2025-06-21

TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos: "El Niño Invisible" de Fabiola Soria

Entre medicación, encierro y abandono, Nacho traza una línea entre la locura de su madre y su propio desmoronamiento. Pero cuando la realidad se dobla como un sueño, ¿Quién decide qué es verdad?

El doctor Cazo le enumeraba sus acciones como si él fuera un criminal: primero, el incendio; después, su huida, y ahora el intento de suicidio.  Pero Nacho insistía que no era así, que ni había tratado de prender fuego la escuela, ni había querido huir, y tampoco había querido matarse.  Las heridas en su mano eran porque había tocado algo que parecía un huevo gigante y eso lo había agarrado como un imán.  El doctor Cazo desconfió, ¿un huevo gigante?  Nacho respondió que sí, que probablemente era algo extraterrestre y que si su padre no le hubiese roto el celular, él podría mostrarle la selfie que se sacó con él cuando estuvo adentro de la cueva.  El doctor Cazo se lamentó de que siguiera los pasos de su madre.  Pero Nacho sabía que su madre estaba loca y él no; él había encontrado una cueva con un huevo gigante adentro.  Sin embargo, la respuesta del doctor Cazo fue darle unos comprimidos que tendría que repetir para dejar de fantasear y entonces, Nacho sí pensó en el fuego.  Igual, ¿qué hacía el doctor Cazo ahí, en el medio de la nada?

            Porque estaban en el medio de la nada.  Aunque su padre dijera que la estancia estaba en un valle y que tenían hectáreas y hectáreas de una rentable propiedad, para Nacho no había más que desierto y piedras.  ¿Y su padre había traído al doctor Cazo desde Capital?  No entendía por qué su padre confiaba en un tipo así.  Prefirió quitarse la venda de la mano y cerciorarse de que sí tenía la palma lastimada porque algo lo había succionado antes de tener que tragarse los comprimidos que lo harían olvidar.  Se frotó la mano hasta que volvió a sangrar e hizo una impresión en su cuaderno.  Eso que había tocado parecía metal aunque después de que lo tocó se hundió y lo agarró, como si quisiera chuparlo.  Debió dormirse porque despertó congelado adentro de una especie de cápsula que golpeaba para poder salir.  Un chico igual a él lo miraba desde afuera, apoyaba su mano y su propia piel se le desprendía, despellejándolo como si fuera una cebolla.  Se ahogaba en su propia sangre.

            Volvió a despertar y estaba en su cama.  Sería el mediodía porque la habitación tenía esa luz blanca del desierto y su mano estaba vendada de nuevo.  Recordó la luz que lo había sacado de la cueva, la que marcaba una entrada en línea recta y que había pulido las paredes.  Sí había pasado la noche ahí, sí había estado en la cueva y sí había descubierto esa cosa como huevo que tenía algo adentro; estaba seguro.  Y también estaba seguro de que nadie lo había buscado, de que si no se hubiese despertado hubiera muerto ahí.  Y nadie le creía.  Sintió ganas de llorar, pero prefirió arrancarse la venda y ver que sí era real, que lo que lo había querido despellejar era lo que estaba adentro del huevo y no el huevo en sí.  Miró su mano y aunque podía mover los dedos, se veía peor y tenía un olor asqueroso, olor a remedio y a muerto.  Volvió a vendársela y bajó para buscar algo de comer.  Encontró que toda la casa tenía candados en las alacenas y en las puertas, y que le habían dejado en la mesada un táper y un pastillero.  Entonces así serían las cosas ahora.  Se comió lo del táper pero no tomó las pastillas.  Recordó que antes de salir a explorar había escondido una mochila en el bosque con cosas necesarias por si volvían a encerrarlo.  Solamente tenía que esperar el momento oportuno para abrir una puerta.

            El doctor Cazo volvió a la hora de la siesta y le hizo las preguntas de rigor; Nacho respondió prolijamente.  Sí, había querido prender fuego la escuela; sí, entendía que su castigo había sido sacarlo del cuidado de su tía y mandarlo a esa estancia del diablo, con sus padres, y sí, había querido escaparse porque la odiaba: a la estancia, a sus padres y a su vida.  Cuando llegó a la parte de si había querido matarse, Nacho dudó sobre cuál de las versiones contar; aunque las dos lo llevaran al hecho de que había encontrado un huevo con una criatura adentro.  Entonces le habló del sueño y de la sensación de que lo despellejaban.  Se arrancó la venda y le mostró la mano en la que iba perdiendo sensibilidad.  Le dijo eso mismo, como si la mano se estuviese volviendo invisible, a pesar del olor.  Las conjeturas del doctor Cazo lo llevaron por el camino de que Nacho no había tomado las pastillas y encima se había arrancado la venda provocándose más daño; la herida parecía infectada.  Sin embargo, entonces, sí había querido matarse y sí, era probable que todavía abrazara esa idea.  ¿O se equivocaba?  Nacho se aguantó las lágrimas y volvió a preguntarse qué hacía ese tipo ahí.  ¿Estaría interesado en su madre?, ¿en Helena, la mujer que cuidaba a su madre?  ¿O estaría en algo con su padre?  Pero no se atrevió a preguntárselo y reconoció que sí, que había querido matarse y le contó la versión del cuatri y la cueva.

Había salido con el cuatri para recorrer la propiedad, y encontró un camino que a simple vista no se veía, porque había varias piedras y después, ramas y arbustos, que atravesó como pudo.  Tuvo que dar un rodeo enorme porque un río se le metía en medio y en algunas partes se veía profundo.  Por eso subió y subió y se encontró con una saliente desde la que se veía el puto valle.  Si se tiraba desde ahí con el cuatri podría romperse los huesos, pero con su mala suerte seguro no se moriría, y por eso se bajó del cuatri y miró si era lo suficientemente alto como para hacerse un daño mortal.  Y ahí vio esa línea de árboles quemados o desgastados, como si algo hubiese llegado desde el cielo y derrapara hasta meterse en un hoyo; algo de mucho tiempo y que terminaba adentro de la roca.  Bajó como pudo, mitad arrastrándose, mitad escalando, hasta que quedó frente a una caverna que se mezclaba con un sistema de túneles.  Ya no podía ver la línea recta que había visto desde arriba, aunque sí encontró un túnel que estaba pulido, siguiendo la trayectoria que empezaba con los árboles rotos.  Se alumbró con la linterna de su celular y entró y se perdió, hasta que llegó al lugar donde dio con el huevo con la cosa adentro.  Le gustó porque creyó que podía ser algo como hielo con un cachorro de mamut congelado o algún otro animal, porque no se veía como un mamut.  ¿Un tigre?  ¿Un oso?  El doctor Caso interrumpió el relato porque quería precisiones, ¿qué tipo de animal?  Capaz un monstruo.  Uno como el de la película de la nave, que terminaba matándolos a todos; esos nacían de huevos.  O podía ser un dragón de los que tiran fuego.  Fuego.  Se sacó la selfie y ahí fue cuando tocó el huevo y sintió un dolor repentino que casi lo mata porque se desmayó.  Se desmayó y despertó congelado, igual que la cosa del huevo.  El miedo lo obligó a buscar la salida y correr, trepar, escalar y volverse a su casa en el cuatri para que su padre lo recibiera con un cachetazo por haberse escapado –dos días, le dijo–, y le dejó la cabeza como si hubiera recibido electricidad.  Ahí se dio cuenta de que tenía la mano lastimada y los cortes.  Debió hacerse los cortes cuando escaló para llegar al cuatri.  El doctor Cazo le preguntó desde cuándo sentía esas ganas de matarse y destruir, y Nacho tuvo que reconocer que desde que su madre había dejado de hablar.

            Más tarde anotó en su cuaderno “hoy hicimos grandes progresos”, tal como el doctor Cazo le indicó y se quedó mirando la impresión de su huella.  Dibujó lo que recordaba del camino hacia la cueva, los túneles y el lugar donde tenía escondida la mochila con las provisiones.  Volvería.  Tendría que llevar también una frazada.  Y fósforos.  Dibujó el huevo y lo pintó con lenguas de fuego con las que rayó las páginas siguientes.  Entonces se detuvo; así había empezado lo de la escuela y ni él sabía que llegaría a tanto.  ¿Y si esa cosa quería despellejarlo?  ¿Si esa cosa salía de la cueva y lo cazaba, los cazaba a todos?  Se dio cuenta de que estaba llorando y se metió abajo de la cama.  Descubrió que estaba frío y que estaba solo.  El techo tenía estalactitas que goteaban en concierto y la sensación de ser tomado desde el brazo aumentó.  Estaba desapareciendo; el dolor lo tironeaba para llevárselo.  Esta vez se veía adentro del huevo y un chico con su cara se burlaba de él y se alejaba hacia la salida.  Se buscó la mano invisible y tenía un muñón que usó para romper la membrana y escapar.  Golpeó la cama y el dolor lo despertó.  Su mano no sangraba, aunque el dolor en hormigueo le alcanzaba hasta el codo, como si fuera electricidad.

            Helena le dio analgésicos.  Nacho le dijo que no sentía los dedos y que apenas podía mover la muñeca, pero Helena le explicó que sería así hasta que sanara.  Aprovechó que Helena le hablaba para pedirle ver a su madre, que lo escuchó con la mirada perdida y no le respondió.  Volvió a preguntarle a Helena por qué ella estaba así y Helena le contestó que lo hablara con su padre, que volvería en unas horas.  ¿Ya había pasado una semana?  Helena le explicó que él había dormido más que de costumbre, por las pastillas.  Nacho recordaba claramente no haber tomado las pastillas, aunque eso no le aseguraba que Helena no se las hubiera dado de alguna manera.  ¿Ella le creía que había encontrado un huevo?  Helena le dijo que sí, aunque usó el mismo tono que usaba con su madre cuando todavía gritaba que alguien quería llevársela.  Entonces le preguntó por el doctor Cazo, ¿por qué venía a verlo?  ¿No había otros doctores en el pueblo que lo traían a él desde Capital?  Helena volvió a usar ese tono con él y le pidió que dejara de pensar tanto, que eso hacía daño.  Entonces, si no pensaba en el huevo, lo que estaba adentro no vendría a buscarlo.  Aunque no podía parar los sueños.  Tendría que convencer a su padre de ir hasta la cueva y que lo viera por sí mismo.  ¿Y si esa cosa le hacía daño?

            Que se jodiera.  Su padre era un mal tipo y no lo decía solamente él sino toda la gente que lo había obligado a huir de Capital.  Está bien que había comprado las tierras, pero no fue hasta que tuvo que escaparse que decidió irse a vivir ahí.  ¿Y ahora también quería hacer política en el pueblo?  Su madre sí le daba un poco de pena, aunque los doctores –mucho después aparecería el doctor Cazo– nunca le encontraron nada como para que estuviera tan enferma.  Helena le había explicado que la depresión es invisible, y que nadie puede decir cuándo aparecerá o desaparecerá.  Nacho sentía que no podía enojarse con ella, aunque, ¿no lo había dejado solo con esa gente de mierda?  Si lo que estaba en la cueva era maligno, podría matarlos a todos; a él no le importaba morir.  Sería algo así como en las películas donde nadie cree nada hasta que es demasiado tarde.  Aunque si la cosa del huevo fuera buena y lo malo solamente estuviera en su cabeza, entonces podría pedirle que lo ayudara a que las cosas fueran mejor o a que algo mejorara.  El doctor Cazo le repetía que él esperaba lo peor de todo.  Entonces, por una vez, podría esperar lo mejor y la cosa del huevo podría ser buena y ayudarlo.

 

            Y llegó el descuido ansiado porque su padre, durante su visita del fin de semana –en que le trajo un nuevo celular y le pidió perdón por el cachetazo–, también le permitió salir de la casa, y Nacho vio dónde escondió las llaves.  Y aunque no consiguió las del cuatri, sí pudo agregar provisiones a su mochila y calculó que a pie, tardaría un día y medio en alcanzar la cueva.  Ahora usaba la venda para ocultar el olor de su mano invisible y además, tenerla vendada hacía que le doliera menos.  Los sueños empeoraban.  En uno, la cueva se le venía encima; en otro, el dolor lo paralizaba hasta matarlo.  Él estaba acostumbrado al miedo en la vida real y esos no eran más que sueños; Nacho ya sabía lidiar con cosas difíciles.  A veces, un sueño lo llevaba a despertar dentro de otro y, en ese otro, él se veía a sí mismo salir de la cueva y dejar atrás al Nacho del que todos se quejaban.  Todavía no decidía qué hacer con su madre.  Escaparse y quizás salvarla, aunque no conocía otro recurso más que el fuego.  Escaparse y dejarla como estaba, en manos de gente idiota.  ¿Y qué pasaría si ella despertaba y no lo encontraba ahí?  La rescataría.  Necesitaba creer que volverían a encontrarse cuando el mundo fuera distinto.

             Y entonces lo hizo: usó el fuego y escapó.  Lo inició en la habitación de su madre y solamente vio las primeras lenguas danzantes ir a comérsela desde las cortinas.  Todos dormían.  Salió a cielo abierto, armado con la linterna de su nuevo celular, y la mochila.  Encontró una noche que lo apuñalaba con sus estrellas frías como estalactitas.  Corrió para apresurar el tiempo.  Confundió la luz del incendio con el amanecer y apuró todavía más el paso.  Se paralizó al sentir que lo acechaban para matarlo.  Pero no había nadie; ni luces, ni voces; nada.  Durante el día, el cielo fue tan abrasivo como la noche, y en la noche, las ramas salvajes y las piedras le arrancaron pedazos de piel.  Continuó.  Llegó a la cueva cuando la luz del amanecer señalaba el túnel que daba al huevo.  Se metió y caminó, agotado, hasta dar con el cascarón.  Donde estuvo el huevo, otro adolescente igual a él, lo recibió.

             Esta vez no era un sueño.  El otro lo miraba; sus ojos eran de un negro absoluto que terminaron de cobrar forma cuando completó su metamorfosis.  Nacho quiso correr, y cayó al suelo, sin poder defenderse.  El otro Nacho lo desnudó para quedarse con su ropa, su mochila, su celular.  Ese Nacho no tenía la mano lastimada, y se veía muy seguro de lo que hacía; sonrió cuando a Nacho le empezó a arder la piel.  Por un momento, Nacho creyó que seguía en la pieza de su madre, y la buscó inútilmente entre las llamas.

            El pueblo recibió escéptico la novedad de que la estancia de los porteños se había incendiado, quizás, con todos los miembros de su familia adentro.  Alguien dijo que había un adolescente y que lo vieron haciendo dedo en la ruta, pero no se cotejó la información.  Tampoco regresó nadie a reclamar nada.

 

FABIOLA SORIA nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, en el año 1975. Desde el año 2005 vive en el Alto Valle de Río Negro, en General Roca. Sus obras publicadas abarcan cuentos de ciencia ficción “Arquetipos” (2011), y “Relatos de la Cronohistoria (2019), poesía “Todos los rostros” (2014), microrrelato “¡Maldita humanidad!” (2016), “El banquete de los monstruos” (2018), seleccionado y editado por la Universidad Nacional de Río Negro. También cuenta con un libro álbum junto a José Humberto Álvarez Esto no es un paquete del año 2019. En 2019 también obtuvo el Primer Premio en el Primer Certamen Patagónico de Relatos: De lo Textual al espacio público, y el Primer Premio Internacional del Concurso Carbono Alterado, con su cuento “El señor Gokiburi viene a comer”. Su obra de cuento y poesía forma parte de antologías y revistas de Colombia, Ecuador, México, Chile y Argentina.

 

Temas de esta nota
Te puede interesar