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JUGUETE RABIOSO – SEGUNDA TEMPORADA

Hoy compartimos el cuento “La Casa” de Marcelo Gobbo

En esta séptima entrega de la sección que cura Diego Reiss, un cuento del multipremiado escritor bonaerense
03/02/2024
Hoy compartimos el cuento “La Casa” de Marcelo Gobbo

LA CASA / Por Marcelo Gobbo *

Foto: Sofi Gobbo @paisajes_smandes

 

La casa

A Diego Rodríguez Reis

 

Desde ahí se veía el humo: subía, negro, maldito, sobre el bosque, hasta las nubes blancas que parecían manchas de harina sobre una tela celeste. Se lo veía clarito y el olor a madera quemada ya empezaba a sentirse; por eso ella entendió que tenía veinte minutos, más o menos, para prepararse.

-Le quemaron la casa a los Gatica -le dijo al mayor-. Vienen para acá.

El hijo la miró con preocupación, después volteó para mirar a sus hermanos, que estaban jugando cerca de la entrada.

-Metelos adentro -le ordenó, sin dejar de observar la columna de humo, y después enfiló hacia el galpón donde guardaban las herramientas.

Solamente oía las voces de los chicos: ninguna señal de que estuvieran yendo hacia la Medialuna. Pero, de no ser así, ¿a qué tanta inquietud? El miedo no es zonzo, le había dicho su madre varias veces, y lo que ella sentía ahora era miedo. Miedo y bronca, mucha bronca, tanta que le ganaba al cansancio o al hartazgo.

Mientras caminaba y con la mirada hacía un recuento de los chicos, se preguntó si Rubén se habría percatado del humo o si estaba durmiendo la mona por ahí. Ojalá lo haya visto, se dijo, él que siempre anda bien calzado y respetado, pero, en cambio, si se juntó con el Arzobindo, al que también le gusta el chupetín…

La columna de humo se volvía más espesa y la enorme voluta que subía por encima de los maitenes parecía quebrar al cielo con su espiral siniestra.

En ese momento, ella se lamentó por haberle regalado el arma al Rubén. Su padre le había enseñado a usarla cuando tenía doce, trece años: le había dado el revólver y le había dicho que no era para que ande hueveando y fantaseando, que había que cuidarlo, que no era para pavear porque en cualquier momento podía hacerle falta.

Ahora iba a hacerle falta a ella si otra vez los Newbery o los Taylor habían mandado a la policía del territorio a echarlos. Esos rico’e mierda, pensó, que la quieren toda para ellos, nomás, seguro que mandaron al Álvarez ese, que los tiene entre ceja y ceja porque es primo del de Parques. El Álvarez de Parques Nacionales llevaba unos meses haciéndoles la vida imposible, para él era todo andar fuera de la ley. Es jodido por naturaleza, masculló. Limpió el filo del hacha en el delantal y escupió al suelo con furia. Milico’e mierda.

A unos les dejan pasar cualquier cosa y a otros no, así son ellos. Como con Judson Taylor, que se había cargado a Matamala y Sambueza y, así y todo, ninguna pesquisa lo había salpicado de culpa. En cambio, a nosotros, basta con que se voltee un árbol para que se nos vengan encima.

Lo de Judson la indignaba desde que tenía memoria. Su finado padre se empeñaba en decir que había sido buena gente, pero a ella nunca logró convencerla: había matado a esos dos hombres acusándolos de abigeato, cuando sabía que su capataz era el que había mandado a esas vacas al otro lado de la frontera, a ella no iban a engañarla, qué tanto. Que el Judson se hubiera pegado un tiro no lo hacía más merecedor de su simpatía: a fin de cuentas, algunos decían que el 44 se había disparado solo, por caerse al piso, nomás, y el Taylor ese había tenido pura mala suerte, que se joda, carajo. Podría estar volviendo el Rubén ahora mismo, antes de que lleguen los de Parques, ¿no? ¿Qué iba a hacer con los chicos?

Aguzó el oído procurando distinguir un motor, algún galope, algo que le confirmara la naturaleza de eso que la inquietaba y la ponía en alerta. Empuñó el hacha con mayor firmeza, esa misma herramienta que había usado para cortar la madera y construir la casa que se aprestaba a defender con su vida. Chistó para que los chicos se callaran. El mayor replicó el chistido, como un eco, y súbitamente las voces y las risas desaparecieron del aire para dejar que irrumpieran el runrún del arroyo, los graznidos de unos chimangos y el ruido de algo que parecía ser un vehículo.

Durante tres minutos nadie pronunció una vocal, una sílaba, una tos: permanecieron inmóviles, incluso los más chicos, expectantes y recelosos, mientras el ruido del motor aumentaba en volumen y se sumaba un trote de caballo al registro sonoro, presagiando lo peor.

Por fin, la camioneta, custodiada por dos jinetes, se hizo visible tras los arbustos, allá donde la huella daba la curva.

Los chicos miraron a su madre, a quien no le hizo falta voltear la cabeza para saber que una mezcla de terror y desconcierto les brillaba en los ojos. Ella batió el mango del hacha contra la palma y luego retrocedió hasta donde sus hijos se agolpaban a la entrada de la vivienda.

La F1 se detuvo, con el motor encendido, donde se interrumpía la huella, y dos caballos acompañaron al vehículo como si fueran custodias; los jinetes tiraron de las riendas recién cuando se apostaron a ambos costados de la camioneta; a simple vista, estaban desarmados, con las manos sobre el cuerno de la montura, pero bien podían ocultar un revólver bajo las chaquetas.

A través del parabrisas, ella distinguió a Álvarez al volante. Cagón hijo’e puta, murmuró. Al lado del hombre de Parques, un tipo al que nunca había visto, con cara de gringo, prendió un cigarrillo. De pie, en la caja de la camioneta, otros dos hombres se esforzaban por hacer visibles los bidones que cargaban con ellos.

De repente, con una violencia inusual, ella giró sobre sí y empujó a sus hijos al interior de la casa, mientras les ordenaba, de una manera tan seca que no dio lugar a protestas:

-¡Adentro! ¡Todos adentro y a encerrarse! ¡Ya mismo!

Mientras el hijo mayor cerraba la puerta, los jinetes amagaron desmontar, pero todo sucedió tan rápido que ella no les dio tiempo a hacerlo. Se plantó frente a la entrada a la casa y, sin dejar de golpear el traste del hacha contra un puño, les gritó:

-Bueno, aquí al que pueda bajar, lo voy a bajar. Y me van a quemar con familia y todo.

El llanto de los más chicos empezó a escucharse desde el interior de la vivienda. Afuera, en cambio, solo se oía el monótono bajo continuo del motor de la camioneta que eclipsaba las notas más amenas del arroyo.

Nadie sabe cuánto duró la espera; a ella le pareció un siglo. Finalmente, detrás del parabrisas, el brillo de la colilla se volvió más intenso y ella distinguió que el gringo le decía algo a Álvarez. El hombre de Parques, por fin, sacó la mano por la ventanilla e hizo un gesto incierto.

-Nos vemos en el infierno -bramó ella alzando el hacha hasta sus pechos.

Pero el ruido del motor acalló al grito y la camioneta hizo marcha atrás, levantando una nube de polvo tras de sí; después giró y se ubicó de frente a la huella para, por fin, alejarse. Ella no pudo ver qué había sido de los caballos, pero habían desaparecido entre el polvo y el vehículo, yendo vaya una a saber hacia dónde.

Cuando de vuelta pudo escucharse el arroyo sobre el llanto de sus hijos, sintió que un chorro de líquido tibio le caía por el interior de las piernas.

-’Ta madre, Rubén -le gritó al viento antes de ordenarle a los chicos que salieran-, seguro que otra vez andás chupado por ahí.

 

El cuento “La casa” obtuvo el Tercer premio la categoría No Afiliados en el Certamen Binacional de Literatura “Osvaldo Bayer 2021. Luchas de ayer y de hoy”, cuyo jurado estuvo compuesto por Claudia Piñeiro, Oscar Barrientos Bradasic y Esteban Bayer, y fue publicado en la antología editada por CTA Ediciones y Ediciones De La Comarca en 2022.

 

*

 

* MARCELO GOBBO  (1966, Buenos Aires, Argentina) Es escritor y realizador audiovisual. Publicó Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas (2012), Barbarie y civilización (cuentos y relatos, 2012), El humo de la noche (poesía, 2013), Mini (microficción y poesía en prosa, 2015 y 2016), El repliegue (poesía, 2015), Bodega (novela, 2018), De la misma madera (cuentos y relatos, 2019), Nombres propios (no-ficción, 2022), La necesidad de los vivos (poesía, 2022) y Restos culturales (cuentos, 2022). Obtuvo una treintena de distinciones, entre ellas: Premio Único de la Rama “Cuento” en los Juegos Florales Hispanoamericanos 2015 por “La última nevada”; Premio del Jurado en el VIII Certamen Internacional de Literatura Hiperbreve Pompas de Papel por Ars Amatoria; Premio Internacional de Cuentos Juan Ruiz de Torres 2022 por Restos culturales; y el tercer Premio Municipal de Literatura Luis José de Tejeda 2023, en el género Cuento. Sus textos aparecieron en publicaciones de todo el mundo.

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