Manu Chao: Clandestino

“Las letras sobre libertad, la efectiva y precisa combinación de ritmos que conviven en sus temas, reivindican su condición de ciudadano del mundo”. Por Ale The Rose.
23/07/2010
Manu Chao: Clandestino
Manu Chao: Clandestino

Cuando era un pibe aprendió del rigor intelectual de su padre, un francés intelectual que era corresponsal en París de la revista Triunfo y también un músico de entre casa.
Ramón Chao, el papá, contó posteriormente cómo su hijo impresionó a alguno de sus amigos, como Alejo Carpentier, que le regaló su primer instrumento de percusión, o Antonio Saura.
Para hacerle ganar algún dinero, a los catorce o quince años lo mandó hacer algunas fotos de sus reportajes y, tras una entrevista, cuenta que Felipe González le dijo: “Este chico va a ser alguien”.
Se dejó enamorar por el punk, especialmente después de ver a The Clash en un recital y, desde 1985, empezó a tocar en bandas, que formó su hermano mayor, Antoine. En aquel entonces estaba metido de lleno en la movida alternativa rock de París, que se desarrollaba en algunos locales improvisados como bares, casas ocupadas o fábricas abandonadas.
El espíritu trasgresor que hasta hoy lo caracteriza y el rechazo a los canales convencionales fueron en Mano Negra un sello bien característico que nació en esta escena. Estoy hablando de Manu Chao, un clandestino por naturaleza.
En 1987 formó esa banda: Mano Negra, un grupo multirracial junto con su hermano Antoine (trompetista) y su primo Santiago Casiriego (batería). Empezaron tocando en el subte de París y enseguida llamó la atención por su explosiva combinación de músicas: rock, hip-hop, salsa y, por supuesto, punk; todo esto cantado en francés, español, inglés y árabe. Manu escribía las canciones y era el líder en todo sentido del grupo. En junio de 1988 publicaron su primer disco, titulado con el nombre con que bautizaron su peculiar estilo: Patchanka.
Se sabe y se dice que la historia la escriben los que ganan. Lo que se olvida generalmente es que, a veces (más bien pocas, pero pasa), ganan los que se lo merecen; y, en este caso, hicieron hace poco un DVD doble. Eso es Out of Time: la prueba de que hubo una Mano Negra, la historia oficial. El testimonio escrito por los colonos del rock latino, mestizo, imbatible.
Han corrido mares de tinta sobre la movida cultural que significó tanto Mano Negra a principios de los ’90, como la sacudida inesperada que alcanzó la prosa limpia y siempre esperanzada, durante su década solista.
Lo que también quedó claro en los últimos años es que Manu Chao (que considera que su carrera ya está hecha y que lo que viene después de Clandestino es sólo por el placer de seguir) prefiere andar de paseo con su tropa antes que estar sentado frente a un monitor escribiendo sobre la esperanza y nada más. Además, si bien sus shows en vivo tuvieron una línea sonora y conductora desde 2007, cuando Manu Chao decida (todavía no es seguro) entrar nuevamente a un estudio, su futuro musical seguramente estará más cerca de “los musicarios”, los “asesinos de rumbas”, y de su esperado disco en portuñol, que de la estructura compositiva que debería hacer un cierre de trilogía con La Radiolina.
Desde que comenzó su carrera solista publicó varios discos construidos sobre una base explosiva mezclando reggae, ska, hardcore, punk y hasta tecno: Clandestino (1998), Próxima estación esperanza (2001), Radio Bemba Sound System (2002) Siberie m'etait contée (2004), La radiolina (2007) y el álbum doble la Baionarena (2009), entre otros.
Las letras sobre libertad, la efectiva y precisa combinación de ritmos que conviven en sus temas reivindican su condición de ciudadano del mundo, un tipo que no se queda quieto, su compromiso con aquellos a los que “se les niega el día” y su filosofía singular y misteriosa, esa que lo llevó a viajar con la mochila al hombro llena de sueños de una punta a otra del planeta. Donde lo mismo se lo puede encontrar tocando con grupos de hip hop en las calles de Mali, recorriendo barrios de ese México profundo y duro, en la cancha de All Boys en nuestras pampas o compartiendo con los habitantes de los guetos de Europa, como también cantando y brindando su apoyo incondicional a los refugiados saharauis, al sur de Argelia, una de las causas, entre tantas, a las que más se aferró.
La relación de Manu Chao con la Argentina fue intensificándose desde que arrancó su década solista. Empezó fuerte con la visita de prensa que hizo en 1998, cuando estaba por estrenar “Clandestino”, cuando todavía tenía buena relación con Fidel Nadal y el sello de Todos Tus Muertos, por el que conoció a los Karamelo Santo.
“Clandestino” fue un disco que tardó en arrancar, pero que terminó vendiendo unos cuantos millones de copias, aparte tuvo y tiene millones de bajadas digitales.
La salida de “Próxima Estación: Esperanza” (2001) se hizo en un momento en el que parecía no haber más noticias de este trovador, pero aparecían aquellas noticias de sus contactos con Radio La Colifata. Y antes de la salida del también demorado “La Radiolina” (07) anduvo marchando su humanidad por Mar del Plata en la movilización anti Bush por la Cumbre de las Américas. En medio tuvo un interruptus afrancesado cuando editó “Siberie m’était contée” en 2005 que sólo lo disfrutaron en el mercado francés, con un hermoso libro del dibujante polaco Wozniak. Pero desde aquellos inolvidables shows en Mendoza y Rosario, en mayo de 2000, este chico grande cultivó ese otro perfil que mejor juega y que más le gusta: el del cantaor, guitarrita en mano, militante social, payador de cuanta patriada por causas justas haya “por la calle”: la casa de Hijos y el barrio del Padre Contreras en Mendoza son sólo algunos ejemplos.
Este chico común y su pasión por el rock, el fútbol, la literatura y la marihuana de libre consumo nos muestra que la lucha por un mundo mejor es posible si cada uno desde su lugar se lo propone.
No importa quien seas.
Ale The Rose