JUGUETE RABIOSO:

En la séptima entrega de esta 4°temporada, hoy: "En el centro", de Ariel Guzmán

Una historia donde el pulso urbano y la incertidumbre personal laten al mismo ritmo. El cuento traza el mapa emocional de un personaje que, al buscar su lugar, descubre que el centro no siempre es un punto fijo, sino una zona de conflicto.
21/02/2026

La ciudad era distinta a la de ahora. La gente que la habitaba parecía otra, o quizás siga siendo la misma, y el movimiento lucía diferente. Muy pocas fachadas siguen conservándose iguales. Llegar al centro de la ciudad me exigía dejar la bicicleta con la que me movía en mi zona y sus alrededores. Tomar el colectivo implicaba atender con cuidado el nombre de las avenidas, como me habían enseñado para no perderme, y cuando bajaba enfrentar con temor el tamaño imponente del edificio de Tribunales, o el del Banco de la Provincia, o en pocas cuadras una gran cantidad de iglesias con sus predominantes alturas. Las veredas y peatonales tenían menos transeúntes y pocos autos circulaban en las calles; los colectivos y taxis ganaban los espacios.

Todo me quedaba grande a los catorce años. La familiaridad con los bares era lo único que me permitía soportar a la ciudad. Mi tía había colaborado con eso. Una vez al mes me pedía que la acompañara a cobrar su jubilación. Después, con la plata en su poder, desayunábamos un submarino con medialunas. No sé si era lo que quería, o si era lo más rico, pero estaba convencido que ese hábito me integraba a una zona distinta, mejor, que no conocía desde donde yo venía. Íbamos siempre al mismo bar, pero conocer uno me alcanzaba para creer que conocía a todos los demás, y facilitaba a que al final nada me resultara tan extraño.

Donde vivía, creían que la gente de la ciudad que se reunía en esos lugares con sus camisas y corbatas, algunos con sus sombreros, era más inteligente, pero también digna de desconfiar.

Papá no lo decía, pero no le gustaba que acompañara a la tía. La alegría con la que yo volvía a casa y las cosas que contaba, porque me habían parecido atractivas, lo molestaban. Desde su taller, con sus manos manchadas de grasa y con el polvillo de la madera en los hombros, se dirigía a mamá diciéndole que ese proyecto de vida que proponía la ciudad, y que atraía a la mayoría, era horrible. “Los de allá se la pasan planeando qué hacer con nosotros para sacarnos más el jugo”, decía.

Nunca entendía de que hablaba, comprendí muchísimos años después cuando él ya no estuvo. Mamá tampoco lo entendía, a solas me decía que él se enojaba por bruto, por no saber. Yo creía que papá era el que más sabía de la familia. Leía mucho. Descubrí que en el fondo de una caja de herramientas escondía dos o tres revistas sin color, como de bolsillo, donde se repetían dos palabras: economía y militancia. A esas revistas las cambiaba por otras cada dos semanas. Nunca pude saber de dónde las sacaba o quién se las daba, y en qué momento las leía.

La bicicleta me quedó chica no sólo por mi tamaño sino porque además ya no me resultaba eficaz para recorrer las largas distancias que quería.

Oscar vivía a una cuadra de mi casa y él sí viajaba diariamente al centro, en colectivo, para estudiar. Aprendí el recorrido de memoria y algunos días lo buscaba a la salida de su colegio. Sus compañeros también se convirtieron en mis amigos. Ninguno supo la verdad de dónde vivíamos y que yo había abandonado la escuela. “A estos hay que mentirles como hacen ellos con nosotros”, dijo Oscar una vez. Que uno vivía cerca del otro fue la única verdad que le contamos. Inventamos las ocupaciones de nuestros padres para que lucieran importantes.

A la salida nos quedábamos reunidos al menos una hora más. En esos tiempos no se podía agrupar en ningún lado. Un policía nos asombró con esa advertencia cuando intentamos sentarnos en los escalones del ingreso a una galería. Pero como a todo se le encuentra la vuelta, las heladerías nos sirvieron de refugio seguro para pasar desapercibidos. Uno sentado al lado del otro, lengüeteando y riéndonos de estupideces. Los bares eran caros, pero para un heladito siempre había una moneda.

Con el paso de los días, los chicos parecieron desinteresados en continuar reuniéndose después de clases. Quizás los padres estuvieran enterados de cómo ese policía nos había increpado o la furia con la que cualquier otro nos veía pasar. Del grupo inicial solo quedamos tres: Raquel, Oscar, y yo. Al poco tiempo Oscar también abandonó, me aconsejó que no continuara viajando al centro porque todo estaba raro. Se asombró cuando le dije que seguiría buscándolo y que continuaría quedándome con Raquel un rato más. El centro había dejado de parecerme un lugar ajeno, no porque lo conociera de punta a punta, sino porque mi interés por encontrarme con Raquel anulaba las dudas y los temores.

Ella me pidió que la comenzara a esperar a la vuelta del colegio. Cuando Oscar pasaba por la vereda de enfrente me saludaba, sonriendo y levantando exageradamente el brazo, pero no se acercaba y continuaba con su recorrido. Los otros chicos, con los que había estado reunido en algún momento, dejaron de saludarme y me esquivaban como a un bulto.

Pasábamos el tiempo con Raquel caminando por calles que no conocía, aunque ella sí, observando el brillo de las vidrieras. Cada vez que me veía desorientado, me explicaba dónde tenía que tomar el colectivo. Nunca nombró el lugar en el que vivía ni quería que la acompañara a su parada. Insinuó en varias ocasiones que su padre la vigilaba. Cada día quería estar más tiempo con ella.

El Cine Palace quedaba a media cuadra de la plaza central sobre la calle San Martín. El hombre de la boletería, y que además permitía el ingreso de la gente, había sido novio de mi tía. Una tarde, antes de ir a esperar a Raquel, fui a buscarlo. Le pedí que me dejara entrar con ella a conocerlo. Me respondió que sí, pero solo por un rato, porque la película que proyectaban era para mayores de dieciocho años y al final se ponía picante.

 

Ella se negó nerviosa a mi propuesta. Le conté algunos detalles del amor de ese hombre por mi tía y que la visita sería solo por un rato. A lo que no me animé fue a contarle que no había entrado a un cine en toda mi vida. A que quizás la pantalla me quitara por un momento el interés por ella.

El hombre nos abrió una cortina pesada, que se parecía más a un telón, y nos pidió que nos apuráramos en acomodarnos porque enseguida empezaba la película. Las seis personas distribuidas en la sala levantaban un leve murmullo. Nos ubicamos a un costado, atrás de todos. Ella estaba tan contenta como yo; me sentía como en un castillo sentándome en esas butacas aterciopeladas. Cuando se apagaron las luces me agarró de la mano y la apretó, como si nos preparáramos para descender una pendiente peligrosa. ¡Qué inmensidad hermosa esa pantalla! Los colores, los lugares, los gestos de quienes actuaban, la historia que avanzaba y nos empequeñecía. Apretó aún más mi mano y logró toda mi atención. En su cara se reflejaba el movimiento de las imágenes. Un beso, otro beso, hasta que no pudimos separarnos.

Salimos a la luz y la tarde nos lastimaba los ojos. Caminábamos de la mano, por primera vez, en silencio, sin ninguna precaución de quien pudiera vernos. Ese viernes nos despedimos con la necesidad de que el fin de semana pasara lo más rápido posible para volver a encontrarnos.

El lunes amaneció con el centro custodiado por los militares. Una amenaza de bomba cada una hora en distintos puntos de la ciudad. Las actividades quedaban suspendidas por varios días. Cuando fui a ver a Oscar estaba subido en su bicicleta. Me confirmó que no habría clases. Yo lo contradecía diciendo que no podía ser.

 — ¿Para qué querés ir al centro? ¿No sabés que el viernes fue el último día de Raquel en el colegio?

—¿Qué?

—A su padre lo trasladan… para apagar un foco…

—¿Es bombero?

—Milico, boludo… está acomodado con los jefes…

No le creí a Oscar cuando me dijo que no sabía el número de teléfono de la casa de Raquel. Hasta hoy, cada vez que lo cruzo, creo que me oculta esa información.

 

Nunca más volví a ver a Raquel. El Cine Palace ya no existe, en su lugar hay una gran tienda de ropa en la que la gente se agolpa desenfrenadamente. Cuando tengo tiempo, entro como todos con la excusa de comprar alguna prenda. Intento calcular la distancia, la ubicación, y desde allí miro la inmensa pared del fondo en la que estaría la pantalla. Abstraído, sin moverme, invoco a Raquel en donde esté para interrumpirla con mi recuerdo. Creo en esas cosas. Hasta que un hombre apoya su mano en mi brazo y me pregunta si estoy bien, si necesito algo. Y elijo el silencio para responderle.

*

ARIEL GUZMÁN (Córdoba, Argentina) estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Córdoba. Publicó el libro de cuentos Paseo de sombras (Editorial Postales Japonesas) y la novela Objetos para ocultar en vacío (Editorial Municipal de Córdoba). Participó en antologías. Sus cuentos y novelas recibieron distinciones en diversos concursos literarios. Dicta talleres y clínicas de escritura.