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JUGUETE RABIOSO: ( Segunda Temporada)

En este nuevo lanzamiento de la columna literaria, hoy compartimos "La leyenda del Cerro Pratt"

El curador de la sección, el escritor y profesor DIEGO RODRÍGUEZ REIS, rompe el hielo con un relato de su autoría, e invita a enviar sus cuentos a: [email protected]
16/12/2023
En este nuevo lanzamiento de la columna literaria, hoy compartimos "La leyenda del Cerro Pratt"

LEYENDA DEL CERRO PRATT / Por Diego Rodríguez Reis *

 

“La historia de un país es, entre otras, la historia del desplazamiento de sus fronteras y de su definición como territorio”

LIVON―GROSMAN, Geografías imaginarias

 

El nombre de mi tío era Elías Pratt. En todas las familias hay un loco, un borracho o un santo. En mi familia era el tío Elías: tal vez predestinándolo, le habían puesto nombre de profeta. En realidad, era tío de mi viejo, mi tío abuelo, hermano del viejo de mi viejo. Siempre tuvo la locura de la religión. Prácticamente, aprendió a leer con la Biblia, nadie sabe bien cómo o con quién. Fue seminarista o algo así de la Iglesia Bautista, pero un día tiró la sotana para irse a buscar oro a Andacollo, en la época de la fiebre del oro acá en Neuquén. Agarró sus biblias, porque tenía varias biblias él, y se fue a la cordillera. Allá por el cuarenta y cinco, más o menos: enseguida le perdimos el rastro. La historia la supimos muchos años después.

Cuestión que mi tío se instaló ahí en Andacollo, frente a un cerro, no sé si tenía nombre entonces. Los buscadores de oro marcaban sus terrenos con postes, según iban llegando. Ha habido muertes por violación de los territorios, se corrían los postes, se emborrachaban o se volvían locos y salían a los tiros por cualquier cosa.

Mi tío Elías se armó una cabaña (un ranchito) de madera y alambre, con techo de barro y tejuelas, cerquita de un arroyo. Y ahí, en veinticinco años de pala y carretilla, bajó un pedazo de cerro, literalmente. El agua del arroyo la usaba para tomar y para hacer el lavadero de oro. Después, cuando volvió al valle, nos contaba cómo era el procedimiento. Se hace correr el agua en canaletas con la tierra que se va sacando y el residuo que va quedando en la criba se lava en un plato de madera. Después, se elimina la parte más gruesa de arriba y ahí queda la parte de abajo, lo que se llama el concho. Todo lo que es piedra, mica, oropel, se decanta, y abajo ese resto que es el concho se despega y se le agrega mercurio. Medio gramo, un gramo, depende de la cantidad del plato. El mercurio se adhiere al oro. Y después, se separa el oro del mercurio calentándolo en una lata con un bunsen, el mercurio se evapora y lo que queda es el oro.

 

 

En esos veintincinco años, habrá llegado a sacar unos veinte kilos de oro del cerro, mi tío. En el año setenta, nosotros lo encontramos y lo sacamos de todo eso, de esa vida. Hacía plata: estaba sacando dos gramos, dos gramos y medio por día, pero lo que sacaba se lo tomaba. Apenas sacaba algo, se iba a un boliche en Huinganco, una cantina que se llamaba “Montecarlo”, de un tal Juan Cummings. Huinganco era lo más cerca que había (que hay) de Andacollo, estará a unos cinco o seis kilómetros. Ahí, en la cantina, se juntaban los mineros y se chupaban todo. Y esos dos gramos de oro que sacaba, se lo pesaban, a lo mucho, como un gramo y medio. Eran balanzas de boliche, no tenían precisión. Y además, siempre estaban arregladas. Oro por vino, derecho viejo: no había plata de por medio en el asunto.

Cada dos tres, había peleas, tiroteos, porque andaban todos armados en ese entonces: era el salvaje oeste neuquino. Se peleaban por cualquier cosa, por límites, porque alguno se olvidó de saludar o miró mal a otro: según mi tío, si sacabas algo de oro y no invitabas la vuelta para todos, te la juraban para todo el viaje. Cosas de borrachos. La ganancia la tenía el bolichero, el tal Juan Cummings. Un minero traía cero setenta y cinco gramos, aquél un gramo, el otro medio, y al final de la semana, el bolichero se había hecho de quince o veinte gramos de oro.

 

 

Mi tío Elías tuvo una pelea fiera, famosa. El otro tipo era Hans o Ans o Ars Steffen, un sueco, un tipo que mi tío describía siempre como huesudo, pálido, de pelo amarillento y ojos grises. Habían tenido un entredicho porque sus terrenos lindaban y el sueco había excavado del lado de mi tío y había encontrado algo de oro. Esa era la versión de mi tío Elías, totalmente imposible de corroborar. Cuestión que una noche están jugando al truco y mi tío lo engancha carteándose al sueco. A los gritos, mi tío lo desafía a duelo y el otro acepta: salen los dos, se escuchan dos tiros y el que vuelve es mi tío. Vuelve al boliche con la camisa ensangrentada en el hombro y le pide al gringo Cummings una pinza. El gringo, medio espantado, le alcanza la pinza a mi tío y salen todos a mirar. Ahí lo ven a mi tío Elías arrancándole con la pinza un diente de oro que tenía el sueco, para cobrarse su deuda.

Ese diente, contaba mi tío, lo fundió ahí nomás, esa misma noche y se hizo hacer un anillo, el anillo de oro que siempre llevaba puesto. Decía que lo enseñaba cada vez que tenía un entredicho con algún minero, para que se acordaran de que con él no se jodía y que las deudas eran sagradas.

Un cuarto de siglo en ese lugar lo fue haciendo mierda, lo hizo mierda.

 

 

Por eso, cuando lo encontramos, lo trajimos de vuelta. Allá por el setenta habrá sido, año más, año menos. Vino como se había ido, sin nada, con todas sus biblias abajo del brazo. Y trabajo, lo que se dice trabajo, acá no tenía. Hacía changas, cosas medio inventadas para él por los parientes y los conocidos. Se instaló en una pieza en el fondo de la casa, lo que antes era un tinglado y ahí se la pasaba, leyendo la biblia, fumando y chupando.

Un litro de vino por día no le alcanzaba, se le hacía poco. Él era muy fumador, además. En aquélla época, llegaban sólo dos tabacos: el Caporal y el Mariposa. Me acuerdo que venían en unas latas redondas, de hojalata, eran tabaco fuerte. El vino se lo mezquinábamos un poco, no demasiado, porque a esa edad, si se lo sacábamos del todo, se moría. Y la poca plata que hacía, se la gastaba en tabaco. Compraba el Mariposa, porque era el más barato. Pero para el papel ya no le alcanzaba. Pero a él no le importaba, porque papel sí tenía: las biblias esas suyas eran de un papel muy finito, un papel de arroz. Ese papel usaba. A la mañana, bien temprano, lo primero que hacía al despertarse, era manotear una biblia. Leía una hoja entera, una hoja cualquiera. Después, la arrancaba y se armaba el primer cigarrillo del día. Todos los días arrancaba por lo menos veinte, y se armaba sus cigarrillos así. Como el tabaco era caro, trataba de aprovecharlo todo lo posible. Sujetaba el pucho con un clavo, de costado. Y así se lo fumaba casi todo. Dos por tres se quemaba, el viejo. Siempre andaba con el labio chamuscado.

Vivió hasta los sesenta y cinco años. Murió alcoholizado, el pobre. En honor suyo, el cerro aquél que está en Andacollo, su cerro, lleva su nombre ahora. Pasa que es un cerro que ya no está, porque el viejo lo fue bajando a pala y carretilla, en veinticinco años, hasta que lo dejó pelado. Es un cerro fantasma.

Cerro Pratt, así se llama.

 

*

 

“Leyenda del cerro Pratt” fue publicado originalmente, bajo el título “Leyenda del cerro Melitón”, en la revista Desde el Andén N°4 (Fisque Menuco, Agosto 2007). Ya con su nombre definitivo, fue publicado, bajo el seudónimo de Dylan Roderick Rex, con ilustraciones de Javier Mattano, en la revista Salvaje Sur N°1 (San Martín de los Andes, Febrero 2021). El Centro de Documentación e Información Educativa (CeDIE) “Alicia Pifarré” lo editó en formato fanzine en el 2022 y se encuentra disponible para su descarga gratuita en el siguiente link: https://cedie.neuquen.edu.ar/wp-content/uploads/2022/12/Fanzine-Salvaje-Sur-y-CeDIE-Reis-2.pdf

 

[Imagen 3: El deshacedor]

 

Finalmente, Reis lo incluyó en su libro El deshacedor, publicado en el 2023 por la editorial Ediciones De La Grieta, de San Martín de los Andes.

 

*

 

* DIEGO RODRÍGUEZ REIS es, entre varios oficios, escritor, profesor y columnista de literatura en diversos medios que lo soportan. Textos suyos han integrado publicaciones de Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, España y Alemania. Integró el Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes y la Comisión Directiva del Fondo Editorial Neuquino. Ha participado, como autor, co-autor, editor y corrector, en más de setenta obras de ficción y no ficción. Cree fervorosamente que Villa La Angostura es el centro del universo.

 

 

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