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“La versión más tonta de las cosas” (Penúltima Entrega). Por Diego Reis

05/11/2022
“La versión más tonta de las cosas” (Penúltima Entrega). Por Diego Reis

Hay, sin embargo, otra versión, preliminar, más pobre que las dos proyectadas. Es la versión original: la historia de una de mis tías (por parte de mi padre) que huyó de la casa familiar en Bariloche y se fugó con un alemán, para mudarse a un departamento en la calle Suiza. Mi abuela Raquel insiste (a veces) en que se fugaron a Colonia Suiza. Sin embargo, es la única de la familia que sostiene esa versión: o bien la edad le hace confundir la calle Suiza con Colonia Suiza, merced a un episodio que involucra fugazmente a los protagonistas del relato; o bien es la única que siguió rastreando la historia en su etapa ulterior (esto es lo menos probable).

La cosa es así. A mediados de la década del setenta (digamos, ilustrativamente, paradigmáticamente, mil novecientos setenta y seis, el año del último golpe militar) mis abuelos, recién casados, emigran desde Vicente López, al norte de la ciudad de Buenos Aires, hacia el sur del país, a la Patagonia. Específicamente, a la zona cordillerana, a San Carlos de Bariloche.

En Vicente López, mi abuelo, Jacob Blatter, era colectivero (de la línea trescientos treinta y tres, a estación San Isidro, nunca se cansaba de repetirlo). En la cordillera, se encontró con un panorama muy distinto, por no decir diametralmente opuesto. Bariloche tendría por entonces poco más de treinta y cinco mil habitantes: toda su industria giraba alrededor del turismo. Mi abuelo vende todo lo que tiene y le compra un colectivo Bedford del sesenta y dos a una empresa de Rosario que los había dado de baja, porque la ordenanza municipal rosarina no permitía la circulación de coches que superaran los diez años de antigüedad. Con ese Bedford, mi abuelo Jacob comienza a vender viajes y excursiones a turistas recién llegados a Bariloche

Ese primer año (en realidad, en los primeros tres meses) recupera la inversión del colectivo y empieza a ganar mucha plata: la necesita, tiene cinco hijos. De esa prole, tres son varones y dos son mujeres. El mayor de ellos, es mi padre, Rubén. La menor, Dina, es la protagonista de esta versión de la historia: la historia original.

En el setenta y siete (es decir, un año después) mi abuelo ya se encuentra totalmente instalado en la cordillera. Es (parece) un barilochense más: no quedan rastros de Buenos Aires en su discurso, ni en el contenido ni en el acento. Los turistas que lleva de viaje o excursión pueden jurar tranquilamente que Jacob Blatter es un tipo nacido y criado en la cordillera, aunque la realidad es que más de la mitad de los datos históricos y topográficos que introduce en los relatos que pergeña para entretenerlos son bastante apócrifos.

En una de esas excursiones (no eran como ahora, excursiones programadas, sino que eran fruto de estar en la calle, en el lugar y el momento justos), mi abuelo debe ir a buscar al grupo folklórico Los fronterizos a Colonia Suiza y llevarlos hasta el aeropuerto de Bariloche. Aquí, creo, radica la confusión de mi abuela Raquel. Y aquí está el origen de la historia, la doble historia que gestó las otras dos versiones del relato.

Esa semana, mi abuelo tiene la rara fortuna de oficiar de chofer del cantante de tango Edmundo Rivero, que está de paso por la cordillera. Todo parace indicar que la carrera de Rivero declina: en Bariloche toca y canta en toda clase de piringundines. Luego del último show, mi abuelo lo lleva a la hostería donde se aloja, por la ruta ochenta y dos, en el camino de Virgen de las Nieves. Allí, se encuentra con un colega, a quien oportunamente se le ha descompuesto el colectivo, por lo que le cede a mi abuelo el trabajo de ir a buscar a Los Fronterizos a Colonia Suiza. Rivero, que está escuchando, se entusiasma con la idea y pide que lo lleve a él también. Mi abuelo acepta.

Al otro día, entonces, parten rumbo a Colonia Suiza mi abuelo Jacob Blatter y Edmundo Rivero. Pero hay una persona más en ese viaje: mi tía Dina, que por entonces se cuela en todas las excursiones posibles, sobre todo en aquellas que la llevan lejos de Bariloche y del resto de la familia. Solo se lleva bien con mi abuelo, que la consiente absolutamente en todo, según los dichos de mi abuela Raquel y de Rubén, mi padre.

Unas palabras sobre Colonia Suiza. Colonia Suiza es una localidad del departamento de Bariloche, en la provincia argentina de Río Negro. Está ubicada al pie del cerro López, más o menos a unos veinticinco kilómetros de la ciudad de San Carlos de Bariloche. Fue el primer asentamiento de inmigrantes suizos de la Patagonia: a fines del siglo diecinueve, llegó un contingente de familias provenientes del cantón de Valais. Los apellidos de esas familias: Cretton, Felley, Fotthoff, Goye, Jackard, Lojda, Mermoud, Neu. Mi abuelo, Jacob Blatter, provenía de otro contingente suizo, aunque también originario del cantón de Valais: su bisabuelo era uno de los quinientos treinta inmigrantes que arribaron en mil ochocientos cincuenta y siete a las costas del río Uruguay, en la Mesopotamia argentina. Vuelvo a la Colonia Suiza cordillerana. Entre mil novecientos tres y mil novecientos once obtuvieron, gracias a la concesión de la tierra por parte del estado, la ratificación de sus ocupaciones. Los colonos suizos se dedicaron al principio a actividades agrícola-ganaderas (era la época de la furiosa postulación del modelo agroexportador de la Argentina) y después a la producción frutal, dadas las amables condiciones climáticas de la zona. Luego, a partir de mil novecientos treinta, tal vez debido a la crisis económica del modelo agroexportador por la gran depresión, la colonia comienza a volcarse a la explotación forestal, con la inauguración del aserradero “Goye & Fant”. El aserradero cierra en mil novecientos setenta y cinco (un año antes de la llegada de mi abuelo Jacob a la cordillera). Una serie de eventos comienzan a estancar la economía del poblado: el circuito chico turístico deja de pasar por el núcleo urbano de la colonia, empiezan a llegar a Bariloche (y a la Argentina) productos manufacturados a precios más bajos, surgen limitaciones a la explotación del bosque. El resurgimiento estuvo asociado directamente con el turismo. Aquí vuelve a entrar en escena mi abuelo, quien solía incluir a Colonia Suiza en sus excursiones: desde allí, trasladaba a los turistas a las picadas que llevaban a los refugios del cerro López, Laguna Negra y Jakob (él les contaba, en broma aunque impertérrito, que había descubierto la laguna homónima y que allá en los cincuenta había construido con piedra y madera el refugio original, que por eso llevaba su nombre; cosa totalmente falsa, ya que por esa época era colectivero en Vicente López).

Vuelvo a la historia de Rivero y Los Fronterizos. Mi abuelo llega a Colonia Suiza al mediodía, con Edmundo Rivero y mi tía Dina. Los Fronterizos están parando en una gran cabaña, cerca del lago Moreno: para el almuerzo, les están preparando un curanto, la especialidad de la colonia. Los recién llegados son invitados a comer. Edmundo Rivero y Los Fronterizos se sientan a conversar, vino mediante.

Unas palabras sobre Los Fronterizos. Los Fronterizos es un conjunto folklórico argentino, que vio la luz en el año mil novecientos cincuenta y tres, en la ciudad de Salta, en el norte del país. La formación original del conjunto fue en formato trío: Gerardo López (que por su tono característico sería llamado “la voz de Los Fronterizos”), Carlos Barbarán y Emilio Solá. Este último se separaría del grupo al año siguiente y sería reemplazado por Cacho Valdéz, quien a su vez sería luego reemplazado por Eduardo Madeo, quien quedaría definitivamente integrado al grupo. Asimismo, se sumaría el guitarrista Juan Carlos Moreno. Este cuarteto fue el que grabó los primeros simples de Los Fronterizos. En mil novecientos cincuenta y seis, Barbarán deja el grupo y su lugar es ocupado por el cantante, compositor y arreglador César Isella. A partir de entonces, sus discos comienzan a alcanzar récords de ventas, merced a tanto sus notables voces como a sus inéditos arreglos musicales. En mil novecientos sesenta y cuatro graban la célebre Misa criolla del músico y compositor santafesino Ariel Ramírez, gracias a lo cual se consagran internacionalmente, transformándose en conspicuos abanderados de lo que dentro del ambiente de la música popular argentina se dio en llamar “La nueva canción”, movimiento de fuerte filiación popular y política. En mil novecientos sesenta y seis, César Isella abandona el grupo (debido a tensiones de las diferentes ideologías políticas de los integrantes del cuarteto) y es sustituido por Eduardo Yayo Quesada. El conjunto conocerá, a lo largo de los años, muchas formaciones y numerosos vaivenes de diversos órdenes: idas y vueltas, juicios y veredictos, peleas y reconciliaciones. Pero esta formación (López, Madeo, Moreno y Quesada, que persistiría hasta el año mil novecientos setenta y siete) es la que protagoniza la presente versión de la historia.

Vuelvo a la escena. Edmundo Rivero y Los Fronterizos están tomando un vino, hablando de bueyes perdidos. Son músicos: de algún lugar surge lógicamente una guitarra y se arma un concierto improvisado. Los temas que tocan y cantan pertenecen al cancionero popular argentino, pasan del tango al folklore, pasan de la milonga a la vidala y aun al valsecito criollo. Todos los presentes atestiguan extasiados el espectáculo, entre ellos mi abuelo Jacob y su hija (mi tía) Dina. Nadie registra el episodio, salvo un individuo: Lázaro Siquem, asistente del por entonces ingeniero de sonido de Los Fronterizos, que hace además las veces de fotógrafo, agente de prensa y plomo del cuarteto. El tal Lázaro, registra ordinaria y clandestinamente el recital. La cosa termina y luego todos comparten el clásico curanto de Colonia Suiza, todos más o menos borrachos y felices. Después del curanto, mi abuelo lleva a todos al aeropuerto de Bariloche, donde parten de vuelta a la Capital. Todos, excepto Lázaro Siquem, que ha decidido repentinamente quedarse en la cordillera. La razón, una sola y poderosa: mi tía Dina.

(Continuará)

 

* “La versión más tonta de las cosas” forma parte del libro LA FORMA DEL AMOR, que obtuvo el Tercer Premio en la Categoría “Cuento” en la edición 2021 del clásico concurso del FONDO NACIONAL DE LAS ARTES. Este año, fue publicado en la colección de Narrativa SUR DEL MUNDO de EDICIONES ESPACIO HUDSON.

* DIEGO RODRÍGUEZ REIS (Ciudad de Buenos Aires, 1979) es Escritor, Editor – corrector, Profesor en Lengua y Literatura y Coordinador de talleres de escritura creativa. Ha publicado varios libros de poesía y narrativa. Textos suyos han integrado publicaciones de Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, España y Alemania. Desde 2010, vive en Villa La Angostura, donde integra el grupo literario ALAMBERSE.

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