2025-07-05

BONUS TRACK FINAL

JUGUETE RABIOSO: hoy compartimos "Última luz en Los Menucos" de Diego Rodríguez Reis

En el corazón áspero de la Patagonia, un encuentro improbable entre un ingeniero y un gaucho fantasmagórico expone la grieta insondable entre el progreso y la memoria, entre el mapa digital y los caminos del mito.

“Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare velim, nescio”

San Agustín, Confesiones

 

Antes de iniciar su viaje por la línea sur, Estanislao Rey se detuvo en un solitario puesto de artesanías.

―Cómo pega el viento acá ―le comentó al viejo que estaba sentado frente al puesto, en una vieja reposera de madera.

El viejo, que intentaba prender un cigarro, sin abandonar su tarea, replicó:

―No me quejo.

Estanislao Rey no pudo precisar si el comentario estaba absolutamente dirigido a él, como respuesta a su comentario.

―¿Le gusta la estepa?

El viejo parecía feliz, había logrado encender su cigarro. Lo miró de arriba a abajo antes de responderle.

―Me gusta porque no hay nada nuevo, nunca. Nací acá, vivo acá hace sesenta y cuatro años: no espero nada, no pregunto nada, no me sorprende nada.

Le pegó un chupada fuerte al cigarro antes de sentenciar:

―Cada tanto para un tipo y me pregunta si me gusta vivir acá: cambia el tipo pero la pregunta es siempre la misma.

Estanislao pensaba preguntarle algo sobre el clima y el estado de la ruta:  la reciente tormenta eléctrica había inutilizado su teléfono y la computadora de su camioneta. Luego de unos pensativos segundos, prefirió guardar silencio, y retomar el camino.

La ruta atravesaba la provincia de extremo a extremo, era un largo camino  de más de seiscientos kilómetros que se internaba en luz total durante el día y en total la oscuridad por las noches, cercenando las colinas, los desiertos y los hilachos de agua.

Estanislao conducía tranquilo, prefería no pasar de los sesenta kilómetros por hora en el ripio: amigos y conocidos suyos habían tenido malas y peores experiencias por sobrepasar esa velocidad. Hacía calor, comprobó con desazón que el aire acondicionado de la camioneta también se había descompuesto con la tormenta. Ahora todo, cualquier mínima cosa, dependía de una computadora central, pensó. Su tío Ricardo, que había trabajado veinte años en la Ford, tuvo que poner un taller por su cuenta cuando llegaron los vehículos computarizados. Ahora seguía arreglando lo que el resto del mundo llamaba “autos viejos”, denominación de la que él abominaba. Estanislao intentó bajar las ventanillas, pero la misma áurea razón (la falla en la computadora) se lo impidió. Chistó y siguió conduciendo sin sacar la vista del frente.

Continuó así por lo menos una hora, sin cruzarse con ningún otro vehículo ni ser vivo alguno, a excepción de unos caballos, allá a lo lejos. De repente, recordó que en la guantera solía dejar una bolsa con caramelos de menta: estiró la mano, allí estaban. Desenvolvió con habilidad un caramelo, haciendo uso sólo de su mano derecha, y se lo echó a la boca. La frescura de la menta fuerte recorrió su garganta, ascendió hasta sus fosas nasales, dándole una nueva cuota de oxígeno. Inspiró largamente, aliviado. Afuera, a los costados y detrás suyo, la camioneta iba levantando tierra suelta, arena, piedra: el ruido de su motor era lo único que rompía el silencio monótono de la tarde.

¿Cuánto tiempo tenía aquella ruta? La recordaba desde siempre, desde aquellas primeras vacaciones con su familia en Bariloche: su padre prefería la otra ruta, la nacional, que era más larga pero estaba completamente asfaltada; su madre, en cambio, prefería este camino provincial, de tierra y ripio, porque era más tranquila y todavía podían verse algunos animales salvajes. Con el tiempo, habían ido menguando: de chico, se había cansado de ver liebres, guanacos, zorros y hasta pumas; de grande, ya en sus viajes con Celeste y Margarita, apenas habían divisado unas vacas pastando aburridas.

Apoyó sin querer el codo izquierdo en el dispositivo de la ventanilla y la fortuna hizo que se activara: bajó la ventanilla. Probó la de la derecha: lo mismo. El aire comenzó a circular por el interior de la camioneta, revitalizando el ambiente. Estanislao sacó el brazo por su ventanilla y continuó manejando así varias horas más.

Seguía rememorando aquellas primeras vacaciones a la cordillera con Celeste: la noticia de que estaba embarazada se la dio caminando por la costanera del centro de Bariloche, a orillas del Nahuel Huapi. Se rió solo, como siempre se reía solo cuando recordaba que su compadre Hilario le había recomendado (mitad en broma, mitad en serio) que aprovechara la volada del destino y le pusiera de nombre a su hijo Edipo o Alejandro, que un chico con un nombre así jamás pasaría desapercibido en ninguna parte. La volada del destino. Fue una nena y decidieron (decidió) ponerle Margarita, en honor de la muchacha del Fausto, el de su tocayo Estanislao del Campo, obra que él se había aprendido de memoria en la primera infancia, de tanto escucharla en los fogones familiares. La volada del destino. Seis meses vivió Margarita, su corazón se fue apagando y se fue despacio de este mundo.

Caía la tarde. Estanislao ya sentía dolores en la espalda y la nuca. Antes, podía manejar horas y horas sin cansarse: se jactaba de despachar el trecho Buenos Aires – Bariloche en once horas y bajar del auto fresco como una lechuga. Ahora, tres horas y media en camioneta y ya se estaba acalambrando.

Había pasado ya Ingeniero Jacobacci, Maquinchao y estaba bastante cerca de Los Menucos. En otra situación, habría seguido sin dudar, aunque fuese hasta la próxima localidad, pero las últimas jornadas de trabajo lo habían dejado exhausto. Pensó en el termo con café y no lo pensó más: disminuyó la velocidad, se fue orillando y detuvo el motor. 

Bajó del vehículo de un salto, buscó su bolso y sacó el termo: se sirvió un café y comenzó a beberlo despacio, paladeando cada sorbo. Casi de inmediato, se sintió embargado de nuevas energías, aunque el aire tibio del último tramo de la tarde operaba justamente el efecto contrario.

Observó displicentemente a su alrededor. En un primer vistazo, cada porción del terreno se parecía a otra, pero luego de una inspección más atenta fue notando leves diferencias, que luego se fueron afianzando. Descubrió, casi frente suyo, unas piedras más grandes que el resto, de aristas limadas, evidentemente de forma artificial. Una mirada más atenta, desde otro ángulo, reveló la existencia de unos pequeños palos empotrados y dañados por el fuego: estaba en presencia de unas pequeñas ruinas. Caminando un poco por los alrededores, se topó con una huella, finísima, sutil, casi invisible, que ascendía serpenteando y se perdía en la estepa.

De repente, le pareció oír un galope. Dio un par de vueltas, intentando orientarse por el sonido, con el café todavía humeante en la taza que sostenía en la mano derecha.

Al fin, dio con la dirección justa de la que provenía el sonido: detrás de la estepa, a su derecha, en la huella que había encontrado recién, apareció la silueta de un jinete.

El sol, casi totalmente horizontal, le pegaba de costado y parecía subrayar con un color anaranjado furioso cada uno de sus movimientos: parecía un solo cuerpo fantástico, un insecto fabuloso. Ya cuando lo tuvo más cerca, advirtió que el marrón claro del sombrero y el verde de su pañuelo y su bombacha de gaucho habían colaborado con esa primera impresión.

El jinete se fue arrimando despacio, el terreno era particularmente accidentado en ese sector pero él parecía apenas reparar en eso. Estanislao pensó, recitó para sus adentros: “Mozo jinetazo, ahijuna...”

El hombre se detuvo a unos tres metros, lo miraba recelando, como si estuviera por lo menos al triple de esa distancia.

Estanislao levantó la mano y dijo:

―Hola ―moviendo apenas los labios lo dijo, emitió un sonido mucho más flojo del que hubiera querido.

―Ave María purísima ―replicó el otro, en tono cansino pero fuerte.

―Sin pecado concebida ―completó Estanislao, en un saludo convencional que no escuchaba y del cual no participaba hacía décadas.

Era un gaucho como los que Estanislao había visto sólo en su infancia, cuando acompañaba a su abuelo al casco viejo de una estancia que luego se vendió o dividió entre los parientes. El hombre se fue arrimando un poco más, se apeó despacio y luego de enganchar las riendas en un arbusto, sacó una tabaquera y comenzó a armarse un cigarro.

Estanislao examinó minuciosamente cada uno de sus movimientos. Cuando el otro terminó la tarea, alargó el brazo.

―¿Gusta?

Hacía años había dejado de fumar Estanislao, sólo había vuelto un tiempo luego de lo de Margarita, pero al tiempo de separarse de Celeste había abandonado definitivamente ese vicio. Pero dada la situación y por no despreciar al desconocido, aceptó. El hombre le convidó fuego y después se armó otro cigarro para sí mismo.

Estanislao tosió después de la primera pitada, el cigarro era oscuro y fuerte. Tomó un trago de café para aclarar la garganta.

―Disculpe, hacía mucho tiempo que no fumaba ―confesó.

Se quedó en silencio, sin saber qué decir, finalmente se le ocurrió ofrecerle café al recién llegado.

Llenó la taza nuevamente y se la alcanzó. El hombre tomó la taza, que no era otra cosa que la tapa misma del termo y, luego de inspeccionar el color y el olor de la bebida, tomó un trago desconfiado. Devolvió la taza de inmediato.

―Está muy dulce ese café, amigo.

Estanislao respondió:

―Es un mocaccino.

Como el hombre continuaba mirándolo sin entender, aclaró:

―Es café con leche y chocolate.

El hombre chistó y siguió fumando, muy tranquilo: estaba como estampado en el paisaje.  Estanislao lo miraba hipnotizado: había recorrido kilómetros y kilómetros de caminos, había construido puentes, edificios, había discutido precios con políticos y privados, sabía usar los dientes para sonreír y para morder, pero este hombre como fuera del tiempo lo tenía completamente desorientado. Sentía, además, una extraña opresión en el pecho, no alcanzaba a descifrar si eso era miedo o desconfianza.

Al fin, el otro rompió el silencio.

―¿Para dónde dice que va, amigo?

Bien, una pregunta sencilla con una respuesta sencilla.

―Voy volviendo a Playas Doradas, estamos haciendo un complejo turístico ahí, un resort hace unos meses.

El otro lo miró extrañado.

―¿A dónde?

Estanislao repitió:

―Playas Doradas: está ahí a unos treinta kilómetros de Sierra Grande, justo en medio entre Las Grutas y la Península de Valdés.

El hombre sacudió la cabeza y volvió a chistar.

―Debe estar errando el nombre o el rumbo, mocito.

Con un gesto tranquilo, hizo un movimiento y apareció facón en su mano derecha, Estanislao no pudo evitar estremecerse, pero el otro comenzó a cortarse prolijamente las uñas de la mano izquierda.

―O las dos cosas ―continuó―. Porque asegún yo lo veo, ahí donde usté dice que están levantando algo, no hay nada, amigazo.

Ahora Estanilao recuperó su entereza: se sintió puesto en duda, atacado, y eso hacía despertar su verdadero ánimo. Tal vez, el gaucho aquel necesitaba una lección de urbanidad y de modernidad, después de todo.

―El lugar está ahí mismo donde le señalé y existe: lo que estamos terminando es un mega resort, un hotel y varias instalaciones adjuntas con servicios de ocio, ubicados en distintos edificios dentro de un mismo predio.

El hombre volvió a chistar, señal de que era un tic característico en él ante cualquier respuesta. Después dijo, tranquilo:

―Será ansina como usté dice, entonces.

Estanislao sintió que el diálogo moría y quería seguir hablando un rato más con ese hombre, le daba pena o remordimiento sentir que había hablado con una soberbia excesiva.

―¿Y usted, para dónde va?

El hombre chistó de nuevo, Estanislao terminó de convencerse de que era un tic nervioso:

―Voy a una fiesta en el campo de los Urrutia, acá a unas leguas más arriba: cordero al asador, baile y taba ―el gaucho suspiró y entrecerró los ojos, como encandilándose ante la visión―. Lindaza va a estar la cosa, nomás.

Estanislao se quedó un rato pensando, en silencio, sacando cuentas: cinco leguas arriba era lo mismo que decir casi veinticinco kilómetros al norte. Recordaba con claridad, sabía perfectamente, por la cantidad de veces que había transitado durante toda su vida por esa ruta, que no había ninguna estancia, ninguna finca en esas latitudes. Lo más cercano era la localidad de Los Menucos, a unos cuarenta kilómetros al este. Además, el nombre de Urrutia no le decía absolutamente nada.

―No recuerdo ninguna estancia por estos lugares, disculpeme.

El hombre señaló vagamente al norte.

―Está ahicito nomás:  ya se ven los fogones y las humaredas.

Ahora el que chistó fue Estanislao, tan rápido que no supo si lo hizo remedando al gaucho o si fue un gesto espontáneo. La conclusión, sin embargo, era evidente: no se veía absolutamente nada, no le creía al hombre, no podía creerle.

a estaríamos viendo los fogones y las humaredas.

Ahora el que chistó fue Estanislao, tan rápido que no supo si lo hizo remedando al gaucho o si fue un gesto espontáneo. La conclusión, sin embargo, era evidente: no le creía al hombre, no podía creerle.

 

 

Un viento extrañamente frío corrió de golpe, justo entre ellos dos. Temblaron a la vez. uno sintió o acaso los dos sintieron como una especie de cortina de tiempo corriéndose, deslizándose entre ellos.

Estanislao lamentó que el GPS de su camioneta se hubiera arruinado y no poder mostrarle al otro hombre que nada figuraba en un radio de cuarenta kilómetros a la redonda, que esa parte de la estepa era como un lagartija muerta y seca, pudriéndose al sol, que no había ninguna estancia de ningún Urrutia ni remotamente cerca y que hace años habían desaparecido de la faz de la tierra los torneos de taba.

Parejamente, entendió que de nada serviría intentar convencerlo de que había sistemas de radionavegación que proporcionaban servicios de posicionamiento y cronometría, y que en el complejo turístico que él mismo había diseñado y construido había un helipuerto, tres piscinas, un casino, canchas de tenis, polo y una conexión de cien megas  de internet.

Jamás se pondrían de acuerdo o siquiera se entenderían.

Ahora chistaron ambos al unísono.

Estanislao tiró lejos lo que quedaba de mocaccino en su taza y tapó el termo. El gaucho terminó de limpiarse las uñas de la mano derecha y guardó su facón.

―Ansina es la cosa, amigazo.

Extendió la mano. Estanislao hizo lo mismo. Se las estrecharon fuerte unos segundos y por un momento parecía como si fuesen transparentes, tal vez nuevamente por efecto de la luz, que ya se arrastraba desde el horizonte hasta ellos.

Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.

―Suerte con el resorte ese que está haciendo, amigazo.

Estanislao sonrió.

―Suerte con el torneo de taba, amigo.

El gaucho desató el caballo, caminó unos metros junto al animal y luego montó con la misma gracia con que se había apeado antes.

Volvió a hacer ese chistido característico, esta vez dirigiéndolo a su caballo y al rato desaparecieron hacia el norte, hundiéndose en la suave penumbra que comenzaba a inundar la estepa.

Estanislao se quedó solo. Durante un segundo, tuvo la increíble sensación de ser el único habitante del mundo. Se sacudió, como desperezándose y volvió a subir a la camioneta. Arrancó, el vehículo se puso en marcha, se subió al camino y comenzó a deslizarse suavemente sobre la ruta de ripio.

Una media hora más tarde, pudo distinguir la localidad de Los Menucos, justo cuando la última luz del sol acariciaba el suelo, antes de hundirse y dejar a esa parte de la Tierra envuelta en una oscuridad desierta y silenciosa.

 

A Sebastián Di Silvestro

 

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“Última luz en Los Menucos” integra el volumen Argentinos a las cosas, de Diego Rodríguez Reis. El libro obtuvo el Segundo Puesto (Mención Especial Única) otorgado por un jurado integrado por Esther Cross, Silvia Hopenhayn y Federico Jeanmaire, en la edición 2024 del Concurso Nacional de Cuento y Poesía “Adolfo Bioy Casares”, organizado por la Municipalidad de Las Flores a través de la Secretaría de Educación.

 

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DIEGO RODRÍGUEZ REIS. Mejor conocido como REIS, es Escritor, Profesor en Lengua y Literatura, y Especialista en Ciencias Sociales con Mención en Lectura, Escritura y Educación. Desde 2010, eligió como lugar de residencia la ciudad de Villa La Angostura. Ha publicado nueve libros de narrativa y poesía. Textos suyos han integrado publicaciones de Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, Estados Unidos, España y Alemania. Ha participado, como autor, co–autor, corrector o editor, en la publicación de más de setenta obras de ficción y no ficción. Se ha desempeñado como jurado en diversos concursos, tales como las convocatorias del Fondo Editorial Rionegrino, la Editora Municipal Bariloche, la Editora Cultural Tierra del Fuego y el Premio Internacional Itaú de Cuento Digital. Formó parte del Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes e integró el Consejo Directivo del Fondo Editorial Neuquino. Dicta Talleres de Escritura Creativa. Co-dirige el sitio La zona (crítica y ficción).

 

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