MEMORIAS

La historia de Jean Pierre: "La llegada de Eric, el Naufragio del Pelícano, la fábrica de chocolates y los precursores del Club Andino"

En esta entrega, Jean Pierre Raemdonck escribe sobre distintos eventos y momentos que marcaron la década del ´70.
La historia de Jean Pierre:
27/02/2021

En diciembre de 1970, vino a instalarse en Angostura, Eric, el hermano de Jean con su esposa Amalia, acompañados de Martine que venía a  pasar el verano en su chalet como lo hacía cada año. Me reencontraba así con mi familia adoptiva. Eric, recién diplomado Ingeniero agrónomo, iba a administrar la propiedad de “Las Piedritas” y se convirtió en el primer guardabosque provincial de La Angostura. A partir de entonces, Parques Nacionales no iba a intervenir más en la zona municipal que dependía, a partir de entonces, de la Provincia del Neuquén.

Eric y Amalia con la señora Knap.

En 1972, Eric cortaba cipreses muertos en su propiedad y los vendía en rollizos con poco beneficio. Por mi lado, recién había perdido mi barco y le ofrecí formar una sociedad para aserrar los rollizos. No teníamos el capital para armar un aserradero, pero había un aserradero abandonado. Con la condición de ponerlo en funcionamiento, su dueño, Sr. Pascotto, nos autorizó a usarlo. Pero le faltaba muchos elementos importantes, entre los cuales el motor. De ahí la historia del tractor conseguido en la misión de Ruca Choroy.  Las instalaciones se encontraban en muy mal estado. 

El aserradero Pascotto en el momento de recibirlo en préstamo.

También nos encontramos con el problema del camino de acceso, inutilizable para camiones cargados de pesados rollizos y el cual tuvimos que enripiar.

 Penélope empantanada en el acceso al aserradero. 

 Por suerte no había problema de comercialización. El fabricante de muebles “Luque”  de Bariloche nos compraba toda nuestra producción. El problema era producir. Después, para evitar el transporte hasta el aserradero Pascotto decidimos instalar un pequeño aserradero en el terreno de Eric.

Don Bustamente ayudando en la instalación de nuestro nuevo aserradero.

 

Desgraciadamente cuando nuestra empresa empezó a mejorar, quedamos sin madera, lo que puso fin a nuestra sociedad.

Necesitaba encontrar una nueva actividad. Poco antes de la sociedad con Eric, había perdido mi lanchón en su naufragio frente a Bariloche. Lo había alquilado a una empresa que hacía el estudio de suelo para la construcción del nuevo puerto de Bariloche. Durante dos días me había quedado a bordo, mientras los técnicos hacían el estudio submarino del suelo.

Todas sus máquinas se encontraban a bordo y yo estaba listo para levantar el ancla si se levantaba un temporal de viento. Cómo el tercer día era tranquilo, acepté la invitación de Hella Garagnani, para festejar el cumpleaños de su padre Horst Thienemann, constructor naval de varios barcos, entre los cuales el Pelícano. No podía rechazar esta invitación. Desgraciadamente, después de la cena se había levantado un fuerte temporal y me fue imposible volver a bordo.

El botecito que me servía para reembarcar, se daba vuelta a cada tentativa. Al día siguiente esperé angustiado el socorro prometido por la empresa de navegación “TURISUR” que desgraciadamente, no llegó. Y al segundo día, el temporal seguía, y poco a poco las grandes olas llenaban el casco con la consecuencia de aumentar la fuerza de inercia del peso de la embarcación, que rompió sus amarras y se precipitó sobre las rocas de la costa. En calzoncillos, frente al Hotel Tres Reyes recuperé del agua helada solamente el motor y algunas herramientas, mientras una pobre gente llevaba pedazos de madera para  calefacciones.

En poco tiempo quedaba solamente el esqueleto del pobre Pelícano que me había servido durante siete años. Él me había enseñado tantas cosas sobre la geografía de los alrededores del lago, de sus habitantes y de sus actividades. Si hubiera quedado todo ese tiempo en La Angostura, nunca hubiera capitalizado tanta experiencia.

 El Pelícano antes del Naufragio.

 

 
El Pelícano después del naufragio.

 

Al terminar el aserradero con Eric, en 1973, yo tenía 35 años, de los cuales doce en actividades múltiples en la región del Nahuel Huapi. Ese conjunto de actividades tan variadas (de restaurador, de transportista lacustre, de camionero, de aserradero, etc…) me hacía pensar en la historieta inglesa  ¿WHO MOVED MY CHEESE? (¿Quién movió mi queso?). La historia es muy simple y seguramente que ha salvado mucha gente. Se trata de dos lauchas y dos pequeños hombres liliputienses en un laberinto, donde se encuentran escondidos unos magníficos quesos. Cuando los cuatro actores encuentran un espléndido queso en la estación C, se acostumbran a ir todos los días a recoger algunos pedazos, aprovechando así una vida sin problema, hasta el día que se termina el queso. Entonces el autor estudia las reacciones de los cuatro personajes.

Cómo cada uno acepta o no acepta su situación y cómo reacciona. ¿Adivinen cómo termina la historia? En mi caso, me di cuenta que soy parte de la categoría de las lauchas, no bastante inteligente para prever que un día el queso se terminaría, pero animadas por su instinto, volvían inmediatamente a buscar una nueva fuente de comida, mientras los pequeños hombres perdían mucho tiempo en lamentarse. El instinto natural de las lauchas las salvaba. Muchas veces el hombre a pesar de su inteligencia no admite sus errores. El problema, lo tiene en sí mismo, y es solamente cuando llega a reírse de su propia necedad, que descubre un nuevo y mejor queso. Lo que no es fácil.

Si todavía tienen la paciencia de leerme, les contaré cuales fueron mis nuevas experiencias, después de esos doce primeros años sobre y alrededor del Nahuel Huapi.

Después del naufragio del Pelícano y el fin de mi actividad con Eric, tuve que ponerme a la búsqueda de un nuevo queso. Esa época coincidía con el regreso de Michel de Bélgica. En Bariloche, Irma, la empleada de la casa de Hella Garagnani, me había contado que su cuñado Héctor, trabajaba en la famosa chocolatería “Fenoglio” y que derretir y mezclar chocolate con nueces, avellanas, pasas de uva y otros ingredientes no era nada complicado. A Michel, le pareció buena la idea y tomamos contacto con Héctor, quien aceptó entrar en sociedad con Michel para instalar en Los “Tres Mosqueteros” una pequeña “Fábrica de Chocolate”.

Es así, que en diciembre de 1972 empezaba la producción del “Chocolate Los Tres Mosqueteros” que fue desde sus principios un éxito. Además, Héctor producía excelentes pasteles (Apfelstrüdel y otros) que se agregaban a los wafles, a la hora del té en “Los Tres Mosqueteros”. Desgraciadamente la mujer de Héctor no quería venir a vivir a La Angostura.  Héctor nos pidió abrir una sucursal en pleno centro de Bariloche, que su mujer iba a  administrar.  

Fuimos demasiado buenos por aceptar su petición. Fue un costoso contrato de locación en el local de una galería de la calle Mitre, seguido de su amueblado. El fabricante de muebles Luque, a quien con Eric vendíamos madera, nos explicó cómo fabricar lindas vitrinas y nos permitió usar su taller para fabricarlas. Quince días después  la “Señora de Héctor” reinaba con su bebé en brazos en el local. Según Héctor, la venta en Bariloche iba a ser mayor a la de La Angostura. Pero no había previsto que era pedir demasiado a su buena esposa.

Perdíamos en Bariloche lo que ganábamos en Angostura. Eso no podía durar más. El dueño del local de Bariloche no aceptaba anular el contrato de locación y no alcanzaron los beneficios de verano en Angostura para cubrir los gastos de indemnización exigidos por Héctor además del pago de varios meses de alquiler exigido por el propietario del local.

La fábrica de chocolate “Los Tres Mosqueteros”.

A partir de ese momento, Michel quedó solo con su Fábrica de Chocolate “Los Tres Mosqueteros”. Durante muchos años varios turistas  pasaron a comprar miles de cajas de suculentos chocolates con almendras, nueces, etc. La fábrica se resumía en una gran olla, puesta a “baño maría”, en la cual  derretían barras de chocolate “Suchard” a las cuales se agregaba los ingredientes. Michel, verificaba la temperatura con una gota del chocolate en su labio inferior.  Comprobado esta, vertía con habilidad la preciosa y perfumada mezcla sobre una mesa fría, la estiraba con una espátula de pintor y la dividía en pedazos iguales. Nuestro nuevo queso había tomado un gusto a chocolate. Héctor volvió a trabajar en la fábrica Fenoglio en Bariloche y quedamos en buenas relaciones con Irma y su hermana.

Durante ese tiempo, Eric y yo habíamos hecho la repartición de los restos de nuestra sociedad, detenida por falta de madera. Me quedaba con el famoso tractor “Landini”, el aserradero y una sierra de carpintería con la cual empecé una pequeña industria maderera atrás de mi casa. Michel y yo, teníamos cada uno nuestro negocio.

En esa época, aparecían las familias de Buenos Aires con deseo de construir su chalet de vacaciones. La única carpintería en el pueblo era de la familia Soto. El padre Soto y sus hijos, chilenos, muy trabajadores, sabiendo trabajar muy bien la madera, tomaban casi todos los pedidos. Por mi parte, no había hecho en mi vida, ni puertas, ni ventanas, ni techos. Lo único a mi favor era de haber nacido un 19 de marzo, día de San José, gran carpintero en su época, sobre quien podía contar.

Me metía en una nueva aventura. Primero, había que encontrar cipreses muertos, porque los vivos estaban protegidos, pagarlos y hacerlos marcar por el guardabosque. Entonces, voltearlos, eliminar las ramas, amontonar los rollizos al borde de los caminos con los bueyes, hacerlos marcar de nuevo por el guardabosque antes de llevarlos en camión para aserrarlos en vigas y tablas. Para trabajar esta madera en carpintería, había que dejarla secar entre listones, por lo menos un año.

Por suerte, se vendían los tirantes para techos, apenas aserrados. Para la carpintería disponía de tres carpinteros, el papá y sus dos hijos, buenos carpinteros, era la familia Retamal. Desgraciadamente, muchas veces las puertas se torcían apenas colocadas y había que rehacerlas. Defecto típico del ciprés, “Banana-wood” como lo nombran los ingleses a esos tipos de madera nudosa.

En realidad se trataba de un nuevo queso, bastante difícil de digerir. Hubiera sido mucho más simple elegir otra actividad más fácil y mucho más rendidora, como la compra y venta de terrenos, o hacer conocer la zona guiando turistas. Pero gracias a esa nueva experiencia, completaba mi formación práctica, para emprender pocos años después la construcción del Centro de Esquí Cerro Bayo.  

Esa actividad llegó sin que me diera cuenta. Con la venta de los wafles de Michel en Cerro Catedral, me había dado cuenta de la importancia de ese deporte invernal en nuestra zona turística. Probé convencer unos vecinos de lo bueno que sería para Angostura. El dueño del alquiler de esquís de Catedral nos había regalado una buena cantidad de esquís en desuso y durante el invierno de 1973, con Michel, pudimos entusiasmar unos amigos a acompañarnos los domingos al límite con Chile para “Esquiar” con larguísimos esquís de madera atados con cinta de goma de cámaras de neumáticos.  A pesar de la ayuda de un libro explicando la técnica, no conseguíamos  practicar la  “Cuña” con nuestros equipamientos.

Los únicos convencidos eran: los Fabreguette, Mazza, Vanegas, Martínez y algunos más, encantados con ese programa dominical. La mayoría subían atrás en la camioneta, mal protegidos por una lona agujereada. El resto de los pobladores nos consideraban como los locos del pueblo, cuando nos veían salir bajo las fuertes lluvias invernales. Pero no podían imaginar lo que descubríamos en esta majestuosa Cordillera y mucho menos que éramos los precursores del Club Andino Angostura.

Los precursores del Club Andino Angostura en la Cordillera.
 

 Un día, durante ese invierno de 1973, después de haber ido unos domingos a esquiar en la Cordillera al costado de la ruta internacional, nevó en el pueblo y el domingo siguiente, nos dimos el lujo de esquiar sobre la cancha de golf de Cumelén. Poco después, inaugurábamos una  pista de esquí en pleno centro del Cruce, atrás de los edificios de gendarmería, todavía sin medio de elevación, como en el primer Centro de Esquí de Otto Meiling, sobre  el Cerro Otto en Bariloche.

Podíamos así difundir lo poquito que habíamos aprendido. Varios se entusiasmaron y otros se dieron cuenta que no éramos tan locos. El año siguiente, esperando la nieve, fabriqué un pequeño telesquí portátil con un reductor, un motor eléctrico, una rueda de coche y una de moto, alimentado por la corriente eléctrica del pueblo. Pablo Riechter, el exigente gerente de la Usina Eléctrica, se había dejado convencer de conectarnos a la red con un medidor de consumo.

El primer Centro de Esquí de Villa la Angostura en 1974 con su Telesquí (lado izquierdo de la foto).  

Es así que en 1974 se inauguraba en Angostura un mini Centro de Esquí. No había boletería, porque los pases eran gratis e invitábamos a todos a hacer su bautismo de esquiador. El espectáculo divertía a todos.

El primer telesquí de Villa la Angostura en la cancha de Gendarmería.
Precursores del C.A.V.L.A. en la cancha de gendarmería.

Hubo nieve en el pueblo durante más de un mes y muchos bautizos. Un día, durante las vacaciones invernales apareció una familia numerosa de Buenos Aires. Era la familia Furlong, que a partir de ese invierno volvieron cada año a esquiar en La Angostura, sumando ahora los nietos y bisnietos. 

Cuando se derritió la nieve en nuestra pista, desesperados, levantamos los ojos al cielo para darnos cuenta de la blancura del cerro más cercano. El Cerro Bayo, nombre que le habían dado los primeros colonos por su color parecido al color de unos caballos. Allí aparecía una linda pendiente nevada. El  domingo siguiente teníamos que subir este cerro. Fue un gran desafío, a través de matorrales de cañas y vegetación a veces casi impenetrable, en nieve cada vez más profunda, hasta llegar al nivel 1.500. Allí, descubríamos lo que iba a ser nuestro futuro Centro de Esquí. Era esplendido, a no creer lo que veíamos. 

 

 Un panorama único del lago Nahuel Huapi, con la imponente Cordillera ante nuestros ojos. Me daba cuenta que estábamos sentados sobre un tesoro que teníamos que abrir. Una pequeña montaña de solamente 1780 m, pero con bastante nieve a partir de los 1200 m. para esquiar con un panorama hermoso en todo su entorno.

 
 
Beatriz y Mario Fabreguette. 
Michel con Gino Martínez descubriendo el Bayo.

El verano siguiente de 1974/75, decidí construir una segunda casa vecina a la primera, utilizando  los tirantes y tablas producidos en mi aserradero así que las puertas y ventanas eran fabricadas en la carpintería. Es entonces que apareció Francisco Gaete. Un coloso chileno, cubierto con el sombrerito típico de Chile. Viudo, padre de ocho hijos, partidario del General Pinochet, había tenido problemas en su país, en el momento del gobierno de la “Unidad Popular”. El defendió a su patrón cuando se producían las tomas de los fundos, por lo que  tuvo que emigrar a la Argentina. 

Cuando Francisco llegó a Villa la Angostura, inmediatamente se puso a la búsqueda de un nuevo patrón, averiguando con sus compatriotas a quien tenía que elegir. Tuve la suerte de ser el feliz elegido. Francisco llegó solo, sin sus hijos; muy trabajador y muy honesto, podía contar sobre él tanto para manejar los bueyes, el camión o el aserradero. Hacía de todo. Acepté alojarlo en mi casa mientras le construyéramos una casa atrás del aserradero. Cocinaba con poco dinero los platos típicos chilenos, especialmente los pucheros que alimentaban bien. A continuación, apareció un hijo tras otro. Todos bien educados, siempre listos a colaborar en los trabajos de la casa. No era la limpieza de un hotel cinco estrellas, pero no me preocupaba por eso. Soltero, me había convertido en el tutor de una familia de seis hijos (dos hijas casadas, se habían quedado en Chile). Al anochecer, después de las tareas escolares, organizábamos torneos de ajedrez que se habían convertido en el pasatiempo preferido de la familia. El padre, muy orgulloso debía ganar sus partidos. 

Francisco, nacido en 1925 en un fundo, donde se había quedado hasta el momento de “Las Tomas”, que eran expropiaciones ilegales de las tierras por los partidarios del Presidente Allende. Ellos expropiaban los fundos sin ningún derecho, matando los dueños en algunos casos. Eran verdaderos criminales. El presidente había perdido el control del país y un gobierno militar dirigido por el General Pinochet tuvo que intervenir con  los abusos que provocaron esta intervención. Algo parecido a la guerra española de 1930 cuando intervino el General Franco. Francisco no había vacilado en defender a su patrón y nunca supe la razón exacta por la cual tuvo que expatriarse. Durante su niñez, hacía cinco kilómetros  descalzos para llegar a la pequeña escuela rural de Río Bueno, dónde el programa de estudio obligatorio era de tres años. Cuando terminó el tercer grado, su maestra le pidió de ayudarla a enseñar. Era demasiado trabajo para ella sola  enseñar los tres grados. Francisco estaba orgulloso de esta tarea. Después empezó a trabajar en el fundo que lo había visto nacer, llevando sobre el hombro bolsas de trigo de ochenta kilos y convirtiéndose en campeón de futbol  del pueblo de “La Unión”.  

Arriba: Ruth, Eva e Iris  /  Abajo: Francisco, Nancho, Mario y  Pato.

Desde los primeros días, me impresionó su buena educación y su responsabilidad. No ayudaba solamente en el aserradero, también en los trazados de circuitos de motocross, la construcción del techo del salón parroquial, la construcción del primer refugio del Club Andino, etc. Siempre bien dispuesto, no tenía miedo al trabajo. Su ex patrón,   descendiente de los colones alemanes del sur de Chile, le había dejado la “Cultura del Trabajo”. 

El 18 de junio 1974, se fundó el Club Andino Villa la Angostura, del cual fui presidente hasta 1984. Con ese evento empieza una nueva historia muy importante para el pueblo. Una historia de amor por la montaña con todas las actividades que ofrece.

Durante la primera reunión del Club, propuse la realización de un refugio a construir en la cota mil quinientos del Cerro Bayo. El acuerdo fue unánime. Deseaba que un máximum de los habitantes participen en el proyecto. Nos dirigimos a la directora de la escuela Cristina Hensel y a varios vecinos. Les pedíamos que nos ayuden a trepar con unos materiales para la construcción del refugio. Cada uno tenía que comprometerse a subir una tabla o un paquete de clavos, o un marco de ventana, u otros elementos.

El Camión Municipal trayendo varios voluntarios.
Algunos de los voluntarios antes de la subida.
La directora de la escuela, Cristina Hensel, llevando sus dos tablas para la construcción del refugio.
Los hermanos Quintupuray llevando varias tablas.

Muchos habían respondidos a ese inolvidable “Acto Simbólico” del nacimiento del Centro de Esquí Cerro Bayo. Bajo el emblema patriótica belga “La Unión hace la Fuerza”, parecía una interminable cola de “Sherpas” escalando la montaña, llevando las primeras piedras del Centro de Esquí de Angostura, con el método inglés: “Think Big and Start Small” (Piensa en grande y empieza en pequeño).  

Los niños de la escuela precedían los adultos. El barman del Hotel Correntoso, Fritz, ex oficial de la marina alemana, después de 10 minutos de escalada, pagó a un joven para que le lleve su carga. Fue una linda aventura para el pueblo. Todos no llegaron al nivel 1500, pero habían demostrado su interés en el proyecto del refugio. Días después, la gendarmería nos facilitó dos excelentes caballos. Mario Fabreguette y Horacio Mazza hicieron varias escaladas con los caballos bien cargados para llevar a Francisco Gaete y Evangelista Quintupuray los materiales indispensables.

La empresa de transporte Mario/ Horacio y sus vehículos 4 X 4.

La estructura y las paredes se hicieron con troncos de lenga cortados en el lugar. Cuando llovía, los caballos bajaban por la senda, deslizando sentados sobre sus colas, lo que ofrecía a Mario y Horacio un espectáculo de lo más cómico. 

Evangelista Quintupuray,  descendiente del pueblo araucano, nos había ayudado con su hermano Eugenio en el aserradero que teníamos con Eric. En el momento de la división de la sociedad, Eugenio se quedó con Eric y Evangelista se convirtió  en el capataz de mi aserradero. Todos lo llamaban “Capataz”. Se entendía muy bien con Francisco y habitualmente, trabajaban juntos. A  veces, parábamos las actividades del aserradero más temprano para ir a trabajar al refugio. Cuando recuerdo estas escaladas, hoy me sorprende el estado físico que teníamos. Por mi parte, trepaba con mi moto BSA de Trial la primera parte, hasta un campamento que teníamos a mitad del recorrido.

Horacio Mazza, J-P, Francisco, Mario Fabreguette y acompañantes en el principio de la construcción del Yeti.
La estructura con postes de lenga del Refugio “EL YETI”
El “YETI” en construcción.
Fin de semana en el YETI terminado.

 Una vez terminado su construcción, lo bautizamos con el nombre del famoso monstruo del Himalaya “EL YETI”. Subíamos los fines de semanas cuando aparecía la nieve. Habíamos instalado un pequeño telesquí con un motor “Sachs” de motocicleta, para el cual teníamos que subir nafta, además de los esquís, bolsas de dormir, alimentos, etc. Cuando la nieve era abundante y profunda, demorábamos hasta cinco horas para llegar al refugio. Eran verdaderas epopeyas para alcanzar nuestro paraíso, lejos de todos los problemas de un pueblito como era Villa La Angostura.

Un día invitamos el intendente Armando Mazza a acompañarnos para mostrarle nuestro Centro Invernal con su prestigiosa vista y nuestro pequeño refugio. No podía creer lo que veía y decidió interesar al Gobierno de la Provincia en nuestro proyecto. Tenía buenas relaciones con el Gobernador Felipe Sapag, quien le prometió su ayuda. El ministro de Desarrollo y Turismo decidió que había que presentar un proyecto al Fondo Monetario Internacional para conseguir los fondos necesarios. El Gobierno Provincial se iba a hacer cargo del desarrollo del Centro a su manera, bien diferente de nuestro leitmotiv “Think Big and Start Small”.  Sólo nos quedaba esperar la realización de un Súper Centro de Esquí, financiado por el FMI. La Oficina de Estudio de Arquitectura “Aslan-Ezcura” de Buenos Aires que había realizado el Estadio de Futbol más importante de la Capital, fue encargado de hacer el proyecto. Nos llamó la atención que la Provincia hubiera elegido un estudio situado en un lugar dónde nunca cae nieve, pero en realidad, el motivo del Ministro de la Provincia era la realización de una hermosa carpeta a presentar al FMI. Por suerte los arquitectos eran gente responsable, consciente de su falta de saber en la materia y llamaron a Pedro Klempa, director de la escuela de esquí de Cerro Catedral para aconsejarlos.

La comisión de recepción del CVLA recibe a Pedro Klempa.

Apenas llegados a nuestro refugio, Pedro Klempa acompañado de uno de sus colegas, el profesor Roberto Thorstrup, se colocaron los esquís y nos  pidieron que los siguiéramos. Ellos se deslizaban sin dificultad, mientras que  nosotros nos costaba alcanzarlos. En un cierto momento llegamos a un lugar congelado, muy inclinado que se acercaba cada vez más a la vertical (El cañadón). Bastaba un falso paso para precipitarse en el fondo del barranco. Lo único que nos tranquilizaba era el dominio seguro de Pedro y Roberto, pero nuestros corazones latían a 120 pulsaciones por minuto. Después de ese momento difícil, ellos nos hacían descubrir una espléndida pista de esquí (la pista provincial). Para Pedro y Roberto, no había duda que el proyecto se tenía que realizar allí. Unas semanas después, un helicóptero los llevaba a la cumbre del Bayo para que prueben y confirmen esta pista para empezar el proyecto de la ubicación de las instalaciones.

 

Desgraciadamente este lugar ideal se encontraba en zona de Parques Nacionales. Sin su acuerdo era imposible disponer de esa parte de la montaña. El Gobernador tuvo que pedir a su hermano Elías Sapag, Senador Nacional, para que solicite la transferencia de ese pedacito del  Territorio Nacional a favor de la Provincia. Lo que no se iba a conseguir de un día para el otro. Y decidimos no esperar este súper proyecto al cual dimos el nombre de Pista Provincial, y mientras tanto, seguir con nuestro modesto proyecto y nuestro método de “Think Big and Start Small”. En primer lugar, estudiar la posibilidad de una ruta hasta el refugio “El Yeti”.

Nuestro Intendente, Armando Mazza, padre de dos miembros muy activos del Club, Nucho y Horacio, consiguió que la Provincia nos mande un ingeniero para el estudio de esa ruta de montaña. Y a principios del verano de 1974/75, llegó el Ingeniero Don Aguiar Fonseca que se quedó todo el verano, realizando un hermoso trazado de ruta con pendientes de menos de 7% de inclinación sobre el faldeo sur-oeste del Cerro Bayo, hasta el nivel 1.500. La Provincia pagaba sus honorarios y nosotros, teníamos que alojarlo y conseguirle los caballos y dos ayudantes con herramientas para hacer las picadas indispensables en el monte. Don Fonseca hizo una obra de arte a pesar de los inconvenientes de la falta de visibilidad en una vegetación virgen, de los días de mal tiempo, del calor acompañado de los tábanos, de los caballos que se escapaban, etc. Nosotros hacíamos lo posible para ayudarlo.

Ese verano había alquilado mi casa del Cruce a una familia de Buenos Aires. Michel y yo alojábamos en una pieza de Los Tres Mosqueteros y en esos días había aparecido Lily, la esposa de mi amigo Charles. Ya hacía diez años que Charles y Lily vivían sobre el Pacífico, a bordo de su velero, y habían decidido venir a visitarnos desde Australia. Como Lily se mareaba mucho durante las largas travesías, ella había venido en avión, adelantando Charles que venía navegando en solitario por el extremo sur del Pacífico, cerca de la Antártida donde durante unos días se encontró con olas de 7 metros. Lo que no hubiera aguantado Lily. Ella ocupaba un dormitorio en Los Tres Mosqueteros y tuvimos que agregar una cama en el nuestro para Don Fonseca. Lily estaba muy inquieta para su marido, sabiendo el peligro de los temporales en el sur del Pacífico. 

 Lily con Pirate.

 

Gracias al radio-aficionado Lamunière  de Bariloche, un día pudo entrar en contacto con Charles, que explicaba que era imposible usar el sextante para conocer su posición en el océano, por culpa de las inmensas olas (no existía todavía otra forma para ubicarse en el mar). A pesar de su inquietud, Lily mantenía su confianza y su buen humor, ayudando en los Tres Mosqueteros, en plena temporada de verano. Ella se encariño de mi caballo Pirate que me había regalado Susana Ortiz Basualdo, de la Estancia Huemul, para mi trabajo en la montaña. Ella lo cuidaba y lo montaba diariamente.

Al final del verano, Charles nos avisó que recién había anclado en Valdivia. Salimos a buscarlo. Festejamos su llegada en el Club Náutico de Valdivia. De regreso a La Angostura, Lily presentó a Charles nuestro pequeño mundo y después de un mes, los dos volvieron a Valdivia donde vendieron su barco (Le Loup Maran, que se encuentra hoy día todavía allí) y regresaron a Bélgica donde fabricaron una nueva embarcación. 

El ingeniero Fonseca había traído su mujer “Coca” y una casa rodante que instalaron al pie de la montaña, al lado de la familia Álvarez, quienes nos ayudaron mucho. Al lado de su casa, teníamos nuestra base dónde estacionábamos y tomábamos un mate, antes de emprender las trepadas hacia el refugio.

Don Fonseca en el centro y Don Álvarez a la derecha.

Fuente: https://jpraemdonck.blogspot.com/

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