TERCERA TEMPORADA
Juguete Rabioso: hoy compartimos: "Los cubiertos de Alpaca", de María Cristina Venturini
LOS CUBIERTOS DE ALPACA / María Cristina Venturini (San Martín de los Andes)
Mi abuela usaba los cubiertos de alpaca que había heredado de sus padres. En su casa la sopa siempre era más rica, el omelette más saludable, la ensalada más original. Ella cocinaba para mí, que siempre estaba a dieta por el acné, era su forma de cuidarme. Los jueves tenía educación física en el Parque Berduc a la vuelta de su casa, entonces salía de la escuela y me iba a almorzar con ella. La mesa del comedor diario era de madera rectangular, justa para las dos.
Los Barbera vivían en la casa de al lado. En un principio las dos casas habían sido una, pero cuando la pobre Bichi enviudó tuvo que vender la parte de adelante y entonces ellos entraban y salían por el pasillo del costado. La abuela le decía así, “la pobre Bichi”, porque andaba todo el día sobre sus tacos altos, era peluquera y además vendía Avon y Mary Kay para llegar a fin de mes. Siempre estaba impecable, con sus pantalones negros ajustados y remera al cuerpo que le marcaba las tetas gigantes. Barbera había muerto de cáncer hacía dos años y ella había tenido que salir a trabajar para pagar las deudas y mantener a sus cuatro varones, quería que estudiaran. Claudio, el mayor, tenía mi edad y era de madera. Cuando me quedaba a dormir con la abuela los fines de semana, ella siempre lo llamaba y me pedía que le ayudara con las tareas. Es un ratito, me decía, pero a mí se me hacía eterno, le repetía las frases, le anotaba las palabras, le explicaba de distintas formas, pero sospecho que ni me escuchaba, me hacía perder el tiempo. Él siempre andaba con Sultán, que se quedaba hecho un ovillo sobre la alfombra hasta que terminábamos la tarea.
Una tarde vino a eso de las cinco y lo noté triste. Se les había escapado el perro el día anterior. Lo habían buscado por todo el barrio, hasta lo habían anunciado por la radio, pero sin resultados. Los hermanos no le daban tanta bolilla. Julián cuidaba las codornices y los mellizos nunca querían hacer nada. La madre llegaba de noche de la peluquería y se ponía a cocinar. Siempre estaban solos a la tarde. El día que se perdió Sultán, Claudio vino a la casa de la abuela para tratar de entender el present perfect porque tenía examen el lunes. Ya va a aparecer, decía. El domingo la abuela no me dejó ir a ver las codornices, me pidió que le ayudara a limpiar porque a la tarde venían sus primas a jugar a la canasta. Mimicha ganó la partida y se llevó como cien pesos. Las primas se fueron a las ocho, no quisieron llevarse las masas ni las tortas que quedaron, la abuela dijo que eran para los chicos de al lado y que nosotras volveríamos a la dieta como todas las semanas, y que a la mañana me buscaría mami para llevarme a la escuela.
A Sultán no lo vi más. Los mellizos crecieron sin papá, sin perro y sin ganas de estudiar. Dejaron la escuela a mitad de segundo y se dedicaron al vivero. Hacían plantines en macetas de barro y los vendían en la placita los martes y los domingos, después se asociaron con Porrón, que los llevaba en la camioneta a vender en Crespo y no pararon más de trabajar. A Tito le fue bien con las codornices, ahora exporta los huevos y viaja a las ferias de aves con su señora rubia. Según la abuela, la pobre Bichi se murió de cansancio. Claudio sigue viviendo en la casa con un perrito nuevo, Linterna.
Los domingos voy al cementerio, le llevo flores a la abuela, que está en el panteón de los maestros. Los mellizos tienen una florería en el centro y me regalan las dalias coloradas, las que le gustaban a ella. El vermú de la tarde siempre lo trae Claudio. El que tomaba mamá, dice cuando brindamos. La noche llega pronto, a la mañana tengo clases en San Benito.
MARÍA CRISTINA VENTURINI es un caso perdido. Deambuló por las aulas con un micrófono amarillo tratando de enseñar inglés; después hizo budines, tortas, panes, aros, llaveros y telares para vender a los turistas. Aprendió a nadar en un río oscuro entre barrancas, pero al tiempo se vino a la montaña. Parece que no sabe lo que quiere. Sin embargo, cuando le hablan de poesía, le viene todo junto lo vivido y el mundo se le acomoda por un rato. En fin… algo del cielo ahí le va marcando el rumbo. Algo así parecería que sucede.