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JUGUETE RABIOSO

Hoy compartimos “Veinticuatro barras verdes” de Martín Davico

En una de las tres últimas entregas de la sección que cura Diego Reís, hoy un cuento del corrector  lingüístico en inglés y español especializado en videojuegos, nacido en Bariloche y residente en La Plata.
16/04/2023
Hoy compartimos “Veinticuatro barras verdes” de Martín Davico

VEINTICUATRO BARRAS VERDES / Por Martín Davico *

 

Después de un fin de semana largo, cuando estaba en cuarto o quinto grado, yendo a la escuela las vi por primera vez. Veinticuatro gloriosas barras de metal pintadas de verde, una después de la otra, espaciadas en intervalos perfectos. Por supuesto, la señora que vivía ahí las había puesto para que los pibes que pasaban no se le subieran al pasto, sentimiento que, de grande, ahora entiendo y, me duele admitir, comparto; pero para mi pequeño yo de aquel entonces esto no era nada más ni nada menos que el comienzo de algo hermoso.

Cada día buscaba en los baldíos que había de camino a la escuela un buen palo. Ni muy largo, ni muy corto. Ese sería mi instrumento y, cuál compositor, con esta, mi herramienta, y mis tan preciadas veinticuatro barras verdes, otorgaría al mundo una sinfonía. Cada tac, tic y -más importantemente- toc, reverberaba en mi imaginación como la más preciosa nota en una canción creada, compartida y olvidada en un momento mágico.

Los distintos palos daban nuevos sonidos a mi obra: los finitos y flexibles solían resultar en rápidos y agudos tics, los más gorditos sin falla entregaban ese tan buscado toc, mientras que los que eran más cortitos casi siempre me devolvían tac tras tac. Prontamente me encontré escondiendo palos al lado de la escuela, solo para poder usarlos a la vuelta. La velocidad también importaba. Si iba rápido o despacio cambiaba el sonido que iba haciendo, a tal punto en que el mismo palo sonaba tremendamente diferente.

 

Igual, lo que más me gustaba, era ir contando. No sé si saben esto, pero veinticuatro es uno de los números más divertidos de dividir. Lo podés dividir por uno -obvio- por dos, por tres, por cuatro, por cinco no -pero bueno, eventualmente tenía que pasar-, por seis, y por ocho. Para mi mente de diez años, esto era la gloria. No hay forma de describir mi entusiasmo y emoción al probar elegir uno de esos números por debajo de díez y que de alguna manera funcionase. Era alucinante. A ver, ¿cuantos otros números conocen que se dividan por todos los números pares debajo de diez y, encima, por tres? Si, cuarentaiocho, obvio, ¿pero donde vieron una reja con tantas barras?

Durante muchísimo tiempo pasé por al lado de esa casa y, cada vez, sin falta, hice sonar la reja con mi palito. Si no tenía un palo, iba con la mano, dedos extendidos, y el brazo para atrás. Tantas veces habré pasado, que ese tan familiar color verde saturadisimo que todo el mundo le pone a sus rejas pronto se empezó a ir. Esas cicatrices en las barras solo me hacían quererlas más. Hablaban de nuestra relación, de las cosas que habíamos compartido, de los palos que había encontrado y de la canción que cada día hacíamos sonar. Estoy seguro que a la vieja que vivía ahí no le gustaba que su reja estuviese así, pero yo amaba el color naranjozo que empezaba a tomar.

Pero cuando no podía estar más contento con mis veinticuatro barras casi verdes, finalmente pasó. Me acuerdo, después de un fin de semana largo , cuando estaba en quinto o sexto grado, yendo a la escuela las vi por primera vez. Veintitrés horribles barras de metal mal pintadas de verde una después de la otra, espaciadas en intervalos perfectos, excepto por un hueco donde debería estar la séptima. Ahora nada era igual, todo sonaba como una burla cruel a mi tan preciada sinfonía.

No sé si saben esto, pero veintitrés es uno de los números más feos de dividir. Lo podés dividir por uno -obvio- y hasta ahí llega. Mis intervalos perfectos ya no estaban más porque, como estábamos aprendiendo en la escuela en ese momento, veintitrés es un número primo. Siete también;  justo la barra que faltaba. Esos números que no quiere nadie, que no podés dividir sin que te quede vuelto, que te arruinan tus melodías simplemente siendo.

 

Imaginate que estás tocando el piano y te quitan el Si, ¿qué te queda para tocar aparte del Himno a la Alegría? Ahora cada vez que pasaba enfrente de esa casa me sentía frustrado. Tanto así que tenía planes para romper un par de barras más solo para volver a un número armonioso, pero abajo de veinticuatro, a ningún número lo podés dividir por uno, dos, tres, cuatro, seis y ocho, y que te quede bien.

 

Como romper más cosas no parecía una buena solución, me decidí a arreglar el problema. Mi primer intento me pareció brillante en el momento: tomé una de mis herramientas musicales, un palo, y lo puse en los agujeritos que habían quedado. Se ve que a la dueña no le gusto mucho, porque al día siguiente no estaba más. Debe ser el color, pensé, así que para mi segundo intento fui coloreando otro palo con un poco de témpera, y esta vez le puse plasticola. Pero se ve que tampoco le gustó, porque de nuevo, al día siguiente, no estaba.

Mi madre, que me había comprado la témpera para mi clase de plástica, me preguntó, -como solo las madres hacen- qué hacía con la témpera. Al explicarle sobre mis veinticuatro barras verdes, mi pérdida, mi desdén por el número veintitrés y mi determinación, me mandó a medir el agujerito con una regla y me llevó a un negocio a comprar un tubo de PVC.

Estaba seguro de que este tubo de plástico verde, bien derechito, no como los palos que había puesto antes, le iba a gustar a la señora. Así que al día siguiente, justo a la salida de la escuela cuando mi mamá me fue a buscar, rapidito para que no nos vean, pusimos el tubo en el séptimo lugar y mi mamá lo aseguró con un buen pegamento.

 

***

 

* MARTÍN DAVICO nació en Bariloche en 1993 y actualmente reside en La Plata. Ha escrito varios artículos relacionados con la dinámica de los juegos de rol, como El increíble mundo de las puertas y los candados, Profecías como herramientas narrativas y Un desastre espeluznante, todos disponibles en Internet. Actualmente trabaja como corrector lingüístico en inglés y español para empresas que se especializan en localización de videojuegos.

Contacto: [email protected]

Página web: nirdine.com

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