TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos "Azar", de Raúl Astorga

En la sección que cura Diego Reis, hoy una historia que narra las decisiones que no se tomaron, los encuentros fortuitos y una tragedia inesperada llevan al protagonista a un punto sin retorno.
29/03/2025
Juguete Rabioso: hoy compartimos "Azar", de Raúl Astorga
Juguete Rabioso: hoy compartimos "Azar", de Raúl Astorga

Cada vez que le ocurre una desgracia, por pequeña que sea, aparece en la mente de Carlos la misma imagen de la película Match point. Esa imagen deja ver, en cámara lenta, una pelota de tenis que pega en la red y queda suspendida en el aire sin decidirse a caer de un lado o del otro. Esa mañana, mientras desayunaba, Carlos volvió a esa imagen cuando se dio cuenta de que el auricular derecho de su celular no funcionaba.

Se levantó para lavar la taza. Mientras enjuagaba la cuchara, apoyado en la mesada, corrió la cortina del ventiluz y vio que lloviznaba. Cuando terminó, movió su cabeza en un gesto para descontracturar su cuello. Se sentó y envió un mensaje a Mirta, de Recursos Humanos, para avisarle que iba a llegar más tarde.

Pablo abría a las nueve y, entre todos los accesorios que vendía, auriculares de la misma marca seguro que tenía. Carlos se puso una campera liviana, agarró la billetera, el celular, el manojo de llaves, y salió. El negocio estaba a cuatro cuadras.

Las calles estaban húmedas, las veredas resbaladizas. Las nubes eran un horrible manto gris oscuro que predecían malos días para toda la semana. Buceando en esa niebla que ganaba espacio, segundo a segundo, Carlos se detuvo en la esquina. Vio que se acercaba un coche. No le costó reconocer a Mario al volante. La calle transversal tenía sentido hacia él que, en un acto de generosidad de peatón sin apuro, le hizo señas con la mano para que cruzara. El camión que venía a toda velocidad lo arrastró casi cien metros. Carlos continuó camino hacia el negocio de Pablo.

Entró. Pidió unos auriculares para elegir. No había de la misma marca. Pablo le recomendó algo que recién había llegado con estatus de bueno y barato. Mientras Carlos se los calzaba  en sus orejas buscando comodidad, se dejaron oír las primeras sirenas de ambulancias y policías motorizados que se dirigían hacia el lugar del siniestro.

Carlos pagó los auriculares elegidos y junto a Pablo salió, como tantos curiosos, para ver qué estaba sucediendo. Luego de las trilladas frases de asombro, Carlos se fue con dirección hacia el incidente.

Habían cercado la cuadra. Los paramédicos, la policía y el periodismo de calle ya estaban actuando cada uno en su rol respectivo. Algún agente mencionó que había un muerto. Carlos pensó en Mara: ¿le habrán avisado? Tuvo que dar la vuelta a la manzana para continuar camino hacia su casa.

En la cocina, Carlos se preparó otro café. Mientras revolvía el azúcar con la cucharita recordó que desde hace años lo persigue aquella noche del cumpleaños de Mara en que iba a invitarla a salir. Se conocían desde niños. Pero esa noche Mario pasa por el barrio, se le pincha la goma de la bicicleta y golpea la puerta de la casa de Mara para pedir un inflador. Lo atiende ella, se sorprenden mutuamente por la circunstancia. El cumpleaños, los nombres parecidos, la azarosa pinchadura. Mario, con total desparpajo la invita a salir. Mara evalúa las señales que le ofrece ese momento y acepta. Carlos no puede evitar desde entonces incorporar las secuencias de esa noche a la imagen de la pelota de tenis suspendida en el aire sobre la red, conformando un tráiler de una hipotética película de su vida sentimental.

Carlos le envió un mensaje a Mirta avisándole que ya estaba yendo hacia el trabajo. Le hizo señas a un taxi. En  la radio del coche se hablaba del incidente que había presenciado (¿o provocado?). El taxista dijo: qué barbaridad, con esta niebla está imposible. Carlos no contestó. Como un turista extranjero que no entiende nuestro idioma estuvo todo el viaje en silencio, mirando fijo por la ventanilla. Cuando llegó a destino pagó y bajó rápido, dejándole el vuelto al taxista.

Entró en su oficina, tomó su pocillo y se fue hacia el office donde estaba la cafetera. Allí estaba Mirta preparándose un té. Llegaste justo para el break, le dijo con una sonrisa que pretendía alejar cualquier idea de reproche. No duermo bien, mintió Carlos, no sé qué me pasa. Tenés que ir a ver un médico, recomendó Mirta mientras arrojaba el saquito del boldo en el tacho de residuos. Bebieron riéndose del clima, de algunas incidencias del trabajo y de algún malestar de un grupo de compañeros por un ascenso mal otorgado.

Al atardecer, Mirta y Carlos salieron juntos del trabajo. El cielo estaba bastante despejado, aunque sólo quedaban dos horas para que el sol cayera definitivamente. Decidieron ir al cine a ver esa película de la que hablaba todo el mundo. Tenían claro que era una salida de amigos. Se divertían mucho juntos, tanto en el trabajo como en sus salidas, que eran frecuentes. A la salida del cine compartieron un taxi. Mirta bajó en su casa y Carlos, diez minutos después, bajó en la suya.

Carlos entró. Revisó el celular. No había noticias de Mara. Encendió el televisor. Fue hasta la cocina a prepararse un sánguche con algo de fiambre que quedaba en la heladera. Agarró una latita de cerveza. Se sentó en la mesa del comedor y buscó, con el control remoto, una sitcom. Lejos de reírse, como hacía siempre, se puso a repasar mentalmente el día. Se durmió mirando un documental acerca de las inundaciones más graves acontecidas en Europa. Cuando despertó, como pudo, apagó el televisor y se fue a su cama donde quedó profundamente dormido hasta la mañana siguiente.

Mientras desayunaba le entró una llamada de Mara. Le pidió que se encontraran, que algo grave había sucedido. Lo citó en el Hospital de Emergencias. Carlos llamó a Mirta y le pidió esa semana de licencia que le debían. Se afeitó, se duchó, se vistió y salió hacia el encuentro que tarde o temprano se iba a dar.

Ni bien lo vio, Mara apuró sus pasos. Lo abrazó casi al borde del llanto y le contó una versión de lo ocurrido algo modificada por las hipótesis de quienes no presenciaron el incidente. Qué desgracia, repitió con voz entrecortada. Y la nena está peleando por su vida, dijo provocando un leve sobresalto en el cuerpo de Carlos.

 

 

Fueron a la cafetería del hospital. Cuando Mara se disculpó para ir al baño, Carlos tuvo un fugaz pensamiento que incluía a la hija de ella. ¿Habrá visto todo? ¿Iba distraída con algunas cosas de la escuela? ¿Me habrá visto hacer aquella seña para que cruzaran? Mara volvió del baño y notó en la cara de Carlos una preocupación honda y atravesada. Pobre, pensó, no es justo que lo haya sacado de su vida tranquila. Se lo dijo y él respondió que para eso están los amigos. Mara necesitaba descansar. Carlos le pidió que se fuera a su casa después del parte médico. Él se quedaría toda la tarde.

El parte médico no fue diferente al del día anterior. Mara se fue a su casa para descansar y ducharse. Carlos se quedó escuchando música con su celular en una butaca para visitas. Se levantó varias veces, recorrió los pasillos con curiosidad y pasó por la cafetería para merendar. A eso de las nueve y media de la noche ella regresó. Charlaron un rato y Carlos decidió retirarse.

Llegó a su casa. Había pasado por el local que vende empanadas donde se compró cuatro de carne para cenar. Encendió el televisor para mirar sin ver mientras comía. No podía sacarse de la cabeza a la nena recuperándose. La cruel realidad que significaba para él esa recuperación. Se fue a acostar pensando en eso. No pudo dormirse hasta tres horas después.

Lo despertó, a media mañana del día siguiente, un mensaje de Mara. Sofi está mejorando, decía. Carlos no se alegró demasiado, aunque pensó que podía haber algunas secuelas, una memoria confusa, y que los médicos, y Mara, no le darían tanta importancia a lo que dijera al despertar. Desayunó ligeramente. Se duchó y, cerca del mediodía, salió hacia el hospital.

Cuando llegó, Mara le dijo que en diez minutos iban a dar el parte oficial. Me gustaría que participes vos también. ¿Que participe? Sí, que escuches bien, que preguntes. Yo, a veces, me diluyo, me confundo, estoy muy mal, aclaró con voz cansada.

Quince minutos después salió un médico con una hoja en la que se apoyaba mientras comentaba la situación de salud de Sofía. Mara se aferró al brazo de Carlos mientras escuchaba lo más atentamente que podía. El médico insinuó que, en dos días, Sofía podría salir de terapia intensiva, que dependía del crescendo en la mejoría que estaba produciendo. ¿Cabe la posibilidad de una recaída? Preguntó Carlos. Mara le apretó el brazo, como si le hubiera impactado la pregunta. El médico respiró hondo e hizo un paréntesis en su informe escrito. Siempre está latente la posibilidad de una recaída, aunque creemos que este no es el caso porque todos los índices son alentadores. Miró a Mara y le dijo: yo te diría que se vayan tranquilos a sus casas y vengan mañana por el nuevo parte. Si hay alguna novedad de importancia se te avisará por WhatsApp, cerró y extendió la mano para saludar. Luego giró hacia otro grupo de gente que estaba esperando noticias de su familiar internado. Mara suspiró. Miró a Carlos y le pidió que la acompañe al bar. Necesitaba comer algo.

Frente a dos tostados y dos tazas, una de café, otra de té, Mara le agradeció a Carlos el acompañamiento. Mario estaría contento, dijo. Te apreciaba mucho, agregó tras una pausa mientras miraba al infinito. Carlos se mantuvo en silencio mientras masticaba lentamente el especial de queso y jamón.

No puedo creer que me estén sucediendo estas cosas, dijo Mara. Los días son tan hermosos, soleados y, sin embargo, siento un vacío por dentro que no se puede describir. No me puedo acostumbrar a la casa desierta en estos días, lamentó. Todo pasa, atinó a responder Carlos, apelando a un lugar común. Cuando comenzaron a aparecer islas de silencio, decidieron irse.

Compartieron el taxi una vez más. Mara descendió en su casa. Carlos llegó a la suya y lo único que hizo el resto de la tarde fue tirarse en el sofá de la sala de estar y, en absoluto silencio, se puso a pensar.

Durante todo el transcurso de la tarde le volvió mil veces la imagen de la película Match point donde, en cámara lenta, la pelota de tenis pega en la red y queda suspendida en el aire. Aunque, esta vez, en la continuidad de la repetición de la escena en su mente, la pelota caía de su lado. Punto en contra.

Asqueado por la situación sin salida, Carlos se levantó para prepararse unos mates. Ya caía la tarde. Cebó el primero y, con los labios apretando la bombilla, pensó que no había que esperar el comportamiento del azar. Algo había que hacer… y pronto.    

*

 

* Raúl Astorga nació en Rosario, Argentina, en marzo de 1964. Estudió Electrónica en la secundaria y se graduó como Técnico Superior en Periodismo. Sus relatos son publicados en revistas y antologías de Argentina y otros países. Fue uno de los ganadores del único concurso de cuentos que organizó la revista porteña 13/20, en los años ‘90. Su cuento “Centro Cultural, buenas tardes” recibió el Primer Premio del Certamen Las nueve musas ediciones 2019, organizado por la revista digital y editorial española “Las nueve musas”. Algunos relatos de su autoría fueron editados en la antología de 

autores españoles y argentinos “Mercadillo de relatos” en mayo de 2010, en Sevilla, España. Tiene novelas: “Nunca estuvieron en la luna” (Digital), “Siempre nos quedará Rosario” (Rosaringlish Ediciones, 2020), “El leberwürst de tres puntas” (en coautoría con 8 escritoras y escritores más. 2023), “Ellas y la llovizna”, “Mientras la ciudad”, “Estábamos en el paraíso” y “Resplandece” (inéditas); un libro de relatos: “Tontas ficciones de amor” (Digital); y tres piezas teatrales: “La cita inolvidable”, “Quedará nuestra ciudad” (Adaptación de la novela “Siempre nos quedará Rosario”) y “Alguna vez en Dinant”. Sus textos se leyeron con frecuencia, desde el 2013 hasta el 2016, en el programa de radio de Buenos Aires “”Las noches y los cuentos” (nominado como mejor programa cultural de radio en los Martín Fierro 2015). Colabora con el diario Rosario/12 y la revista digital Intersticio Cultura Rock. Se lo puede leer en su sitio web: www.ficcionesalsur.wordpress.com

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