los peores. La imposibilidad de Enrique de volcar las imágenes de sus sueños al papel, y darle forma de historia, lo estaban enloqueciendo. Volvió a fumar un cigarrillo tras otro y a tomar a toda hora. Vivía refunfuñando y quejándose de todo y comenzó a tener pésimos tratos con su familia. Esa mañana cual ángel salvador, la madre de Luisa golpeó la puerta y pasó a la cocina sabiendo que Enrique dormía. Consiente del mal momento que estaba pasando su yerno y por lo tanto también su hija, la señora le llevó de regalo unos pasajes para que el joven matrimonio se fuera de viaje por una semana a la Patagonia. Había reservado también un hotel y agregó que ella se ocuparía de Carmencita durante su ausencia. Que ellos debían descansar, que les vendría muy bien.

     Cuando Enrique se enteró, puso el grito en el cielo, se quejó reiteradas veces de que él no estaba como para tomarse vacaciones, que estaba trabajando, que tenía que escribir, incluso, amagó con romper los pasajes o con devolvérselos a su suegra. Finalmente, ante las lágrimas de su esposa terminó cediendo, siempre con la condición de que pudiera llevar su máquina de escribir para poder trabajar allí. El día antes de partir, ya se había convencido de  que la presencia de un paisaje similar al de su sueño podría ayudarlo a construir mejor el escenario de su historia.

Cuando entraron a Bariloche ya había oscurecido y apenas pudieron vislumbrar sombras del paisaje. La noche estaba fría. Se instalaron en el hotel, cenaron frugalmente y se acostaron a dormir. Estaban cansados del viaje pero aun así, hicieron el amor. Luisa se durmió sonriendo, pensando que el viaje había sido una gran idea de su madre. Cuando despertó escuchó el sonido de la ducha. Por la ventana entraba una claridad amable. Luisa corrió las cortinas y se maravilló del paisaje que tenía ante sus ojos.

     - ¡Enrique! -, gritó apenas abriendo la puerta del baño.

     - ¿¡Qué!?

     - ¿Viste el paisaje por la ventana?

     - No, no miré…iba a ponerme a escribir.

    - ¡Es increíble! salgo a mirar un rato acá a la parte de atrás.

    - Bueno, termino y te alcanzo.

     Luisa puso la valija encima de la cama y la abrió. Arriba del todo encontró un paquete envuelto en papel de regalo. En la tarjeta reconoció la letra de su madre. Te amo hija, pásalo bien. El vestido le quedaba hermoso. Se lo dejó puesto y salió.

     Enrique se vistió. Varias veces estuvo tentado de subir la máquina a la cama y ponerse a escribir, pero la alegría que había notado en la voz de su esposa, y la posibilidad de ver el paisaje que hacía semanas intentaba recrear con palabras, lo disuadieron.

     Corrió las cortinas que estaban sobre la cama y se quedó helado. La colina verde de suave declive. El precipicio que desembocaba en el valle enmarcado de montañas azules. El bosque que nacía a su derecha. La verja de madera blanca. Y una mujer. Una mujer de vestido celeste, dándole la espalda, y absorta en el paisaje. Luisa, su mujer, vistiendo un vestido que no tenía. Su sueño, su historia, su cuento, tomaba forma. Algunas personas más, seguramente también inquilinos del hotel, recorrían el jardín, apreciaban la vista y se sacaban fotos con las montañas de fondo. 

     Enrique tuvo en claro lo que tenía que hacer. Debía esperar. Debía aguardar que las cosas siguieran su curso, que la historia continuase, que su mujer desapareciera, y luego seguir el rastro. Cerró los ojos. Contó en su cabeza; contó hasta diez y volvió a abrirlos. Luisa seguía allí. Se rogó paciencia. Levantó la vista y se quedó viendo el cielo nuboso. Volvió a contar. Esta vez hasta cien. Bajó la vista. Luisa seguía allí, inmóvil. Enrique sudaba, cerró los puños, miró hacia ambos lados, divisó el sendero sinuoso que nacía entre los abetos. Necesitaba que Luisa desapareciera, necesitaba que la historia no se detuviera, porque debía ser sincero consigo mismo, no podía escribirla, no podía hacerlo, necesitaba que sucediese, necesitaba verlo para poder contarlo.

     Hizo un nuevo intento, esta vez contando en forma inversa de cien a cero como le había enseñado su madre, fijando su vista en el verde esmeralda del pasto.

     La figura de su mujer recortada ante el cordón montañoso, lo llevó a comprender que solo podría continuar si lograba que la historia siguiese. Sino, ambos, cuento y autor, se quedarían inertes, atascados en el limbo de lo que nunca será. Se entendió, se percibió, como causante, como motor, y no solo como testigo.

     Enrique cerró los ojos, resopló resignado y salió de la habitación.

 

* PATRICIO DENEGRI vive en la ciudad de Plottier, Patagonia Argentina. Ha publicado cuentos en diversas revistas y medios digitales. En 2021 publicó la antología “Los perros negros no traen mala suerte”. Participó de la Antologías 2021 y 2022 de Editorial Ofidia. Ganó el “Premio de Abreu 2022” organizado por la Asociación Venezolana de Ciencia Ficción, por el cuento “Uno dentro del otro”, y en 2024 el segundo puesto del mismo certamen con “Adaptaciones (La vida despues de la Rauna)”. En 2023 publicó la novela ilustrada “Todos los pájaros de humo”. En 2024 participó del número 9 de la revista “Salvaje Sur”. Brinda charlas y talleres sobre literatura y escritura creativa.

 

 

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