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JUGUETE RABIOSO: Segunda temporada

Hoy compartimos: “Los amigos”, de  Cecilia Fresco

En esta tercera entrega de la sección que cura Diego Reiss, un cuento de la escritora angosturense
06/01/2024
Hoy compartimos: “Los amigos”, de  Cecilia Fresco

Los amigos / Por Cecilia Fresco *

 

Terminamos de subir y se nos reveló de golpe el paisaje blanco, el valle, la enorme ladera. Era el punto más alto, había mucha nieve acumulada y no se distinguía el trazado de la ruta. Hacía rato que estábamos en silencio, escuchando el esfuerzo del motor y mirando los copos mínimos que habían empezado a caer después de pasar el lago Guillelmo.

-Esto es el Cañadón de la Mosca.

Me sonó amenazante el modo en que lo dijo. La sola mención del Cañadón de la Mosca y su historial sonaba amenazante. Bajé dos cambios, la pendiente era empinadísima. No alcanzaba a ver dónde estaba la banquina: todo era del mismo blanco sin sombras. No sé por qué me molestó su comentario, era como sumar peligro imaginario al peligro concreto del camino.

-No, no existe más. Eso era del otro lado, ahí enfrente, por ahí ¿ves? Se le decía así cuando estaba el camino viejo, allá -ya no sabía cómo ir más despacio, bajaba en segunda a treinta kilómetros por hora. Tampoco podía volver. Había que afrontar el viaje hacia adelante- este ya no es tan peligroso, está asfaltado. El Cañadón de la Mosca no existe más.

 

Entré lo más despacio que pude en la curva, era tan pronunciada que casi trazaba un círculo, abajo se veía el fondo del valle. Demasiado abajo. No asomaba ni una piedra, ni un rastro de tierra o planta, todo era blanco cegador. Me guiaba el guardarrail y el precipicio. Pensé en la suerte de tener cubiertas nuevas.

-Por eso -me alcanzó un mate pero no lo agarré, no quería soltar las manos del volante- hielo y nieve en el asfalto son peores, el ripio es como que te agarra más, pero en el asfalto patinás, seguís derecho, pasás de largo ¿tenés miedo? -¿Miedo a la ruta, yo?

Traté de no mirar el mate, que seguía sosteniendo al lado de mi oreja como una provocación. Intenté parecer segura pero tenía pánico. Sólo pensaba en mantener el pie alejado del freno, eso era lo único cierto, lo único importante.

-Tiene miedo, tiene miedo, tiene mieeeeedo.

Alargó la “e” como una oveja.

-No seas boludo, nunca manejé con tanta nieve. Y encima de nieve también hay hielo.

-Encima no, abajo.

Seguía sosteniendo el mate muy cerca de mi cara.

-¿Abajo de qué? ¿Qué es lo que hay abajo además del precipicio?

Siempre había sido igual, desde que íbamos al secundario, necesitaba cumplir una regularidad rítmica para cebar.

-Abajo el hielo, arriba la nieve. Tiene miedo, mieeeeedo.

Sacudió un poco el mate, como jugando, pero se le volcó en mi pelo. Me distraje, pisé el freno.

-¡Para, qué hacés! Tené cuidado, no puedo manejar así.

 El auto patinó apenas pero no pasó nada. Me temblaron las piernas, se me aceleró el corazón, sentía que me explotaba en los oídos. Él no hizo nada, pareció no darse cuenta del peligro.

-Abajo de la capa de nieve está la capa de hielo -dijo en tono didáctico- ¿se entiende? Y abajo, abaaaaaajo el tranquilizador asfalto.

Se tomó el mate y lo guardó en el bolso. Traté de calmarme. El auto estaba controlado y no venía nadie de frente, faltaba poco para terminar la bajada.

-Ah, te entiendo. Abajo hielo. Y ahora encima también ¿no ves que está helando? La cosa está así: hielo/nieve/hielo. Sólo falta algún hijo de puta que tire aceite y cáscaras de banana. Está difícil, dale, aguantame que lleguemos adonde afloje y paramos un rato.

Me hizo gracia mi propia idea, me imaginé al Coyote o a Bugs Bunny poniendo cosas patinosas y absurdas en la ruta.

-Tiene miedo, tiene miedo. Nena tiene mieeeeedo.

Esta vez lo dijo más suave, como pidiendo disculpas.

Nunca me había enojado con él, esa vez tampoco. Algo lo hacía inimputable ante mis ojos, de algun modo asomaba la fragilidad en sus provocaciones.

-¿No ves que soy madre soltera? Tengo que volver a hacer la cena para mis pichones.

Ya casi llegabamos abajo, al valle, a la tranquilidad. Pasar ese cañadón, que sí era el De la Mosca aunque yo no quería reconocerlo, era lo importante, lo más difícil.

-No me vas a conmover con la maternidad. Tus pichones ya vuelan solitos hace rato. Y además sabés que yo soy como mi propia madre, que, como dios, no escucha quejas.

-¿Sos como tu vieja o como dios?

Llegamos abajo, respiré aliviada. La ruta se hizo más plana y empezaron a aparecer huellas en algunos sectores.

-Da lo mismo, son la misma cosa, dios está en todas partes, nena.

-No escuchás quejas, está bien. ¿Favores hacés?

-Los que yo quiero, no los que me piden.

Sacó del bolso dos medialunas y me ofreció una poniéndola delante de mis ojos. Noté el principio de la cicatriz asomando debajo de la manga verde.

-Andá a cagar, no ves que no puedo ni tomar mate, menos me voy a comer eso.

Yo también cambié el tono, esos puntos desparejos en su muñeca me hicieron olvidar del auto, además, ya no estaba asustada y la ruta mejoraba a medida que avanzábamos

-Cuando lleguemos te invito a almorzar a un lugar lindo.

-Dale, mejor comer para calmar al monstruo ¿no?

-¿El monstruo serías vos? Sabés que no me asusta.

-Vayamos a comer, tenés razón -hizo una especie de reverencia- entre nosotros lo real debe convertirse en sagrado. Nada de dioses ni de madres ni de otros entes imaginarios. Mejor no hablar de ciertas cosas.

-¿Por qué mejor no hablar de ciertas cosas? A mí me podés decir lo que sea. Lo que quieras.

Sabía que lo que le pasaba era algo innombrable, entendía eso pero me costaba no hablarlo. No me resignaba a perder nuestra complicidad de siempre. Me miró entornando los ojos.

-No es tu culpa, no. Es la fatalidad. No puedo decir mucho. Mi vida ahora es caminar suave, es tratar de no pesar. No puedo arriesgarme a las profundidades.

Se despejó la frente con las manos, tenía ojos lindísimos.

-Hay que prestar tanta atención en esta vida, querida. El hielo no nos muestra su espesor. Cada paso tenemos que hacerlo sobre seguro, pero nunca sabemos lo que es seguro y lo que nó.

Ahora, por primera vez, había algo angustiante en su voz. Empezó otra vez a nevar, más fuerte que antes. Prendí el limpiaparabrisas, me asusté otra vez, con ese tiempo ¿podríamos volver? Él se soltó el cinturón de seguridad a modo de nueva provocación.

-Tengo tanto miedo a hundirme como ganas de hundirme, de cuidar las formas como de mandar todo a la mierda. Tengo que caminar por los bordes. Así: borde y superficie o la muerte. Eso es lo único que te puedo decir.

-Entonces abrochate el cinturón, porque si llego a frenar de golpe me rompés el parabrisas y la que te manda a la mierda soy yo -paré en el medio de la ruta y lo miré fijo, como una madre sobreactuada. Después volví a arrancar, ya circulábamos sobre dos huellas de asfalto y la nieve que caía se hacía cada vez más pesada, más húmeda- yo muchas veces hice eso, viví así.

-Vos muchas veces “viviste” eso, no lo pensaste. No es lo mismo. Pisaste el hielo verdadero con tus pies verdaderos en un tiempo verdadero, no es para nada lo mismo.

-Sí, está bien, tenés razón. Pero era para decirte que te entiendo, que entiendo esa sensación de hacerse liviano, de dar el siguiente paso con miedo a que se rompa la superficie.

Me sentí más cómoda, podía empezar una conversación normal, algo más parecido a lo de siempre.

-Con mi amiga, la que conociste una vez, la rubia morocha que te gustaba, íbamos a la lagunita y jugábamos a ver quién se animaba a caminar más adentro. Cada paso más adentro era más peligroso. Queríamos que fuera una laguna helada como las de las películas, de esas en las que se puede patinar, pero nunca heló tanto, tenía apenas una capa finita.

-No ves que no tenés ni idea, no entendés. Yo sé que le ponés voluntad, pero no entendés. Vos hablás de una laguna real.

-Masomenos -me dio un poco de vergüenza, nada de lo que yo hubiera vivido podía acercarse a su experiencia- estaba en un mallín que ahora no existe, lo taparon creo, construyeron casas arriba. Ya no es real.

 Siguió en voz cada vez más alta.

-Pero existió alguna vez y podías pisarla sin miedo porque lo único que había abajo era agua, lo más obvio, lo más previsible. Y además estabas acompañada. Es muy diferente a lo que te digo.

-Sí, pero agua helada era. Y sucia, además. No quiero competir en miedos, tonto. Digo que te entiendo, al menos en el concepto general. Nosotras también tentábamos al hielo a romperse, a que nos haga caer.

-¿Se cayeron alguna vez?

Miraba hacia adelante y apretaba una mano contra otra.

-Sí, mil veces. Nos mojábamos hasta la cintura y volvíamos tiritando a mi casa, muertas de frío y de risa. No sé por qué nos daba tanta risa la verdad, no nos parecía algo feo. Cuando uno es chico...

-¿Ves? Nada que ver con lo que te digo.

Apretó el puño derecho contra la palma izquierda.

-Pero llegábamos y mi mamá, como la tuya, como dios, de pronto abría el cielo y nos concedía un rayo de sol inesperado. Nos daba ropa seca y nos decía “no puedo entender de qué se ríen” y se reía ella también. Sabés que no era muy cariñosa, asique eso era para mí el mejor regalo.

Yo misma me sorprendí con el recuerdo, me alegré de solo contarlo. La ruta ya estaba totalmente despejada, a los costados había nieve acumulada por la máquina. Empezó a llover.

-Ves que en todo somos opuestos, vos tenés un buen recuerdo y lo exprimís hasta el cansancio, le sacás brillo -se arremangó expresamente, dejando ver todo el brazo izquierdo, tenía por lo menos veinte puntos formando una cicatriz sinuosa- no te das cuenta de que eso debe haberte pasado dos o tres veces como mucho, nunca helaba tanto, nena, no vivimos en la Antártida. Capaz eso pasó un solo año, o dos.

Pasé de la piedad a la rabia. Tarde o temprano iba a encontrar la frase que me doliera. Se dio cuenta, aflojó un poco el tono.

-Eso es porque vivís en un paraíso, si no no te acordarías de esas cosas, las grietas del infierno son frías, querida y vos, digas lo que digas, siempre encontrás un refugio cálido. Pero el camino, mi camino, no responde ni a la lógica, ni al deseo ni a mis errores; responde a la Necesidad. Lo necesario es lo inevitable.

Sentí una tristeza infinita al escucharlo, sentí que a partir de ese momento lo perdía. Que todo lo que había sido él caducaba, que aunque hacía un esfuerzo dulcísimo por volver no podía, le era imposible. Afuera llovía fuerte, los árboles se sacudían con el viento y la nieve se había transformado en un río de barro que corría por las banquinas.

-Bienvenidos a El Bolsón -dijo en voz muy alta, como queriendo cortar mis pensamientos- tierra de Hobbits, para tu felicidad infantil. Llegamos vivitos y coleando ¿viste?

-Llegamos y recién ahora empieza el trabajo ¿o creíste que veníamos a pasear?

-Ahora me tenés que llevar a comer como prometiste.

Más tristeza me dio pensar en el esfuerzo que hacía por mí, para que yo no me sintiera mal.

-Era un truco para que viajes quietito en tu asiento, nene. Vemos cinco clientes primero y después vamos, dale.

No tenía ganas de bajar del auto. Prefería el hielo peligroso, la nieve encubridora a pisar esas calles inundadas y sucias.

-Esperame acá, ya vuelvo.

Me puse la capucha de la campera y agarré la carpeta de las cobranzas. Lo miré tratando de decirle algo importante pero no me salió nada. Él se bajó las mangas y me miró con ternura.

-Bajo el nombre de dios el universo tiene un límite.

-Dale, entonces quedémonos ahí adentro, aunque seamos ateos.

 

* CECILIA FRESCO es escritora y poeta. Nació en 1969 en Buenos aires y creció en Bariloche, desde 2006 vive en Villa la Angostura. Ha sido becada por la Fundación Antorchas en el taller de análisis y producción de poesía dictado por Arturo Carrera y Daniel García Helder (2000) y por el FNA en taller de narrativa dictado por Vicente Battista (2007). Ha publicado las novelas Las Huellas (El Camarote Ediciones, 2010) y Bonaire (Ed. Espacio Hudson, 2022). Los libros de poesía Realidad vs Representación (Ediciones del Dock, 2014) Super 8 (Ed. de la Grieta, 2020) y La Vida en el suelo en conjunto con Natalia Belenguer (Ed. Espacio Hudson, 2019). Los libros de cuentos Invierno (Ediciones Patagonia Escrita, 2017) y Circulares en conjunto con Mónica de Torres Curth (FER, 2019). Ha participado de varias antologías. Es integrante del grupo literario ALAMBERSE! de Villa la Angostura. Es directora, junto con Diego Rodriguez Reis, de la publicación literaria La Zona – Crítica y ficción.

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