Bonus Track 1:
Juguete Rabioso: hoy compartimos: "En el maravilloso mundo de Pedro" de Sandra Lambertucci
La casa de mi abuelo estaba encantada, cosas mágicas ocurrían en su jardín. Solo en su jardín. Los dos sabíamos el secreto. Mi papá también pero cuando creció no lo recordó nunca jamás. Muchas veces me sentaba en su mecedora a leer cuentos. Su biblioteca era inmensa y había libros por todos lados. Otras veces jugaba con su perro, un ovejero alemán que ya tenía una colección de años como mi abuelo.
Con Ariel, el perro, jugábamos a la pelota. Yo se la tiraba y él la buscaba. Pero un día se la arrojé y no volvió. Lo llamé varias veces y no apareció. No quise molestar a mi abuelo porque amaba dormir la siesta. Fui corriendo en busca de él y repentinamente caí.
No caí al suelo, caí en un pozo. Un pozo que parecía no tener fin. Por un momento, mientras iba suspendido hacia abajo me sentí Alicia... Hasta que toqué fondo. Me desempolvé y me miré por si me había convertido en niña. Fue extraño porque cuando miré mis manos, no eran de nena, pero tampoco eran las mías. Miré mis piernas y tampoco lo eran, ¡no era mi cuerpo!
Como un torbellino pasó una rata topo que me dejó dando giros. No alcancé a preguntarle nada. Después de dar tantas vueltas me quedé frente a la puerta de un túnel. Me fui acercando y un aire espeso me empujó hacia adentro.
Allí caminé unos metros y tenía cuatro entradas para elegir. Cada una conducía a otros túneles interiores. No era fácil decidir. Respiré hondo y tomé el primero a mi derecha. Caminé por largo rato hasta que escuché pasos, como si fuera gente marchando. ¡Eran soldados! ¡si! ¡Un ejército! que me detectaron y me apresaron enseguida.
-No deberías estar aquí -me dijo el jefe-. Eres de los extraños.
Me tomaron por la espalda y me encerraron en una especie de celda hecha con palitos.
-Tengo mis derechos y no voy a decir ni una sola palabra ¡Quiero un abogado! Lo había escuchado decir a mi papá infinidad de veces cuando le contaba sus historias a mi abuelo. Pero parecía que aquí no resultaba.
-¿De dónde sacaste esas palabras? Aquí no importan y no estas cumpliendo tus funciones, acá se trabaja. Cada obrero debe cumplir con su rol. Si la cadena se altera todo se rompe. Es inadmisible un acto de rebeldía.
-¿Qué palabras?
-Derecho y abogado.
-De la ley – murmuré.
-¿Qué ley?
-La ley.
Recordé que en la escuela habíamos visto algunos artículos de la Constitución Nacional y también nos habían enseñado sobre la Ley de Contrato de Trabajo.
Le grité al resto de la tropa mientras me arrastraban - ¿Saben que tienen derechos? ¿Saben que pueden parar a descansar?
Un par se dieron vuelta y finalmente… los tuve de compañeros en la celda.
-¿A qué clase perteneces?, me preguntaron mientras me olfateaban. No eres de nuestro nido.
- Eso puede costarte la vida, me dijo el otro.
-Es larga la historia y no me creerían. ¿Por qué marchan sin parar? -les pregunté
-Es nuestro trabajo. Somos obreros. Trabajamos para la colonia.
Por primera vez, los dos soldados se relajaron y se sentaron a descansar. Sus patitas les temblaban. No conocían lo que eso significaba. Ni que podían compartir con otro. Luego de estar horas encerrados conmigo querían saber más.
-¿De dónde sacas esas cosas, esas ideas? me preguntaron asombrados.
Les conté algunas de las fabulosas historias que mi abuelo me narraba hasta que aprendí a leer y desde entonces no había dejado de hacerlo.
- ¿Ustedes no leen?
- ¿Leer? ¿Qué es leer? Claro que no. Debemos defender a la reina y traer comida. Para eso somos entrenados.
-Entonces, ¿no saben lo que es un libro?
- ¿Libro? preguntaron con asombro. Se codearon y cuchichearon algo que no pude escuchar.
-Creo que son esas cajitas con alas que están del otro lado del túnel, pero solo la reina puede agarrarlos y algunas obreras cercanas a ellas le dijo uno al otro.
-Nuestra tarea está designada desde que nacemos y cumplimos nuestro ciclo bajo el mando. – dijeron a coro.
-¡Honor a la reina! ¡honor a la reina!¡honor a la reina! pronunciaron con energía.
La hormiga reina ya había sido notificada del intruso. Y la mortificaba salir y tener que dejar a sus huevos. No le quedaba cerca, pero sabía que no podía mandar a nadie más. No quería alterar el orden. Ya había tenido que reemplazar a los soldados impertinentes.
Llegó al lugar y nos observó con cierta altanería. No podía ser de otra manera. Era la reina. Me reconoció enseguida y me ordenó que me acercara.
- ¿Quién crees que eres? -me dijo enojada.
-Soy…, soy…, no podía recordar mi nombre.
- Sí, ¿quién eres? ¿y de dónde vienes?, eso te pregunté.
No lo podía recordar. En la caída algo se había alterado además de mis manos, mis piernas, mi cuerpo. También mi memoria. No podía pronunciar mi nombre.
-Al menos tendrás una justificación de por qué intentas alterar el orden en mi nido. Somos una comunidad estrictamente organizada y cada quien sabe qué lugar ocupa y qué tienen que hacer, me iba diciendo mientras vibraban sus antenitas y daba pasos cortitos de lado a lado.
-No intento alterar nada. Solo dije que tenía derechos.
-Shhh, ¿derechos? No, no, no. Nada de derechos. ¡Acá no se habla de derechos, está prohibida esa palabra!
-Si, ya me di cuenta como los soldados a descansar, a comer, a leer.
-¿A leer?
-Si, a leer.
- ¿Y en donde dice todo eso? me preguntó la reina con su cara enrojecida y los ojos desorbitados.
Ella por miedo a que el resto se sublevara le exigió que le mostrara en donde estaba escrita la ley que él mencionaba y que había generado tanto alboroto. En caso de no poder demostrarlo sería dado de alimento a otros insectos.
-Te daré una oportunidad si no me traes esa ley te arrojaré a otros animales para que te devoren
-Puedo demostrarlo, pero necesito una biblioteca. ¿Me deja llevar a los dos soldados para que me ayuden a encontrarlo más rápido?
Muy tranquila la reina accedió a su petición. Estaba segura de que con los dos obreros no lograría encontrar nada.
La biblioteca estaba custodiada por algunas hembras estériles. La hormiga reina pidió al jefe de los soldados que los llevaran por los pasillos de los túneles y allí los dejaron. Los otros dos soldados no sabían leer, entonces les enseñé.
Primero, les enseñé las letras. Fueron reconociendo una a una junto con el sonido que las acompañaban. Algunas letras las asociaban con las pocas palabras que se escuchaban en la comunidad. Así, ubicaron la “R” de reina y la “O” de obreros.
Saltábamos de alegría cada vez que lograban pronunciar una palabra. Todos estábamos muy ansiosos. Repasábamos a escondidas las letras y los sonidos aprendidos. Cuando la reina aparecía solo veía libros desparramados y sonreía cuando cometíamos algún error.
Día tras día, fuimos sumando letras y más sonidos. Entendieron que cuando sumaban letras una tras otra y en orden formaban una palabra. Y con mucha valentía juntaron una palabra tras otra y formaron una oración. A medida que pasaba el tiempo se divertían aprendiendo. Todas esas nuevas palabras se convirtieron en frases y las frases en historias propias e imaginarias.
Luego, no sólo leíamos, sino que contábamos historias que inventábamos al resto de la comunidad. Cada dos o tres días la hormiga reina se acercaba para preguntarme si había encontrado el libro que hablaba de mis leyes. Se la notaba inquieta. Para poder mantenerme con vida le dije que no y así seguíamos leyendo libros. Con el paso de los días dentro de la biblioteca creamos una comunidad de lectores, una de narradores y una de escritores. Quienes se animaron a promulgar algunos acuerdos y entendieron lo importante que era leer. Se sentían capaces de cuestionar, de analizar, con un cerebro mucho más abierto y más crítico. Los resultados se fueron multiplicando en las comunidades de los otros túneles e incluso muchas otras reinas descubrieron que en las horas de ocio que comenzaron a reclamar muchos leían, muchos inventaban historias y que su ánimo y creatividad había mejorado considerablemente.
Pero aún nos faltaba un paso más. El más importante. Yo no podía recordar mi nombre, pero sabía que tenía uno. En cambio, los dos obreros debían enfrentarse a este nuevo desafío: dejar de ser dos simples obreros a tener su nombre propio.
La hormiga reina vio todo esto y se sintió derrotada. Eso la puso furiosa y me tomó por la espalda. Me arrastró de mala manera por unos de los túneles y me llevó al ingreso. Con toda la fuerza que tenía me lanzó al aire para que fuera el banquete de otras comunidades.
Un soplo de aire fresco y un lengüetazo de Ariel me encontró repitiendo mi nombre.
-¡Pedro me llamo!. ¡Me llamo Pedro!
-Si Pedrito, sí sé tu nombre, ¡qué golpazo! - me dijo mi abuelo mientras me ayudaba a reincorporarme.
-Vamos por una bolsita con hielo antes de que el chichón tenga vida propia y tu madre se enfade conmigo.
Un poco aturdido lo tomé de la mano, con la derecha. En la izquierda tenía un libro diminuto, se llamaba “Nuevo orden social de la casta obrera” autores Julio AA y César AA. Editorial Atta Acromyrmex. 1
Sonreí feliz.
La casa de mi abuelo estaba encantada, cosas mágicas ocurrían en su jardín. Solo en su jardín. Los dos sabíamos el secreto. Mi papá también pero cuando creció no lo recordó nunca jamás. Muchas veces me sentaba en su mecedora a leer cuentos. Su biblioteca era inmensa y había libros por todos lados. Otras veces jugaba con su perro, un ovejero alemán que ya tenía una colección de años como mi abuelo.
Con Ariel, el perro, jugábamos a la pelota. Yo se la tiraba y él la buscaba. Pero un día se la arrojé y no volvió. Lo llamé varias veces y no apareció. No quise molestar a mi abuelo porque amaba dormir la siesta. Fui corriendo en busca de él y repentinamente caí.
No caí al suelo, caí en un pozo. Un pozo que parecía no tener fin. Por un momento, mientras iba suspendido hacia abajo me sentí Alicia... Hasta que toqué fondo. Me desempolvé y me miré por si me había convertido en niña. Fue extraño porque cuando miré mis manos, no eran de nena, pero tampoco eran las mías. Miré mis piernas y tampoco lo eran, ¡no era mi cuerpo!
Como un torbellino pasó una rata topo que me dejó dando giros. No alcancé a preguntarle nada. Después de dar tantas vueltas me quedé frente a la puerta de un túnel. Me fui acercando y un aire espeso me empujó hacia adentro.
Allí caminé unos metros y tenía cuatro entradas para elegir. Cada una conducía a otros túneles interiores. No era fácil decidir. Respiré hondo y tomé el primero a mi derecha. Caminé por largo rato hasta que escuché pasos, como si fuera gente marchando. ¡Eran soldados! ¡si! ¡Un ejército! que me detectaron y me apresaron enseguida.
-No deberías estar aquí -me dijo el jefe-. Eres de los extraños.
Me tomaron por la espalda y me encerraron en una especie de celda hecha con palitos.
-Tengo mis derechos y no voy a decir ni una sola palabra ¡Quiero un abogado! Lo había escuchado decir a mi papá infinidad de veces cuando le contaba sus historias a mi abuelo. Pero parecía que aquí no resultaba.
-¿De dónde sacaste esas palabras? Aquí no importan y no estas cumpliendo tus funciones, acá se trabaja. Cada obrero debe cumplir con su rol. Si la cadena se altera todo se rompe. Es inadmisible un acto de rebeldía.
-¿Qué palabras?
-Derecho y abogado.
-De la ley – murmuré.
-¿Qué ley?
-La ley.
Recordé que en la escuela habíamos visto algunos artículos de la Constitución Nacional y también nos habían enseñado sobre la Ley de Contrato de Trabajo.
Le grité al resto de la tropa mientras me arrastraban - ¿Saben que tienen derechos? ¿Saben que pueden parar a descansar?
Un par se dieron vuelta y finalmente… los tuve de compañeros en la celda.
-¿A qué clase perteneces?, me preguntaron mientras me olfateaban. No eres de nuestro nido.
- Eso puede costarte la vida, me dijo el otro.
-Es larga la historia y no me creerían. ¿Por qué marchan sin parar? -les pregunté
-Es nuestro trabajo. Somos obreros. Trabajamos para la colonia.
Por primera vez, los dos soldados se relajaron y se sentaron a descansar. Sus patitas les temblaban. No conocían lo que eso significaba. Ni que podían compartir con otro. Luego de estar horas encerrados conmigo querían saber más.
-¿De dónde sacas esas cosas, esas ideas? me preguntaron asombrados.
Les conté algunas de las fabulosas historias que mi abuelo me narraba hasta que aprendí a leer y desde entonces no había dejado de hacerlo.
- ¿Ustedes no leen?
- ¿Leer? ¿Qué es leer? Claro que no. Debemos defender a la reina y traer comida. Para eso somos entrenados.
-Entonces, ¿no saben lo que es un libro?
- ¿Libro? preguntaron con asombro. Se codearon y cuchichearon algo que no pude escuchar.
-Creo que son esas cajitas con alas que están del otro lado del túnel, pero solo la reina puede agarrarlos y algunas obreras cercanas a ellas le dijo uno al otro.
-Nuestra tarea está designada desde que nacemos y cumplimos nuestro ciclo bajo el mando. – dijeron a coro.
-¡Honor a la reina! ¡honor a la reina!¡honor a la reina! pronunciaron con energía.
La hormiga reina ya había sido notificada del intruso. Y la mortificaba salir y tener que dejar a sus huevos. No le quedaba cerca, pero sabía que no podía mandar a nadie más. No quería alterar el orden. Ya había tenido que reemplazar a los soldados impertinentes.
Llegó al lugar y nos observó con cierta altanería. No podía ser de otra manera. Era la reina. Me reconoció enseguida y me ordenó que me acercara.
- ¿Quién crees que eres? -me dijo enojada.
-Soy…, soy…, no podía recordar mi nombre.
- Sí, ¿quién eres? ¿y de dónde vienes?, eso te pregunté.
No lo podía recordar. En la caída algo se había alterado además de mis manos, mis piernas, mi cuerpo. También mi memoria. No podía pronunciar mi nombre.
-Al menos tendrás una justificación de por qué intentas alterar el orden en mi nido. Somos una comunidad estrictamente organizada y cada quien sabe qué lugar ocupa y qué tienen que hacer, me iba diciendo mientras vibraban sus antenitas y daba pasos cortitos de lado a lado.
-No intento alterar nada. Solo dije que tenía derechos.
-Shhh, ¿derechos? No, no, no. Nada de derechos. ¡Acá no se habla de derechos, está prohibida esa palabra!
-Si, ya me di cuenta como los soldados a descansar, a comer, a leer.
-¿A leer?
-Si, a leer.
- ¿Y en donde dice todo eso? me preguntó la reina con su cara enrojecida y los ojos desorbitados.
Ella por miedo a que el resto se sublevara le exigió que le mostrara en donde estaba escrita la ley que él mencionaba y que había generado tanto alboroto. En caso de no poder demostrarlo sería dado de alimento a otros insectos.
-Te daré una oportunidad si no me traes esa ley te arrojaré a otros animales para que te devoren
-Puedo demostrarlo, pero necesito una biblioteca. ¿Me deja llevar a los dos soldados para que me ayuden a encontrarlo más rápido?
Muy tranquila la reina accedió a su petición. Estaba segura de que con los dos obreros no lograría encontrar nada.
La biblioteca estaba custodiada por algunas hembras estériles. La hormiga reina pidió al jefe de los soldados que los llevaran por los pasillos de los túneles y allí los dejaron. Los otros dos soldados no sabían leer, entonces les enseñé.
Primero, les enseñé las letras. Fueron reconociendo una a una junto con el sonido que las acompañaban. Algunas letras las asociaban con las pocas palabras que se escuchaban en la comunidad. Así, ubicaron la “R” de reina y la “O” de obreros.
Saltábamos de alegría cada vez que lograban pronunciar una palabra. Todos estábamos muy ansiosos. Repasábamos a escondidas las letras y los sonidos aprendidos. Cuando la reina aparecía solo veía libros desparramados y sonreía cuando cometíamos algún error.
Día tras día, fuimos sumando letras y más sonidos. Entendieron que cuando sumaban letras una tras otra y en orden formaban una palabra. Y con mucha valentía juntaron una palabra tras otra y formaron una oración. A medida que pasaba el tiempo se divertían aprendiendo. Todas esas nuevas palabras se convirtieron en frases y las frases en historias propias e imaginarias.
Luego, no sólo leíamos, sino que contábamos historias que inventábamos al resto de la comunidad. Cada dos o tres días la hormiga reina se acercaba para preguntarme si había encontrado el libro que hablaba de mis leyes. Se la notaba inquieta. Para poder mantenerme con vida le dije que no y así seguíamos leyendo libros. Con el paso de los días dentro de la biblioteca creamos una comunidad de lectores, una de narradores y una de escritores. Quienes se animaron a promulgar algunos acuerdos y entendieron lo importante que era leer. Se sentían capaces de cuestionar, de analizar, con un cerebro mucho más abierto y más crítico. Los resultados se fueron multiplicando en las comunidades de los otros túneles e incluso muchas otras reinas descubrieron que en las horas de ocio que comenzaron a reclamar muchos leían, muchos inventaban historias y que su ánimo y creatividad había mejorado considerablemente.
Pero aún nos faltaba un paso más. El más importante. Yo no podía recordar mi nombre, pero sabía que tenía uno. En cambio, los dos obreros debían enfrentarse a este nuevo desafío: dejar de ser dos simples obreros a tener su nombre propio.
La hormiga reina vio todo esto y se sintió derrotada. Eso la puso furiosa y me tomó por la espalda. Me arrastró de mala manera por unos de los túneles y me llevó al ingreso. Con toda la fuerza que tenía me lanzó al aire para que fuera el banquete de otras comunidades.
Un soplo de aire fresco y un lengüetazo de Ariel me encontró repitiendo mi nombre.
-¡Pedro me llamo!. ¡Me llamo Pedro!
-Si Pedrito, sí sé tu nombre, ¡qué golpazo! - me dijo mi abuelo mientras me ayudaba a reincorporarme.
-Vamos por una bolsita con hielo antes de que el chichón tenga vida propia y tu madre se enfade conmigo.
Un poco aturdido lo tomé de la mano, con la derecha. En la izquierda tenía un libro diminuto, se llamaba “Nuevo orden social de la casta obrera” autores Julio AA y César AA. Editorial Atta Acromyrmex. 1
Sonreí feliz.
- Acromyrmex es un género de hormigas del Nuevo Mundo de la subfamilia Myrmicinae. Contiene 31 especies que se hallan distribuidas en América del Sur, partes de América Central y algunas Islas del Caribe. Junto con el género Atta constituyen la tribu Attini, conocida comúnmente como "hormigas cortadoras de hojas" Fuente. .https://es.wikipedia.org/wiki/Acromyrmex
*
SANDRA IVANNA LAMBERTUCCI (Buenos Aires, 1975). Desde 1989 reside en la ciudad de Zapala. Es Profesora en Letras (UNCo) y Escritora. En 2021, publicó Otras vidas, su primer libro de poesía y narrativa breve (declarado de Interés Legislativo por el Concejo Deliberante de la ciudad). En 2022 publicó dos libros: Réquiem Octaviano, exclusivo de poesía; y Cara o cruz, su primera novela. Una poética Perséfone se publicó en 2023 por editorial De Los cuatro vientos Buenos Aires. Tomás Gris es un libro álbum para infancias editado por La punta del ovillo de San Martín de los Andes en 2024. En 2025, publicó dos obras más: Fragmentos de un yo: en el jardín de mis yoes, un poemario; y Reformadas: la Revolución del sofá, una novela corta. En 2024 el Concejo Deliberante de la ciudad de Zapala la declaró “Ciudadana destacada” por su labor y alcance literario.