Historias de pueblo:"Una sombra se afirmaba a la rueda"

Publicamos aquí el cuento completo con el cual el historiador y escritor local Conrad Meier ganó el primer puesto del 1er. Concurso Literario Villa La Angostura- Chateaubriand. De lectura obligatoria.
Historias de pueblo:
09/07/2010
E

xisten hechos que están más allá de la comprensión del común de la gente y permanecen rodeados de un halo de duda y misterio. No se les encuentra racional explicación, pero tampoco puede negárselos. Tal vez ocurran solamente bajo determinadas condiciones o en presencia de personas con especial predisposición para percibirlos, o quizás haya algo más, oculto, de lo que poco o nada se sabe. Tal el caso del último viaje del vapor.

"Nahuel Huapi II" y de los extraños sucesos que a su final acaecieron.


En busca de la verdad acerca del desconcertante episodio que la tradición lugareña databa en un crudo invierno de muchos años atrás, pude conocer esta singular historia de la relación de don Celso, antiguo poblador, y en la actualidad el único protagonista aún con vida de aquella aventura. En su ancianidad apacible se tiene a don Celso por persona íntegra y seria, poco dada a lo fantasioso. Parco y medido, se mostró especialmente reacio en tratar el tema, y hube de insistir, casi rogar, para ganar su confianza hasta lograr lo que me interesaba, el testimonio de lo que realmente sucedió aquella noche en palabras de quien lo había vivido.

Por la época en que tal acontecimiento tuvo lugar hacía muchos meses que el pequeño barco de cabotaje lacustre había sido retirado de servicio, por imposición de las autoridades y de la realidad. Acabada su vida útil, aguardaba el final, el desguace de su desvencijado casco de madera arrumbado en la playa del aserradero de Correntoso. Allí estaba semihundido y con las cuadernas vencidas, con la popa bajo el agua y la máquina inundada, con la quilla apoyada en el fondo de arena pero elevada aún la airosa proa como con orgullo, como negándose a aceptar su destino final.

Durante casi medio siglo el guapo vaporcito que llevaba el nombre del lago grande pero recibiera de los pobladores aquel otro de "Cachirulo" a causas de su aspecto tosco y rechoncho, como mal terminado, había servido a los colonos de las riberas con abnegada fidelidad. Cuando aún no existían caminos que vincularan las aisladas poblaciones costeras, el barquito traía y llevaba cargas y abastecimientos, pasajeros y noticias, efectuaba remolques, auxilios y evacuaba enfermos, afrontando bravos temporales si alguna emergencia así lo exigía.

Y el Cachirulo y sus tripulantes, el capitán don Nico Márquez y el marinero Tiburcio, hombres hechos a su medida porque eran nacidos en las islas chilotas del Pacífico, de allá donde se vive y se muere entre marejadas y tempestades, fueron convirtiéndose en leyenda. Tanto, que aún hoy los ancianos guardan respetuosa memoria, y cuando en ocasiones se encuentran suelen evocar aquellos tiempos pasados en anécdotas que así vuelven a cobrar efímera actualidad.

Un atardecer lluvioso de mates y recuerdos, don Celso decidió al fin acceder ante mis ruegos e insistencias. Oscurecía, y una leve, persistente llovizna caía sobre los montes.

El viejo se acomodó en su asiento y vaciló todavía por instantes, hasta que comenzó a contar:

-Sí, fue por el cuarenta y cuatro, cuando cayó la nevada grande. Era en el mes de agosto, ¡un metro de nieve levantó aquí abajo, nos hundíamos hasta las verijas! Se cerraron los caminos, la gente quedó aislada y todos lo pasamos muy mal. Yo era muchacho entonces, pero recuerdo tanto aquello, como si hubiera sido ayer nomás.

Justamente en esos días enfermó el patrón, de gravedad, y hubo necesidad de llevarlo a Bariloche pues aquí no había doctor. Pero, era imposible ir en coche, el camino estaba totalmente cortado por la nevazón. Para trasladarlo por el lago ninguna de las lanchas estaba en condiciones y entonces, ante el apuro, alguien pensó en el Cachirulo. Era una locura, ¡dos años hacía que no navegaba, porque no daba mas! Fuimos a la playa. Daba lástima, señor, medio hundido y arruinado, lleno de arena y de basura, un despojo abandonado.

 Todo el día trabajamos, y toda la noche, el Lucho y Ernesto Barrientes y yo, y la patrona afligida que nos traía el café negro y comida, y lloraba. Al fin pudimos reflotarlo y tapar un rumbo grande que tenía, con maderas y trapos y una chapa clavada, Bastante costó destrabar las bielas soldadas por el óxido, hasta que logramos aflojar y mover el mecanismo. Encendimos fuego en la caldera, empezó a levantar presión, y aunque perdía fuerza por las tuberías herrumbradas, ¡el cacharro viejo funcionaba todavía!

Partimos enseguida de cargar leña y embarcar al patrón que deliraba debilitado por la fiebre. Lo acomodamos lo mejor que pudimos en la cabina, sobre un colchón y abrigado con mantas. Era oscura la madrugada y el tiempo había empeorado, el viento helado arrastraba aguanieve. Poco alcanzábamos a ver y aunque conocíamos el lago, a ratos creíamos haber perdido el rumbo, hasta que reconocíamos entre las nubadas un cerro, una puntilla, algo que permitía ubicarnos. Por la mañana, al aclarar, ya pudimos orientarnos aunque el mal tiempo se mantenía.

Llegamos a Bariloche pasado el mediodía y no podían creerlo, si casi la autoridad de puerto nos llevó presos por andar sin permiso, después querían cobrarnos multa. Cuando les explicamos las razones, entendieron. Es que de verdad se veía feo y peligroso el “Cachirulo”, descascarada la pintura y escorado por la cantidad de agua que había entrado, con el pedazo de mástil quebrado y torcido y los vidrios de las ventanillas rotos y el agujero donde medio se había hundido la cubierta, podrida la madera. Nos ayudaron a bajar al patrón y enseguida lo llevamos al doctor, que lo internó para operarlo. Era grave la enfermedad, peritonitis o algo así nos dijo, pero se pondría bien. Esa noche alojamos allá.

El día siguiente amaneció con mucho viento, las rompientes espumosas reventaban con toda su fuerza contra la costa y desde la cordillera se venía otro frente de tormenta. Fuimos al puerto a preparar el barco para regresar pero no nos permitían salir, por seguridad. Y tenían razón los de la guardia de prefectura, pero pasó que habíamos estado de farra con amigos en la fonda, festejando bastante toda la noche. Y nos provocaron allí, que teníamos miedo, que no nos atreveríamos a volver por el lago, que… por poco no terminó en pelea.

Al fin hicimos una apuesta. De joven se es muy gallo, no mide uno las consecuencias. Algo en copas, trasnochados y así de porfiados, aprovechamos un descuido de la guardia, soltamos amarras y salimos igual. Sanos y frescos tal vez no lo hubiéramos hecho porque el temporal castigaba muy fuerte.

Cuando dejamos la protección del muelle y ya en lago abierto, el “Cachirulo” empezó a sacudirse, a corcovear y a cabrestear como un potro, y crujía en todas sus juntas. Inmensas olas barrían la cubierta cuando hundía la proa y el agua entraba a baldazos por la escotilla rota. Desde la tierra nos hacían señas de que volviéramos pero no hicimos caso. El Lucho iba al timón, Ernesto a cargo de la bomba de achique y yo abajo, atendiendo la máquina que silbaba y bramaba exigida al máximo.

Avanzábamos a toda la velocidad que pudimos dar al barco, atropellábamos el oleaje de frente, y dábamos tan tremendos panzazos que parecía que el casco se partiría en dos. Nubes de espuma volaban cuando golpeaba en el agua pero no veíamos el peligro, no nos importaba. Teníamos el coraje del mundo y varias botellas de ginebra nos daban más valor, ¿Qué podía pasarnos? Muchachos jóvenes y atolondrados desafiábamos con soberbia la suerte.

Ya nos acercábamos a la Tabla, esa pared de piedra donde más fuerte pega el Nahuel, donde las olas dan contra la roca a pique y vuelven para rebotar contra las que vienen y se arremolinan, y el lago parece hervir como una olla de brujas. Confiábamos en pasar bien, encaramos de lleno una oleada muy grande, otra, y otra, las “Tres Marías” como acá se dice, y tanto tentar al diablo nuestra fortuna acabó. La proa se levantó al cielo y al caer la popa quedó en el aire, la máquina aceleró en vacío, y cuando la hélice volvió a sumergirse se afirmó de golpe, y los pernos de unión del eje no soportaron el esfuerzo y se cortaron. ¡Pucha, que apuro grande!

Quedamos sin gobierno, el barco rolaba en la marejada, daba tales bandazos que metía miedo. Sujetándonos para no caer comenzamos a buscar por todas partes, pero no pudimos encontrar pernos adecuados para reparar la avería. Al fin utilizamos unos parecidos, del mecanismo del timón que quedó así debilitado. Varias horas demoramos en ajustar el eje arrastrados a la deriva y columpiándonos en el oleaje hasta que pudimos seguir la marcha. El arreglo parecía haber quedado firme, pero ya no nos atrevimos a exigir demasiado a la máquina. El casco se sentía pesado por la cantidad de agua embarcada, ya no respondía bien, y aunque nos afanamos con la bomba no alcanzaba a achicar. Lentamente subía el nivel de la sentina.

Era noche cerrada cuando pasamos la Estanzuela. A ratos asomaba la luna de entre las nubes y entonces el lago se veía un mar furioso: cordilleras de agua negra venían hacia nosotros, parecía que galopábamos sobre el oleaje. Por momentos, el barco se atravesaba en el lomo de una ola y escoraba tanto que parecía que se daría vuelta pero no, despacio, volvía a acomodarse. Era muy marinero el “Cachirulo”.

La navegación por esa parte duraba una eternidad, era como si no avanzáramos. El eje se mantenía firme pero el mecanismo del timón se resentía cada vez más por los pernos que faltaban, costaba mantener el rumbo. Y nos preocupaba la falta de leña para la caldera, habíamos consumido más de la prevista. Necesitábamos llegar al reparo de Puerto Tigre o al Vinagre, algún lugar protegido de la costa a esperar a que el viento calme.

Don Celso calló, como para poner orden en sus recuerdos. Resultaba admirable como mantenía memoria de aquella azarosa travesía hasta en sus menores detalles. Olvidamos de recargar la estufa, por unas ranuras brillaban las últimas brasas agonizantes.

Mi imaginación volaba, atrapada por la magia del relato. Era irreal, me sentía como trasladado en el tiempo, estaba a bordo, de cara a la lluvia y al viento, sujetándome por los bandazos mientras trataba de escudriñar en la noche tenebrosa, parecía escuchar los ruidos y los golpes, los crujidos del barquichuelo debatiéndose en la tempestad, el silbar del viento. La voz del viejo rompió el hechizo.

Como decía, señor, algo debíamos hacer para salir de la situación. El timón no soportaría mucho más, la leña se acababa y no podíamos dominar la cantidad de agua que entraba al casco, que se sentía ya muy pesado. Empezó a nevar. Era el viento blanco, ahora no podía verse más nada, ni siquiera la proa del barco. Sentí miedo, de verdad. Me acordé de la Virgen y los santos, les pedí ayuda.

Empecé a echar la leña que quedaba y a atizar hasta que el fuego en la hornalla ardió como un infierno. Gemía la caldera por la presión y la aguja del manómetro se acercaba a la marca roja de peligro. Subí a la timonera, donde Lucho se afanaba en mantener la orientación. Aunque la nieve volada no permitía ver, calculamos que íbamos por la punta del Colorado aunque no estábamos seguros. Bajaba yo a aminorar la velocidad cuando las nubes se abrieron y la luna alumbró la pared de piedra, ahí nomás, al frente, ¡el murallón de la Nariz del Diablo! Enfilábamos derecho hacia allí… ¡casi podíamos tocarlo con la mano!

No atiné a hacer nada, escuché gritar al Lucho que trató de desviar, pero chocamos de costado contra la roca, caí y quedé como atontado. ¡Tantas cosas pasaron por mi cabeza! Con otro golpe se vino abajo la chimenea y del agujero salió un torbellino de chispas, humo y fuego, corrimos a popa cuando reventó la válvula de seguridad en una explosión silbante de vapor caliente que nos envolvió como una niebla, y creo que también se había aflojado el parche del casco. ¡Nos hundiríamos, debíamos saltar al agua, salvarnos!
Entonces, entonces...

Volvió a callar don Celso. Indeciso, parecía avergonzarse de seguir la narración. Hasta allí había yo escuchado con suma atención, sin atreverme a interrumpirle con preguntas, ahora estaba a punto de conocer lo que ocurrió después. Rogué que continuara, pero no se decidía. La espera se hacía interminable.

Esto que le voy a confiar, señor, tal vez no lo pueda creer. Pensará que son macaneos de un viejo ignorante y tonto. Cuando me acuerdo de todo eso que pasó hace tanto tiempo no puedo comprenderlo, como si hubiera sido un mal sueño, nada más… nada más. El Lucho y Ernesto Barrientos ya son fallecidos, nunca nos gustó hablar de este asunto, iban a pensar seguramente que mentíamos, o exagerábamos, o que estábamos mal de la cabeza. Ahora le voy a contar, señor, porque es bueno a veces vaciar el corazón. Solo espero que me crea pues así sucedió:

La sirena, que no funcionaba, empezó a sonar. Ese sonar ronco, profundo, que no terminaba. Como un lamento largo, así. O un llamado. Nosotros tres ahí atrás en la popa, como aturdidos, medio muertos de miedo… Entonces la proa tomó altura y el barco comenzó a avanzar, despacio primero, más rápido luego, navegaba raudo, como en su mejor época, ¡pero nadie conducía al “Cachirulo”!

No podría decirle cuánto después, solamente que momentos antes de que con un impulso que nos hizo caer y rodar encalláramos en la playa, en el mismo sitio en que el casco estaba cuando lo reflotamos días atrás vimos… pudimos ver en la timonera, entre el humo y a la lumbre de las llamas que escapaban del agujero donde había estado la chimenea, una sombra, la sombra borrosa de alguien que se afirmaba a la rueda… Y los gritos, señor, voces de mando que se escuchaban entre el viento y el bramar del temporal… ¡Fuerza Tiburcio, fuerza!… ¡más presión a esa máquina, caracho!

Nos atrevimos a mirar, y le juro, señor, que allá abajo también había alguien afanándose con el atizador en la hornalla de la caldera. Esa voz, esos gritos ¡si era el mismo capitán Márquez!
Le creo, don Celso, claro que sí, no veo razón alguna para no hacerlo. Porque lo dicho, hay cosas que no tienen explicación. O quizás sí exista quien conoce las respuestas, no lo sé.

Don Celso nunca volvió a subir a embarcación alguna. Y el antiguo vaporcito Nahuel Huapi II, al que los pobladores de las riberas llamaban el “Cachirulo”, terminó desguazado en la primavera de ese año 1944, el de la gran nevada. Fueron retirados los elementos aún utilizables, también la máquina, algunos nostalgiosos se llevaron piezas de recuerdo, y lo demás se quemó allá en la playa del aserradero de Correntoso.

Conrad Meier.

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