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JUGUETE RABIOSO

Hoy compartimos “Breves notas sobre Lionel Rivas Fabbri” de Miguel Selser

En la entrega 28 de la sección que cura Diego Reis, hoy compartimos una serie del  docente, escritor de la vecina ciudad de San Martín de los Andes.
02/04/2023
Hoy compartimos “Breves notas sobre Lionel Rivas Fabbri” de Miguel Selser

Breves notas sobre Lionel Rivas Fabbri / Por Miguel Selser *

 

Un ferroviario cansino

me habla de rieles muertos

(Concordancias, Ciclos II)

 

Deseado mon amour

 

Me preguntó y le dije que sí, que en junio de 1943 se había publicado póstumamente en Buenos Aires el cancionero de Juan de Mairena, profesor imaginado por Antonio Machado, quien ya en 1936 había comenzado con una primera y única publicación en Madrid. En la introducción Mairena comenta que el filósofo Abel Martín dijo que “Las palabras, a diferencia de las piedras, o de las materias colorantes, o del aire en movimiento, son ya, por sí mismas, significaciones de lo humano” y luego, Mairena le escuchó decir a Meneses: “Pronto el poeta no tendrá más recurso que enfundar su lira y dedicarse a otra cosa”.

Caminó por el zaguán hasta la puerta que daba a la cocina, entró. Lo seguí sin invitación. Continuamos charlando sobre Mairena, Martín y la idea de que el poeta no le es dado fundir la moneda para labrar su joya, que las palabras no son sólo sonidos, sino además son esas significaciones estructuradas por el espíritu. Después de comer, pasamos a una sala con pilas de libros por todos lados. Se quedó parado junto a la ventana mientras oteaba la estepa que ancha se desplegaba hacia el poniente y el mar océano implacable hacia el naciente. En la mano todavía llevaba el plato con lo poco que quedaba de paella, lo apoyó en una mesita y tomó un trago de vino. Un momento después me confesaba su preocupación por el hecho de narrar, que tan misterioso se le aparecía cada vez. Los coirones y el pórfido costero se precipitaban por el pedrero. Esta ventana me aporta la substancia necesaria para escribir, o sea, su significación, me dijo. Él trabajó su manera de cantar, que es la historia de su encontronazo con la piel del mundo. Ese canto sensible de pelos parados y escalofríos, que son los huéspedes olímpicos que se desviven por estar en su poesía colmada de adjetivos nimbados de música, Lionel Rivas Fabbri encontró lo que Abel Martín no supo encontrar, ese color inabarcable y eterno que nos habla de la muerte de olvido. Bajo las vetas del ágata y entre la fría luna que dibuja una serpiente de plata en la ría, ahí está ese color negado, dijo Lionel.

En el cuento La forma de la eternidad el poeta cuenta que quedaba sólo una traza arenosa entre las profundas barrancas que mansamente fueron labradas en la greda friable del subsuelo, tan friable como las masas secas o los pastelitos de coco de la panadería en Genio y figura. Esas masitas tan desmenuzables y dulces como el agua de la incipiente lluvia que gota a gota repica en los techos de cinc; lenguaje monótono que en los oídos de Ada susurra una frase con palabras de lluvia sencilla. No queda claro dónde duele más la piel de poesía, si en Ciudadela, en Deseado o en Bariloche. La vida se le mostró como la transfiguración de la gota en hilo de agua, en arroyo, en laguna.

 

 

El mar de silencio

Lavamos los trastos en la pileta de la cocina mientras hablábamos de Los preludios, bello poema que inaugura la primera parte de Ciclos. Esos hombres que durante el té de la siesta bostezaban su aburrimiento y sólo se despabilaban a la hora en que se encendían los burdeles por el alcohol, que es la misma hora del box y del fútbol; o esas mujeres que hilaban, también a la siesta, enormes ovillos con un cierto odio irremediable, para amarrar réprobos a las piadosas hogueras. Estas figuras poéticas me parecen implacables y certeras, le dije. Me explicó que esas imágenes las venía trabajando en otros poemas que nunca vieron la luz, unos años antes de la publicación de Ciclos. También hablamos del niño que va creciendo a medida que avanza el poema. Un niño, como él, que ve el mundo cambiar y los meses suceden y su percepción lo incomoda o lo re acomoda en perspectiva. Su mirada cambia, el mundo también. Lo percibe de esa manera y se da cuenta que está creciendo. Es momento de salir y viajar, de moverse, para cambiar de una vez.

Millones de rostros parecidos, semejantes, iguales, son arrastrados por las aguas de los ríos que bajan (Urbs Specto). El largo viaje será apenas un instante. Caminamos hacia la salida. Me acompañó hasta la esquina. Quedamos en vernos pronto. Paré un taxi y me fui.

 

Desde Bariloche (El astronauta, la Luna y el poeta)

 

Habíamos hablado por más de dos horas. Era una de esas tardes de invierno, de las que pasan rápidamente, entre las nubes de plomo y el viento frío que acuchilla la jeta y que el sol no se deja ver mucho. Nos entretuvimos así, meta charla y charla. La tierra volando de aquí para allá. (Después de algunos años, sigo conservando un lindo recuerdo de aquella conversa. Es verdad, fue un largo rato que pasamos hablando, pero a su vez, es como un pequeño instante, como un chispazo efímero en mi memoria). Cada tanto se colaba, algún libro o algún dios, o vaya a saber qué, lo cierto es que la discusión iba y venía entre café y tostadas.

Recuerdo que habíamos salido del bar y caminando sin rumbo pasamos por el club de esquí, donde algunas familias se amontonaban frente a un televisor de madera lustrada, pequeño pero lujoso artefacto que tanto costaba comprarse en aquella época. Los chicos correteaban por el salón principal del club, donde mensualmente se reunían para la cena de los montañistas amigos, como les gustaba llamarse. Los más grandes sentados a la mesa esperaban las empanadas calientes que venían desde la cocina. Amontonados, gesticulando y a veces con una expresión de asombro, todos, sin excepción miraban el televisor. La imagen no era muy buena. Se cortaba la transmisión y el locutor de turno daba las aclaraciones del caso del por qué se congelaban las imágenes. Entretanto, el astronauta pegó un pequeño salto desde la escalerita marcando sus huellas para siempre. La verdad es que no se vio un carajo, movimientos entrecortados, dijo uno desde atrás. No era en directo. De todas formas parecía ser la excusa perfecta para reunirse y ver algo de lo grandioso de ese momento. Desde afuera, asomados a la ventana y con la misma expectativa de los más pequeños, tratábamos de ver algo,.

–No será la misma Luna. Ya perdió ese no sé qué, dijo Lionel mientras daba la media vuelta y se lanzaba a cruzar la calle. Al tiempo que yo lo seguía y trataba de alcanzarlo, él apuraba el tranco.

–¡Pará che! Le digo. Se detiene, me mira y dice:

–Si pudiéramos preguntarle a ese astronauta, ¿qué cosa te reveló el haber estado en la Luna? Seguramente nos contestaría: Nada. Prefiero verla redonda y brillante desde un banco en la plaza o caminando de la mano con mi chica.

–¿Te parece?

–No sé. Lo cierto es que se han escrito infinidad de poemas mirando la Luna. No hizo falta volar en un cohete para escribirlos.

Entonces, Lionel cruzó la calle sin rumbo aparente pero con la convicción de llegar primero a la farmacia de la esquina y pedir las gomitas de menta. Compró diez mangos. Seguimos camino por la vereda que tenía algo de sol. Hurgando en la bolsa de papel tratando de pescar las últimas golosinas, nos dejamos llevar sin más por el viento del Este, que pequeño pero constante nos fue empujando. Las calles que cruzábamos en nuestro andar bajaban hacia el lago encrespado. El centro y la principal con sus negocios a medio abrir aparecieron por el fondo del paisaje urbano.

Un tiempo después de las gomitas y de la Luna, coincidimos en Buenos Aires. El mozo acodado en la barra del bar, nos miraba resignado. Estuvimos casi toda la mañana en una mesita que estaba contra la pared espejada de La Giralda. Después de tres cafés con ginebra, compartimos un tostado, como para tirar el resto de la juntada. Nos levantamos, pagamos en la caja y salimos a caminar.

 

Hoy bebo mi café dolido

en un bar al paso

descuidado,

frente a dos desvencijadas

mujeres de la vida.

 

Caminamos por calle Corrientes hasta que nos cansamos.

 

 

–Paremos un poco. Mirá ese cartel, leé lo que dice abajo. Me dijo.

–¿Cuál?

–El de las máquinas de coser. Insistió señalando hacia el cielo tapado de carteles y cables telefónicos.

–”Base de PVC con anclajes propios”.

–¿No es acaso poesía pura ese cartel? ¿Cuáles serán nuestros anclajes? ¿En qué puerto estamos anclados?

–A nuestro origen, allá, en nuestra infancia. Agregué mientras levantaba tímidamente los hombros.

–No creo. Lo veo más como un viaje, nos movemos pero estamos anclados de alguna manera. Me contestó.

Tiempo después escribirá en Ciclos II:

Y mi propio anclaje

en atroces soledades,

atrincherado en pasillos de fuego acorralado,

También y acerca de su viaje en tren, en ese tren de fierro, que se desliza por los rieles y el otro (el mismo), el del viaje interior, leemos:

De brevísimos gozos

que naufragan entre espantos.

De esta manera, Lionel nos mantiene atentos y hablando, una vez más, de poesía y de búsqueda de sentido.

Durante más de cuatro horas estuvimos caminando y charlando. Al llegar al Abasto, un hombre alto y flaco, un tanto perdido, nos pidió que le sacáramos una foto con el Mercado de fondo. Pinta de gringo, parecía suizo, pero en correcto castellano nos preguntó por Gardel y por los bares más tradicionales del barrio, no supimos qué contestarle. Luego, ante su insistencia, accedimos a que nos saque una foto a los dos. Quería tener un recuerdo con cada persona con la que charlaba en la calle. Eso nos dijo. También nos pidió una dirección para enviarnos una copia de la foto.

Lo cierto es que quedamos prendidos de esa charla por bastante tiempo, lo digo así porque los temas que tratamos en esa caminata rebotaron durante largos meses en nuestras cabezas. Esto hizo que en un nuevo viaje a Buenos Aires y un par de llamadas de por medio coincidiéramos en la misma esquina. Era un mediodía de invierno, otra vez. Resolvimos bajar al subte y tomar un tren hasta Lacroze. Le pregunté si quería comer algo de paso y seguir caminando. Me dijo que sí. Salimos en la estación Ángel Gallardo y cruzamos Corrientes. Nos metimos en El trébol y comimos una porción de fugazzeta y una coca, apoyados en la barra, mirando la gente pasar. En la pequeña tele que colgaba de un soporte en la pared pasaban el resumen con los goles del domingo. Nos sentimos plenos. Esa salida la disfrutamos. Y nos dimos cuenta, en aquel momento, como si de un flashback se tratara, que esa caminata había comenzado meses atrás. Ahora estaba detenida, duplicada, como esperando una resolución. En Confines de Ciclos II, leemos:

Hay sonrisas de tejas rojas,

de jardines,

de coloridos muros

revoloteando

sus costaneras.

El día se ha hecho tan bello

que bien podría

detenerme el viaje.

 

Y ciertamente parecía que un gran fenómeno universal, un cataclismo, había detenido ese momento único, mareados por el humo azul de su cigarrillo que ondeaba e inundaba el pequeño recinto. Las puertas de vidrio, corredizas, abiertas de par en par, nos daban esa cercanía con el barullo del gentío que iba y venía por la vereda.

La escena transcurrió de esa manera, estática, sin modificarse. No recuerdo qué más hicimos ese día ni hasta qué hora nos quedamos en la pizzería. Hace mucho ya.

 

Deseado mon amour (Segunda parte)

 

Los ojos crispados por el viento que de coté le volteaba la jeta un poco para la izquierda, las lágrimas corrían de Sur a Norte atravesando la cara. Con los brazos cruzados, protegiendo el pecho de la baja temperatura, estaba parado tratando de mirar la tromba marina que se acercaba a la costa. Convencido de lo precario de la situación y de lo maravilloso de ese suceso, creyó estar más cerca de Dios. Lionel se dio vuelta dejando la playa y el mar a sus espaldas. Caminó un par de cuadras hasta llegar a la parada de taxis, se subió al primero de la fila y le dijo que lo lleve hasta la Estación.

En Ciclos III, aquellas lágrimas habían sido arrojadas al borde de las aguas sobre las desmedidas alas blancas de las olas de ese otro cielo que es el mar. Allí, en ese borde fracasó. Allí, donde las sombras amargas lo persiguieron. Donde también observó con el alma la ensenada de Los Nodales de largas playas con restos marinos de hondo misterio que aguardaban su obra.

Ese fue el momento en que el poeta dio media vuelta con su cuerpo y con su poesía y enfiló hacia poniente. Cruzó la estepa, landa brumosa con pastos ralos que gustó de caminar.

Viajó hacia allá.

Prosiguió su búsqueda.

 

 

Hacia Ciudadela

 

En “Poemas consubstanciales”, que junto a Cristina Venturini tejieron versos como susurros feroces y arremolinados de aspas de polvo y pétalos, como una caricia que los emparda, los iguala en un nuevo rompecabezas, él pudo revivir aquellos juegos literarios propuestos por su madre, donde recortaba palabras para armar sus primeros versos, en las interminables tardes de Ciudadela.

No tener que existir, luego de haber existido en aquella Ciudadela tan lejana –había dicho–, cuando en la zanja de Lacroze y Faraón con el declive justo que le daba al agua una velocidad suficiente, con algunos amigos jugaban carreras lanzando palitos para que naveguen libremente por ese minúsculo río en busca de la llegada, del lugar, del nombre.

Me contó que una vez le habían explicado cómo veían esa búsqueda que él estaba llevando a cabo. Algo así como un largo transitar entre los dos planos de la realidad, como si un puente uniera las dos vidas y en el medio la poesía.

“...al borde de ese abismo sin ponderación de la gran ciudad, al otro lado de la gran avenida de circunvalación, que todavía separaba los ritmos…” (Salir de un sueño, Ciclos)

De la regata minimalista de aquellos palitos que iban por la zanja en busca de la llegada a las palabras recortadas en revistas para encontrar la forma justa que diera vida a ese verso, se perfiló el estilo con que iba a deambular por la vida y por la literatura. No importa si era en Deseado o en Bariloche. La búsqueda iba por dentro, los lugares eran una distracción, una excusa para el alma, mientras sucedía la palabra escrita.

 

***

 

* MIGUEL SELSER nació en Lanús Este y vive desde hace años en San Martín de los Andes. Es profesor de Literatura. Como escritor publicó algunos de sus cuentos en destacadas revistas del quehacer subacuático y en publicaciones digitales (1994-2013), también participó con sus relatos en el programa radial Todavía no por Radio Fun (2006-2008). Co editó el fanzine Ars Combustia (2016-2019) y en 2019 publica, por Ediciones Orcalumis,  Es como una curva que no termina nunca, su primera novela. Desde el año 2020 conforma el grupo de investigación Las instituciones y el poder. Actualmente colabora en diversas publicaciones literarias.

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