2026-02-07

JUGUETE RABIOSO /CUARTA TEMPORADA

Hoy compartimos: " Escuela Técnica", de Sebastián González

ntre aulas sin control, talleres hostiles y docentes convertidos en figuras grotescas, el narrador recompone un archivo íntimo de la adolescencia masculina. Un texto incómodo y crudo que expone cómo la violencia física, sexual y simbólica moldeó una experiencia escolar marcada por el miedo y la excitación colectiva.

En las horas libres, a veces nos quedábamos solos en el aula, sin que ningún preceptor se acercara a constatar que aún estuviéramos con vida.

Entonces la diversión era que alguien gritara “al que se mueve le damos”. En ese momento, todos tratábamos de quedarnos inmóviles; ni siquiera respirábamos. Bastaba que alguien dijera un nombre cualquiera (no importaba si efectivamente esa persona se había movido) para que todos corriéramos en esa dirección y comenzáramos a pegarle a la persona en cuestión. Era con el puño cerrado y a las patadas; también golpes con el tablero y los portaláminas de plástico duro.

Apuntábamos principalmente a la cabeza y a la espalda.

Ese día alguien gritó “¡Carvallo!”, y a Carvallo no se le ocurrió mejor idea que quedarse sentado y bajar la mitad de su cuerpo sobre el pupitre, con ambas manos intentando cubrir la parte posterior de su cabeza.

La golpiza fue una ráfaga, dentro de la cual el pobre Carvallo no ofreció ningún tipo de resistencia.

Cuando terminamos de pegarle su cuerpo aún temblaba y se estremecía de dolor. Todos nos quedamos mirándolo, jadeando, aún presos de una excitación que se iba apagando de a poco. Entonces, algo sofocado por el cuerpo que aún permanecía sobre el banco, comenzó a escucharse un gemido tenue, un lamento continuo que se extendió por el aula durante varios segundos. 

 

*

Entré al baño y los de cuarto estaban apoyados en los mingitorios, fumando y tomando licor de una petaca. A primera vista noté que faltaban algunos inodoros, puertas y espejos, y que algunos sectores del piso estaban cubiertos por pedazos de cerámica, madera y vidrio.

El más alto fumaba y me miraba fijo. Le sostuve la mirada durante algunos segundos mientras escuchaba las risas y los comentarios de los pibes que lo franqueaban a ambos lados.

Algo goteaba.

El caño que conectaba el inodoro, una canilla, alguien haciendo algo allá en el fondo… De repente todo se oscureció y escuché la puerta de chapa cerrándose de golpe, otras voces. Creo haber hecho una maniobra extraña, incomprensible, y que volví a salir rápidamente, sin haber meado.

 

*

El narigón Álvarez se para en el pasillo y hace un baile ridículo en medio del aula en la clase del viejo Guerra. El viejo se caga de risa, se divierte.

Es una imagen nítida, concisa, está fijada claramente en mi memoria.

Ahora, más de treinta años después, postulo que la fijación que tenía el viejo con querer humillar alumnos como única satisfacción del deseo tenía que ver con el goce que le producían los diferentes ejercicios en los que intervenía su ano. ¿Porqué no? Todavía puedo verlo con ese cuadernito que llevaba para todos lados y en donde tenía anotada toda su formación pedagógica. Se sentaba y dictaba siempre lo mismo: los mismos ejercicios, los mismos ejemplos, las mismas acotaciones, las mismas fechas de examen… Y así durante años.

Lo imagino llegando a su casa y pidiéndole a su esposa que le haga determinadas cosas: que le apriete los testículos, por ejemplo, o que ponga pinzas en sus pezones, alguna cachetada en pleno rostro, insultos.

 

* 

El gordo Trofa siempre llevaba arremangado el guardapolvo de taller, aún en pleno invierno (nunca nadie lo vio usar un abrigo). Casi no se reía y siempre tenía el mismo aspecto, con una barba de un largo específico que parecía ser eterno. Respiraba con mucha dificultad y siempre te contestaba mal.

El primer día de clases me llamó a un lado y me dijo: González, andá al depósito y traeme la Stillson.

Yo me lo imaginaba yéndose cada tanto de putas, llevando adelante un intercambio monetario que lo tenía sin cuidado (que se arrodillen en frente de uno y por un rato someter).

Aún puedo verlo tirando las cenizas del cigarrillo desde la ventana de un segundo piso, domesticando pendejos asustados.

           

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A Cuello le decían “manojo de pijas”, porque tenía los dedos gordos, turgentes, realmente llamativos.

Enseñaba Motores.

El viejo contaba chistes y no se tomaba nada en serio.

La secuencia es así: hay un motor de tractor y él nombra cada parte, explica su funcionamiento. Después se va del aula por un par de horas y deja a alguien a cargo para que tome lección al resto de los alumnos, a ver cuántos elementos se acuerda cada uno. 

De Cuello me acuerdo eso, entonces: chistes, ambiente relajado, dedos como poronga.

 

*

Había muy pocas mujeres.

Llamaba la atención una pelirroja que también había entrado ese año a primero: tenía el pelo largo, con rulos; hasta el tosco guardapolvo de grafa azul le quedaba bien.

En los recreos no paraban de hablarle, de acosarla.

Enrique Casino, un compañero mío de aquel entonces, sacó su pene y comenzó a masturbarse junto a ella, en plena clase. Esto fue motivo de burla y de festejo, una anécdota que se extendió rápidamente por todo el colegio y se mantuvo vigente durante muchos años.

 

 

*

El de Educación Cívica era un viejo petiso con cara de ojete. El apellido era Fucci; un abogado mediocre, seguramente con muy pocos clientes. Entraba al aula y nos insultaba, gritaba, se hacía el gracioso.

Se sentaba y dictaba: durante las dos horas de clase sólo hacía eso. Tenía el rostro pálido y olía mal.

Puedo ver todavía el saco marrón a cuadros y el maletín, la comisura de los labios llena de una saliva bien blanca.

Quién sabe qué haría ese pobre tipo en sus momentos de intimidad.

 

*

El que daba Física en cuarto tenía una calesita en la plaza. Con él me copié y se dio cuenta y me hizo pasar vergüenza en frente de toda la clase. No entendí nada ese año.

Creo que el apellido era Ballesteros. Tenía cara de mono.

Íbamos a la plaza y nos divertíamos mirando cómo interactuaba con la gente, de que manera brusca y ofensiva atendía a todo el mundo.

 

*

 

El de Hojalatería era un petiso morocho, fiero, con muy poca paciencia. Hicimos un farol y una budinera; al que quisiera le regalaba un par de estrellitas ninja bien afiladas.

Me aprendí de memoria la tabla de equivalencias de centímetros a pulgadas y me tomó lección en voz alta, a los gritos, en medio de la clase. Estábamos en un galpón enorme, en un aula improvisada junto al patio. Fue la primera materia del taller y supe que el resentimiento era un recurso válido.

Recuerdo las ganas de relacionarme con mujeres y del poco margen que había para todo ese deseo. Mucho pensamiento mágico y autosatisfacción.

 

*

Fue el año del mundial de Estados Unidos, en el ´94. Nos estábamos cocinando en el aula de Fundición, derritiendo aluminio a quién sabe qué temperatura.

Estaban Casino, Sepúlveda y alguien más.

Teníamos la radio prendida; jugaba México contra otro equipo.

El aula era un depósito en un extremo del patio. Por la ventana se veían los pibes en el recreo: en grupos, charlando, moviéndose lentamente.

Retengo la imagen: un líquido espeso y luminoso cayendo humeante dentro de un molde de arena prensada.

 

*

En Educación Física teníamos al colorado Cabral. Fumaba un pucho atrás de otro y tenía un Citroen naranja destruido.

En la primera imagen que me viene a la mente destaca un grupo de pibes detrás de unos de los arcos de la cancha del Patronato, zamarreando su auto para todos lados (con Cabral adentro).

Desbordo por la izquierda y quiero tirar un centro, pero me sale combado y se mete por el segundo palo; en otro momento me pegan una patada y alguien grita: González, no te tirés

Otra secuencia: en medio de un partido frena una camioneta y un tipo se baja a los gritos. Es el viejo de Pompei; lo insulta y lo amenaza, le pega, lo hace buscar sus cosas y lo obliga a subirse al vehículo.

Después se van y seguimos jugando.

 

*

El petiso Notari se para sobre su propio banco y tira patadas para todos lados, buscando que la horda de vírgenes alienados que quiere pegarle retroceda un poco.

Todos nos reímos.

Garrido, D´Allesandro, Martínez, Carrillo, Pompei, Sánchez, Pagliacci, Sandoval, Verdecchia… Los distingo en un friso móvil, inestable, una gramática realmente compleja.

 

 

SEBASTIÁN GONZÁLEZ. (Escritor / Músico / Editor). Ha publicado, entre otros: inclinación corporal (2012), Chico Vudú (2016), Spaghetti Western (2017), Yashin (2018) y Galope (2022). En Antologías: Desorbitados (FNA, 2009); Poesía/Río Negro, Vol. II (FER, 2015); 53/70, poesía argentina del Siglo XXI (EMR, 2015) y Patagonia Literaria VI: Antología de poesía del sur argentino (INOLAS, Alemania, 2019). Ha participado en muestras colectivas plásticas y de video-arte en el MMBA de Gral. Roca (Fiske Menuco) e integra el colectivo interdisciplinario #Desfase (Pérez/González/Ojeda). Actualmente co-dirige, junto a Cecilia Pérez, la editorial Paquidermo, con sede en Neuquén capital.

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