2025-05-31

TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos "Primera Estrella", de María Martha Paz

En el idílico atardecer de una playa escondida en la Patagonia, la calidez del sol y la compañía de amigos contrastan con la sombra que se cierne al caer la noche.

El sol se ponía naranja entre las montañas ya sombreadas. El lago se mantenía impávido ante la brisa que algo le susurraba al oído. Al fondo de ese agua clara y tibia, los alevinos iban y venían alrededor de mis pies enterrados en la arena.

La tarde pasaba entre mates y charlas sobre el privilegio de estar en una playa escondida de la Patagonia. Una playa casi desierta a la que se accedía desde la ruta atravesando un bosque de ñires que, como rascacielos, bordeaban un sendero que terminaba en un cartel que pedía: “No acampar” y “No hacer fuego”.

-“El Caribe patagónico”. Listo. Ese será el título de mi nota el mes que viene. Mejor que “El paraíso perdido” o “escondido”. “Paraíso” implica la existencia de un infierno y más allá de que en la gran ciudad, la temperatura seguramente debe estar arriba de los treinta grados, hay que destacar la belleza “divina” de este lugar sin meter a Dios ni al Diablo en el asunto. Después de todo, el hombre se mantuvo alejado de este edén por años, ¿porque así Dios lo quiso o porque el Diablo metió la cola y lo retuvo en la ciudad?- dije a viva voz y mis amigos rieron.

Anteojos de sol, sombrero, bronceador, mate, sandwichitos y buen humor. Solo eso es necesario para una tarde maravillosa en el sur.

Salí del agua y me tiré sobre las piedras que ya no quemaban. Escuché las voces de mis amigos un poco más lejos y entrecerré los ojos. Querían volver a la cabaña. Yo quería esperar a que se pusiera el sol. ¡Cómo si pudiera verlo esconderse en el horizonte!

-¿Vamos?- me dijo la chica más linda del mundo.

-¿Ya? Esperemos a que salga la primera estrella. Quiero pedir un deseo- dije lanzando un beso al aire y cerré los ojos.

La chica más linda de la faz de la Tierra sonrió y se dio vuelta.

-Y yo quiero ir a casa- murmuró. Faltaba un rato todavía para que apareciera la estrella que iba a cumplir mi deseo. Había tiempo para una siestita de quince minutos. Me di vuelta y me quedé dormido.

Un zumbido en la oreja me despertó. Una chaqueta amarilla que en la oscuridad se veía negra. Ya era de noche. Sentí frío y temblé. Froté mis manos entre sí, luego sobre los brazos y finalmente sobre las piernas. La malla estaba húmeda aún. El pelo, también. Busqué a los chicos y no los vi. Los llamé, pero solo me contestó el sonido del salto de una trucha en el agua. Miré hacia donde estaba el lago. Apenas veía el reflejo. En el cielo, no había luna. Las estrellas se amontonaban en una línea que surcaba la noche. Me perdí la primera estrella, pensé. “¿Podré pedir deseos aún? ¿O ya es muy tarde? ¿Tendría el mismo efecto? ¿Qué pedir?” Solo quería irme, volver al pueblo con mis amigos y mirar a la chica más hermosa del planeta. Miré todas las estrellas, cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas. Con la mente y los puños cerrados. Con los ojos apretados y la nariz fruncida. Con el pecho y hasta con el dedo chiquito del pie.

Al rato, caminé por la orilla hacia donde recordaba que estaba el sendero que entraba al bosque. La luz de las estrellas era insuficiente para iluminar mi camino. Apenas veía mis pies. De repente, algo me rozó la cara. Retrocedí y me toqué la mejilla con las manos. Un líquido invadió mi dedo. ¿Sangre? Tanteé eso que lo había provocado tratando de adivinar qué era. Una planta. Rosa mosqueta seguramente. Tenía espinas y pinchaba. A ciegas, seguí avanzando. Mis pies sorteaban piedras. Algunas húmedas, con verdín, hacían que me patinara y tuviera que esforzarme por mantenerme parado. Extrañé mis ojotas. Eran viejas y descoloridas, pero para desplazarse por el borde del agua que parecía haber crecido en esas horas, incluso rotas y gastadas, hubieran servido igual. No quise volver a desear. No quería malgastar mis deseos en unas ojotas. No sabía cuántos obstáculos más tendría que enfrentar.

Grité. Esta vez me respondió un ladrido a lo lejos. Me alegré. Quizás era la señal que me guiaría hacia la ruta. Llamé al perro frotando mis dedos hasta que lo sentí cerca. Gruñía. “Me” gruñía. Intenté acariciarlo y me tiró un tarascón. Él estaba más asustado que yo. Dio media vuelta y se fue corriendo. Lo seguí unos metros y enseguida se alejó hasta que desapareció en la negrura de ese paisaje fantasmagórico. Los árboles, infinitos monumentos hacia el cielo, se movían con el viento que se había levantado con el anochecer. Las hojas zumbaban. Las ramas crujían. Las raíces se levantaban de la tierra.

Seguí tanteando a oscuras. Buscaba la entrada a ese sendero que unas horas antes había recorrido en sentido inverso. Sabía que estaba a solo unos metros. Maldije a mis amigos. Maldije a la chica más linda del mundo. No entendía cómo habían podido irse sin mí. Tan solo había querido ver una estrella, pedir un deseo. Una estrella y un deseo. Ahora tenía mil estrellas y tres deseos: Encontrar el camino, cruzar el bosque y llegar a mi casa.

Un claro se abrió entre los árboles. No era el principio del sendero, pero sabía que el camino de la izquierda me llevaría hasta la ruta. Allí haría dedo y llegaría al pueblo. A la cabaña y a insultar a mis amigos y a la chica más linda del universo que a esta altura era la bruja más malvada del condado.

Seguí tropezando entre piedras y raíces. Las ramas me rayaban el cuerpo ahora frío y torpe. Las estrellas parecían reírse en lo alto. Y yo, encerrado en aquel laberinto nocturno, en ese bosque interminable donde murciélagos y búhos se turnaban para aturdirme, me tapé los oídos y cerré nuevamente los ojos ya no para desear sino intentando ignorar ese mundo de retamas y colihues que me estaba atacando. De pronto, un sonido me espantó. Quise retomar la huida hacia la ruta, pero mi plan duró poco. Un zorro se había cruzado en mi camino y en mi destino.

Volví sobre mis pasos y llegué a la playa ahora tenebrosa. Sentía las pisadas del animal tras de mí y aceleré la marcha. Las manos transpiradas. La nariz y la boca trataban de aspirar todo el aire de la noche. El corazón se me había atorado en la garganta. Abrí la boca y solo salió un aliento silencioso. Temí que mis pisadas sobre ramas y raíces asustaran al animal y me atacara. Seguí avanzando en una carrera mortal hasta aquel lugar hermoso donde había compartido la tarde con mis amigos, ese lugar seguro que me había acunado a la hora de la siesta, ese que creí un paraíso y ahora era un verdadero infierno.

Una media luna se asomaba al fin detrás de las montañas ya totalmente negras. El lago se volvió azul y los árboles empezaron a recuperar sus formas. Podía distinguir bien maitenes de arrayanes, cipreses de roble pellín. Me senté sobre una piedra inmensa y temblando abracé mis piernas congeladas. Cerré los ojos una vez más y me entregué. Me rendí ante la noche y las montañas, ante el lago  y el bosque. Ofrecí mi cuerpo agotado, agobiado a ese lugar espantoso que me había hecho su prisionero antes de que saliera la primera estrella y lloré en silencio.

Acá junto al agua con sus olas, música que calma a las fieras, espero. Alguien pronto vendrá a rescatarme.

 

MARÍA MARTHA PAZ nació en Buenos Aires y reside en San Martín de los Andes desde 2007. Es maestra bilingüe, escritora y editora. Ganadora de becas, premios y menciones; algunos de sus cuentos fueron publicados en Argentina, Chile, México y Perú. Publicaciones con Ediciones de la Grieta: Cíclopes del mar (2015), Ella sabe (2017). Sueños enredados (2018), novela infantil que va por su quinta edición e integra el Plan Nacional de Lecturas. Con La punta del ovillo Editorial, publicó: Un camino y un secreto (2018), Hilos (2021); Piedras y manzanas (2022) y Cruz del Sur (2023). Participó de varias antologías: Trazos y Relatos (Patalibro-2022), ¿Qué querés ser cuando seas cuento? (FEN-2023) y Relatos de Malvinas (CEM-SMA (2023)). Ha participado en ferias y festivales de la Patagonia argentina y chilena.

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