CUARTA TEMPORADA
Juguete Rabioso: en la primera entrega de este año, un cuento de Diego Reis
Buscaba una idea. Algo tan intangible, insondable, inajenable como una idea. Algo que nadie supiera que yo poseía hasta el instante mismo en que me decidiera a declararlo. Algo que no me pudiera ser arrebatado una vez declarado.
Un par de años atrás (yo todavía trabajaba en la Universidad del Sur) me topé por primera vez con el nombre de Wenceslao Ernándes, nombre y apellido invisible si los hay (de no ser por esa “hache” y esa “ese” intrusas del principio y del final, probable error del registro civil). Podría decir, parafraseando a Oscar Wilde, que es uno de esos nombres hispanoamericanos que uno escucha una vez y olvida para siempre: podría ser uruguayo, mexicano, peruano, argentino, español, chileno, puertorriqueño o boliviano. Este Wenceslao Ernándes en cuestión era argentino, natural de la ciudad de Los Ángeles, en el partido de Chacabuco, en la Provincia de Buenos Aires. Poeta anarquista, surrealista y dadaísta de los años cuarenta, un poco fuera del registro de la época de sus contemporáneos rioplatenses.
Todos estos datos, más o menos ciertos, los supe después. El primer contacto con el nombre lo tuve leyendo una monografía manuscrita de un compañero de la Universidad, llamado Argentino Garay y residente en el país trasandino: el trabajo versaba sobre la poesía simbolista, surrealista y dadaísta en la Argentina y entre los representantes más conspicuos en la región citaba al tal Wenceslao Ernándes, total desconocido para mí en un mar de nombres más o menos conocidos. En una nota al pie de página (que luego sería eliminada por el autor en la versión final del texto) ampliaba la información: “Wenceslao, apodado el grisáceo en su estrecho círculo de conocidos, frecuentó fugazmente el ámbito de los poetas surrealistas en los años cincuenta y no merecería un lugar en este catálogo, de no ser por la publicación del largo poema en décimas octosílabas La misteriosa en varias revistas y folletos del movimiento surrealista”.
La cosa hubiese quedado sepultada en el olvido (en las selvas, los mares y los desiertos de la memoria) si no me hubiese vuelto a topar con ese nombre nombre en un listado de poetas bonaerenses en un documento titulado “La historia de los partidos de la Provincia de Buenos Aires”. Documento es un eufemismo: era antes bien un artículo publicado en un blog sin firma (con una firma de fantasía) donde los diversos giros lingüísticos, sumados a la caótica construcción sintáctico―semántica, indicaban que un invisible redactor había plagiado infinidad de fuentes. En ese listado figuraba el nombre de Wenceslao Ernándes: sus datos de origen eran, efectivamente, la ciudad de Los Ángeles y el día veintitrés de agosto de mil ochocientos noventa y nueve. No se indicaba, sin embargo, fecha de fallecimiento.
Entonces decidí abordar el caso, sin llamar demasiado la atención de mis colegas: mi intención era, desde hacía tiempo, investigar un caso particular, algo interesante (en lo posible, un descubrimiento) y luego publicarlo, con o sin el auspicio de la Universidad. Comencé por consultarlo, discretamente, con el profesor que había publicado el artículo original, mi ex compañero de universidad: Argentino Garay, licenciado en letras, titular de la cátedra de literatura española de la universidad trasandina, homónima de la nuestra. Lo llamé: le pregunté cómo andaba, el desarrollo del programa de la cátedra, los programas de articulación y un par de cosas más que me despertaban un interés totalmente nulo. Como quien no quiere la cosa y antes de que la conversación comenzara a decaer, le pregunté por su monografía: en su momento, me la había pasado para que le hiciera una lectura y sugerencias, lo cual hice perentoriamente. Ahora, meses después de publicado su trabajo, intentaba legitimar, por teléfono, un repentino interés por su obra (lo cual no dejaba de ser rigurosamente cierto). Entre un par de comentarios, dejé caer la observación de la nota del original eliminada de la publicación definitiva. Luego de un silencio notable, me confesó que tuvo problemas con otro profesor.
―¿De la Universidad del Sur? ―pregunté, algo alarmado.
Se rió, una risa extraña.
―Sí, pero no de nuestra Universidad del Sur. De la Universidad del Sur de Chile.
Intercambiamos información más o menos frívola. Me informó, de la nada, que la Universidad del Sur y el Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes organizaban un Congreso en abril, y que una de las mesas está trabajando sobre el tema. Me pareció demasiada casualidad.
Dijo que me podía agregar a la lista de investigadores disertantes invitados: acepté sin pensar, recuerdo eso que dijo o escribió alguien, que las respuestas apresuradas son siempre “sí”.
Concertamos un encuentro previo al Congreso.
Me fui haciendo a la idea de viajar, una de las acciones de las que he huido toda mi vida.
2.
Me tomo el Andesmar a la siesta, no hay una sola alma en toda la terminal, sólo gente en tránsito sobre el micro, que viene desde Buenos Aires. Me llevo para leer (seguir leyendo) dos libros: Historias secretas del delito y la ley, una obra de varios autores publicada por la Universidad Nacional del Comahue a mediados de la década del dos mil; y una Historia del partido de Gral. Las Heras, un libro inaudito que encontré en una mesa de saldos. Textos para dormir, quiero dormir en el viaje, lo antes posible.
El pasaje entre las aduanas es tortuoso.
Tomo notas mentales en la ida, para luego transcribirlas en mi diario:
Simbólicamente (y sobre todo, literalmente) qué cosa más incómoda, inconveniente y superflua es una frontera.
Dicen los choferes (los escucho, todos en el micro los escuchamos) que tienen “Diez días de viaje por cinco días de descanso”.
De su diálogo (que es continuo, apasionado, versátil y del todo insignificante) extraigo sus nombres: los choferes son Gastón Gutiérres, de Valparaíso, y Ramón González; el nombre del asistente es extraordinario: Elvis Vega.
Un cartel anuncia: “Al ascender, utilice 3 puntos de apoyo” , es un extraordinario consejo, útil para todos los aspectos de la vida.
No soy escritor, soy profesor, investigador. No me sale crear, no me sale faltar a la verdad, a los datos verídicos, verificados. Se me ocurren pedazos de cosas, que fenecen cuando quieren pararse en dos patas y caminar, pero mi alma positivista las discute, las razona, expone su inverosimilitud en este universo y las aniquila.
Se me ocurre un argumento, hasta le pongo título: “Colectivo”.
Un micro de larga distancia sale de una estación, lleno de pasajeros. Pero en el camino, la policía (o servicios de la policía) van parando el micro y bajando gente. El leit motiv, el santo y seña, canciones románticas, cursis (Armando Manzanero, Luis Miguel, Michael Bolton), por los parlantes del colectivo, cuando bajan a un tipo, una mujer, toda una familia. Al llegar a destino, sólo queda un pasajero, distinguido, muy elegante. ¿Cómo fue el viaje?, le pregunta la persona que lo espera en la terminal. Bien, dice el hombre, tranquilo. Y al rato, agrega: A veces, la música estaba demasiado fuerte.
Algo le falta, sin embargo, a ese argumento: carne, sustancia. Un profesor del único taller de escritura que abordé, de cuyo nombre no puedo acordarme, me reclamaba que a mis cuentos les faltaba eso: “les falta tripa”, me decía. Y me decía otra cosa, inolvidable, que esos relatos eran demasiado universales, eran puro argumento, desprovistos de escenarios y personajes Me repetía, como un mantra: “vos tenés que agregarle argentinos a las cosas”. Ese fue el principio y el fin de mis aventuras literarias creativas.
Me duermo, sueño confuso: nunca puedo recordar con claridad mis sueños. Me despierto en la terminal de Temuco, son las tres de la madrugada. Bajo, llevo sólo equipaje de mano:todas mis pertenencias cabrían en un bolso, siempre que pienso en eso me da una felicidad y una tristeza increíbles.
No hay taxis, no hay autos, el micro del cual he descendido sigue su raíd rumbo a su destino definitivo, Santiago. Soy, una vez más, el único ser en la dársena. Llovizna copiosamente en Temuco, no puedo ver más allá de los cincuenta metros: Temuco parece un cuadro impresionista pintado por un artista gótico.
Adentro, el panorama no parece muy distinto. Muchas luces, una música de la cual no logro identificar la procedencia ni el género: es como una ranchera rapeada, sincopada. Busco información en los carteles, busco la palabra “Universidad” en algún lugar, la palabra a la que homologo siempre el concepto de salvación: he deambulado de universidad en universidad, escapando del horrendo y tenebroso exterior.
Ahora estoy doblemente en el exterior, descubro.
No encuentra la palabra buscada, la bendita palabra. Encuentro, en cambio, estas palabras asombrosas en un cartel: “Los ángeles chillan”. Me parece una información tan fantástica como desubicada, desplazada.
No logro que la luz se abra paso en mi mente, no hay interpretación posible que me tranquilice. Lo único que logro representarme es una imagen nítida de eso: ángeles chillando, como cuervos o teros histéricos, agitando los brazos o las alas, avanzando genuflexos, cacareando, poniendo huevos, encarando nerviosos y picoteando a los extraños.
Me quedo un rato eterno parado ahí.
3.
Cuando por fin estoy en el hotel, y luego de un poco de sueño y una ducha caliente, bajo y le cuento mis últimas novedades a mi colega trasandino, Argentino Garay, comprendo todo: Los Ángeles y Chillán (ambas palabras con sus sendas y oportunas tildes) son dos localidades de la zona central de Chile, y el cartel que en un principio me hizo alucinar no era sino la pedestre información con los dos puntos terminales del recorrido de un micro, o bus, como llaman de este lado de la cordillera. Todo esto lo fui escuchando y conociendo entre las carcajadas de Argentino Garay.
En el comedor del hotel Los mármoles adquirí sólo la información precisa y necesaria acerca del Congreso al que había sido convidado.
Quiénes me invitaron: la revista Ars longa, la Universidad del Sur y el Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes, en ese orden.
Quiénes integran la revista Ars longa: el director Marcus Der―Graue, el vicedirector Omar Seguel, la secretaria Jeanette Arreola del Campo y el coordinador general mi colega Argentino Garay, amén de una cantidad indiscriminada de vocales, que serían unos quince o veinte y cuyos nombres no me molesté en consignar.
La prioridad actual del director, el benemérito Marcus Der―Graue y de la Comisión Directiva, era la de la recuperación de las obras patrimoniales de autores de la primera mitad del siglo veinte que pertenecieran a la comunidad argentino―chilena. Todo eso: actualmente, la totalidad de las fuerzas y voluntades estaban orientadas hacia la obra de Wenceslao Ernándes, apodado el grisáceo.
Las reuniones del Congreso tendrían coordenadas oficiales en el auditorio principal de la Universidad del Sur y extraoficiales en el fundo de nuestro benefactor, el filántropo Marcus Der―Graue.
De entre mis notas de esos días, rescato algunas:
―Universidad del Sur. Facultad de Educación, Ciencias Sociales y Humanidades: Docendo discimus. El lema de la Universidad es una frase de Séneca, un estoico.
―el discurso de Omar Seguel, el vicedirector es de orden oriental, desaforado, miliunanochesco: le pido mil disculpas, le agradezco infinitamente, se lo juro para siempre.
―la escritura continuamente definida como “espacio de lucha”, de “resistencia”, de “conflicto”.
―“hice esta letra”, dice alguien.
―“donde uno está, está escribiendo”, dice, luminoso, otro.
―“para trabajar con el lenguaje tiene que haber texto, nosotros estamos todavía resistiendo con el soporte papel”.
En la primera noche, en la finca de don Marcus, se habla del inminente nuevo número de la revista Ars longa, que llevará un dossier (separata, dicen ellos) sobre Wenceslao Ernándes, en el que dan por descontado que incluirán un ensayo sobre sus orígenes, que dan por descontado que yo escribiré.
Una mujer irrumpe en la sala y, provista de una guitarra, interpreta unas canciones de Violeta Parra. Si Borges escribió que todo aquél que repite una línea de Shakespeare, es Shakespeare, yo digo que toda cantora que canta una canción de Violeta Parra, es (en ese instante alucinado) Violeta Parra.
Cae la primera noche, todos están (estamos) levemente ebrios.
El vicedirector Seguel no se le despega (le habla casi encaramándosele encima) a la secretaria Jeanette. Argentino Garay bebe a discreción un vino de Mendoza del que aparentemente hay canilla libre. Don Marcus asiente todo lo que su séquito de vocales le propone, desde mi ubicación junto a la biblioteca no alcanzo a distinguir palabra alguna.
En los umbrales de la madrugada, me despido del alegre grupo, llevándome bajo el brazo unos volúmenes que he solicitado a nuestro anfitrión.
Imagen 5: Biblioteca antigua
Joaquín Díaz Garcés en su biblioteca, hacia 1900. Fuente: Joaquín Diaz Garcés : (Angel Pino) : su vida y su obra : (1878-1921) / E. Evangeline Mundy. Santiago : El Mercurio , 1995.
4.
En qué instante me dí cuenta de que todo, o casi todo, era una farsa, no podría determinarlo. Tal vez no fue una circunstancia instantánea: tal vez fue un proceso, algo gradual, la suma de todos esos pormenores que mi siempre atribulada psique se encargó de teñir o titular como sospechosos.
Cada jornada parecía una copia o una parodia de las anteriores: el vicedirector Seguel acorralando a la secretaria Jeanette, la cual no parecía ofrecer ya la mínima resistencia; los vocales salvajes le pedían dinero a don Marcus, que firmaba cheques y autorizaciones casi sin prestar atención; mi lamentable amigo Argentino Garay se encargaba de saquear disciplinadamente la bodega de nuestro benefactor y en cierta ocasión lo ví llevarse al bolsillo unos cubiertos de plata. Cada noche, sin embargo, me llevaba nuevo material, a los fines de mi investigación. Y cada noche se me recordaba oportunamente que esperaban mi trabajo sobre Wenceslao el grisáceo Ernándes.
La noche postrera, previa al cierre del congreso, en el cual yo leería mi trabajo, me dejé llevar una vez más al fundo de don Marcus y cuando todas la escena estuvo bien regada del suficiente alcohol, les compartí el resultado lo que había sacado en limpio de mis humildes pesquisas.
Les informé que había vuelto a estudiar, minuciosamente, el exiguo material contundente que existía sobre Wenceslao Ernándes. Primero, había releído la monografía de mi colega en la Argentina, el que había mencionado y luego extirpado el nombre de Wenceslao Ernándes en una nota al pie de página. Les informé el nombre de mi colega: César Augusto Arreola. Les comenté que había vuelto a estudiar el trabajo expuesto en el blog de “La historia de los partidos de la Provincia de Buenos Aires”, donde se daban los datos de origen del poeta grisáceo. Les señalé el nombre de fantasía que llevaba como firma el documento: Galo Mursee. Más aún, les conté que había leído un antiguo número de la revista del Quinto Aniversario de la Universidad del Sur y había encontrado un largo poema de décimas octosilábicas en francés, titulado Le mystérieux y firmado por un tal Marc Grisâtre.
Todo el plan estaba a la vista, como si alguien hubiese deseado que fuera descubierto. Mi colega César Augusto Arreola evidentemente guardaba algún parentesco con la secretaria Jeanette Arreola del Campo: tal vez haya percibido unos pesos para introducir la mención del tal Wenceslao en una nota al pie de página y a la primera observación (mía, precisamente) decidió desertar del proyecto. El autor del documento del blog, el mentado Galo Mursee no era otro que Omar Seguel: los nombres eran límpidos anagramas uno de otro. Y finalmente, el problema mayor: la inexistencia total de Wenceslao el grisáceo Ernándes, en tanto individuo. Aunque no en tanto entelequia: existía como autor del poema en español La misteriosa, burda traducción del poema en francés Le mystérieux, sólo que el autor de ambos poemas eran el mismo. Marc Grisâtre era Wenceslao el grisáceo Ernándes. Más aún: eran el mismísimo Marcus Der―Graue, allí presente en su propio salón. El grisáceo, Grisâtre y Der―Graue: la misma palabra, el mismo concepto en tres lenguajes distintos.
El trasfondo del plan fue menos abstruso: sencillamente me encargué de tomar de la vasta biblioteca de mi anfitrión aquellos que me parecieron los libros más consultados: el Speculum majus (fundamentalmente el Speculum historiale), de Vincent Beauvis; las Vies imaginaires, de Marcel Schwob; y Ficciones, de Jorge Luis Borges (en especial, el relato “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”). Los tres textos postulan el falseamiento de la historia, la sutil alteración de aquello que denominamos realidad mediante elementos de ficción.
El filántropo Marcus Der―Graue estaba en la ruina o en sus umbrales, cosa que poco le interesaba. Los fondos que la Universidad (los amigos de la Universidad) proveían al Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades y a la revista dependían directamente de sus investigaciones. Marcus Der―Graue, alias Marc Grisâtre, alias Wenceslao el grisáceo Ernándes, escritor fracasado, quería inscribir su nombre en el canon de las letras. Impedido por sus contemporáneos de hacerlo en el presente o en el futuro, decidió ejecutarlo en el pasado: el plan, la obra maestra de una sociedad secreta dirigida por este oscuro hombre de genio, era inventar un autor, plantarlo en la historia y exhumar cada tanto, huellas de su existencia de las profundidades del tiempo.
Ceremonioso, me despedí de los congresales, ante su silencio ominoso o triste.
Esa misma madrugada, tomé el micro de vuelta y abandoné el país vecino. No me consta que el plan de la inserción en la historia del poeta grisáceo haya tenido éxito, ni tampoco lo contrario.
5.
Empiezo a rememorar aquel viaje, las razones y las consecuencias de ese viaje espeluznante. No es necesario rememorar todo, sin embargo.
Pienso en cuál era su esperanza en mi actuación: entiendo que necesitaban un testigo, ajeno a su núcleo duro que certificara sus postulados y descubrimientos; entiendo que mi condición de forastero y mejor aún, de argentino, legitimaría desaforadamente esos descubrimientos y postulados. Un argentino, borgeano hasta la médula, el único individuo susceptible de caer en un red de esta singular especie; pero también el único capaz de desentrañarla y desenmascarar la farsa. Le pusieron un argentino a las cosas: un arma de doble filo.
Ya no hago caso de las invitaciones: sigo revisando mi diario en los quietos días de mi quieta vida, buscando novedades en mis recuerdos. En mi diario se amontonan datos, apuntes y descripciones: escenas reales o pergeñadas por mi imaginación, diálogos verídicos o platónicos, en ciertos pasajes no termino de distinguir cuáles pertenecen a qué especie.
La historia de mi vida: la autobiografía, el ensayo y la ficción, la historia y la poesía, todos los discursos, en el mismo lodo, todos manoseados.
El autor
DIEGO RODRÍGUEZ REIS. Escritor. Profesor en Lengua y Literatura. Especialista en Ciencias Sociales con mención en Lectura, Escritura y Educación. Ha sido becado en Narrativa por la Fundación Antorchas y por el Fondo Nacional de las Artes. Ha publicado diez volúmenes de poesía y narrativa. Textos suyos han integrado publicaciones impresas y digitales de Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, Estados Unidos, España y Alemania. Ha participado, como autor, co–autor, corrector o editor, en la publicación de más de setenta obras de ficción y no ficción; y se ha desempeñado como jurado en diversos concursos, nacionales e internacionales. Formó parte del Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes e integró el Consejo Directivo del Fondo Editorial Neuquino. Dicta Talleres de Escritura Creativa. Co-dirige el sitio La zona (crítica y ficción).
Argentinos a las cosas obtuvo el Segundo Puesto (Mención Especial Única) en la edición 2024 del Concurso Nacional de Cuento y Poesía “Adolfo Bioy Casares”, organizado por la Municipalidad de Las Flores a través de la Secretaría de Educación, cuyo Jurado estuvo integrado por Esther Cross, Silvia Hopenhayn y Federico Jeanmaire.