2025-06-08

TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos "Mara" del escrito local, Carlos Chavez

¿Qué puede salir mal en una caminata a la montaña? Tal vez un termo que vibra, un genio que grita desde el té o una mochila con sorpresas. En Mara, Carlos Chávez nos regala una fábula insólita donde lo mágico irrumpe en la rutina con una sonrisa cómplice.

MARA / Carlos Chávez

Salimos a hacer trekking a una laguna, ascendimos poco a poco; vimos el sol, las nubes, escuchamos los pájaros. Ya casi terminaba el día, se fueron la mayoría de nuestros vecinos; había cada vez más sombras arañando la arena y patos furtivos hacían silenciosas acrobacias aéreas.

El sol quedaba oculto de a ratos por más y más nubes. Emprendimos el camino de regreso. Nos queda poca agua, me dice Mara, ¿vos querés? no, le digo, enseguida llegamos, me tomo lo que queda del té que ya debe estar frío.

Ella asiente y toma ávida de su botella de plástico, como si volviera del desierto. Como si fuera una aventura, como si nos hubiera abandonado nuestro camello.

Yo por esta vez no quiero usar la taza del termo que sospecho debe incrementar el gusto de porquería que tiene todo lo que tomo.

Mientras seguimos caminando abro el termo y pienso que como no debe quedar mucho del té sería mejor sacarle también la tapa que regula el chorro de salida, así que la desenrosco mirando distraídamente unos pájaros que vuelan en círculos en lo alto.

¡Miren! grita alguien que los descubrió casi al mismo tiempo, ¡jaja! ¡no los pudimos ver arriba pero yo sabía que iban a aparecer!

No podíamos distinguir si eran aguiluchos, jotes o qué, la luz menguante del sol les dibujaba sombras extrañas en las alas y a esta distancia no podíamos ver bien. Pensé que íbamos a empezar a discutir otra vez sobre qué bichos eran pero nadie parecía demasiado interesado, ninguno de los que tenía largavistas estaba cerca y además había sido un largo ascenso y reservábamos energía para llegar a los autos.

Me gustaría planear despacio como ese pájaro, no por contemplar el paisaje, sólo para llegar al estacionamiento pienso encerrándome deliberadamente en un deseo no formulado. De pronto siento una agitación en el termo, tal vez me patiné en las piedras sueltas sin darme cuenta. A lo mejor hay un pequeño temblor, ideas que cruzan como relámpagos en breves segundos.

Abro los ojos aunque tal vez siempre los tuve abiertos esperando encontrarme sentado o despatarrado cerca de un árbol, lamido lastimeramente por el perrito que acompañó la excursión, pero no, es sólo el termo lo que vibra en mi mano. Lo último que puede explicar esto es que se me cayó el teléfono adentro pero es imposible porque la boca del termo no es tan ancha. O sí. La acerco para examinarla porque uno nunca sabe, al mismo tiempo que imagino como en una película, mi cara vista desde el fondo del termo, asomándose con una expresión que me gustaría fuera inteligente.

 

Pero es otra cosa lo que agita lo poco que resta del té allá, en el fondo del termo. Pensando en algo que se pudo haber metido de pronto pienso por asociación en un pájaro, un pichón por el que patrullan los adultos allá arriba, o una lagartija o algún otro bicho, un insecto, qué se yo. Pienso en tantas cosas que nada me asombra cuando finalmente veo la breve silueta flotando fluorescente sobre el té. No parece pero es, sin duda, un genio. Tiene pantalones azules y ese chalequito que usan los árabes en las películas. Brilla tanto que me parece extraño que nadie lo note, como compruebo mirando con disimulo al grupo.

¡Vengo desde el fondo de las minas de Yongkang! vocifera. ¡Mi receptáculo fue forjado en las ancestrales tierras de más allá de todos los mares!

Miro a mis compañeros.

Nada parece haber cambiado en general, todos siguen absorbidos procurando no resbalar. Creo que si tapo el termo será peor. Nadie parece haber escuchado nada.

Vuelco el contenido del termo, esperando y temiendo a la vez ver algo insólito cayendo pero no. Quisiera girarlo para ver el interior una vez más y mientras dudo si hacerlo o no me alcanza Mara que se había retrasado. Ya falta poco, me dice, ¿estás bien? ¿te pusiste protector?

Sí, le digo, mirando el fondo del termo, no me queda más té.

Uh, dice, mirá, ya casi llegamos.

Hay una breve curva luego de la cual ya vemos los autos esperándonos con tranquilidad. Mara sigue adelante, entusiasmada. Tapo el termo y esperando que nadie me vea lo tiro lo más lejos que puedo entre una mata espesa de rosa mosqueta. Dormirá el sueño de los justos hasta que alguien lo encuentre. O no.

La montaña al pie de la cual estamos nos tapa los últimos rayos de sol. Algunos elongan un poco, proclamando una vez más la belleza del día y sacando las últimas fotos.

Subimos al auto con Mara.

Estuvo buenísimo! me dice. ¡Sí!, le digo y me doy vuelta para buscar la otra mochila que dejé en el auto. Saco una botella de agua.

¡Sos un genio! me dice.

*

 

* CARLOS CHÁVEZ (Buenos Aires, 1961). Desde 2000 vive en Villa La Angostura, donde es miembro fundador del grupo literario Alamberse, una subcomisión de la Biblioteca Popular “Osvaldo Bayer”. El grupo facilita distintas actividades relacionadas con la cultura como presentaciones de libros; y también ha organizado charlas, talleres y seminarios de poesía, novela o cine dados por destacadas figuras como Raúl Artola o Vicente Battista. En la actualidad, las reuniones se celebran sábado por medio y suelen acudir autores de Bariloche y San Martín de los Andes. No tiene libros publicados. Actualemente, trabaja en la escritura de su segunda novela.

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