JUGUETE RABIOSO / CUARTA TEMPORADA

Hoy compartimos: "El sueño de los Tuaregs", de Javier Santos Rodríguez

Un hombre camina el desierto sin rumbo y sin certezas. Entre huellas que se borran y promesas que no llegan, la travesía se vuelve una reflexión sobre el sentido, la soledad y el amor como único refugio.
26/01/2026

Antes andaba, iba, movía los pies hacia algo, una posición, un punto, una carrera; algo. Había siempre un propósito, un para qué. Pero después las casas quedaron lejos, los hoteles se perdieron de vista y si pasaba un camello era por pura coincidencia.

Atravesar el desierto te transforma. Uno cree que avanza, pero en realidad uno está ahí, con los pies en la arena mirando la nada misma y caminando sin razón, yendo a ningún lado y yendo de todos modos, inevitablemente. Pasa un pájaro y uno dice estoy cerca de mi porvenir, y uno apura el paso, contento, y pareciera que los pies pisan más fuerte la arena, que dejan una huella bien marcada y para siempre. Pero después pasa otro y otro pájaro, y uno cae en la cuenta de que es el mismo pájaro negro, tan quieto como uno pero en el cielo firme y azul, pegado como yo ahora en la inmensidad del mundo, un punto, una pelusa en el mapa que dibuja un camino sin rumbo, la movilidad quietísima. Y al volver la vista esas huellas desaparecen en el viento, se las lleva el aire de una tarde cualquiera. Como si nada.

Miro mis pies cansados, la piel del metatarso arde de tantos días expuestos a radiación. La crema se acabará pronto, me quedaré sin bloqueador solar o me haré crema de tantos soles juntos, una mancha pegajosa sin más recuerdo que un olvido de arena y viento.

La vida está quieta o estoy loco, la vida es una muerte lenta que se mueve entre médanos de arena incontables, inconmensurables, infranqueables. Infinitos.

De pronto un monte por encima de todo. Veo la cumbre levantarse ante mí. Una idea, un propósito, me digo. Algo que subir, un punto crucial en el camino que me hará ver desde lo alto más claramente y más preciso hacia dónde ir.

Entonces me entusiasmo y subo la cuesta con ambición desmesurada, loco y feliz porque sé que veré mi ilusión, mi dirección, mi punto.

Pero llego por fin y al llegar estoy solo y triste, más solo que antes y no veo sino arena y más y más arena. Aunque arriba del mundo como esa montaña, ese peñasco. Un punto en medio del desierto, un desierto en medio del mundo, un mundo en medio del universo.

Bajo desesperado. Sé que no tengo salida afuera en la intemperie. Así como llegan los días, empieza a caer nuevamente una noche y me inclino al poniente invadido por el crepúsculo: rezo a un Dios inconcebible. Duermo. Sueño con otro lugar, un campo, unas colinas suaves, estoy en medio de ellas. Me estremezco al saber que ese es mi lugar en el mundo, lleno de trigo y de maíz. Un arroyito surca las tierras cultivadas. No quiero despertar, sé que si despierto me hallaré otra vez con el desierto, con el sol infernal e infinito.

De pronto alguien se acerca y me ceba un mate. Miro su cara amiga, sus manos amigas; es ella mi punto, mi amiga, mi lugar. Despierto y el desierto se ha desvanecido. Estamos nosotros dos, el mate y las colinas.

 

*

JAVIER SANTOS RODRÍGUEZ,  de 1981, argentino y de San Isidro. Nacido por casualidad en Tucumán. Pero desde los siete años de edad anda por los alrededores de Buenos Aires. Siempre quiso ser escritor, desde chico. Tal vez porque su padre solía inventarle historias antes de la hora de dormir. Le gusta leer y escribir. Tiene algunos libros editados y otros  que permanecerán inéditos. Enamorado de su novia. Risueño. Cantante en la ducha. Lee y practica filosofías a su modo. Se nutre de lecturas breves y diversas y escribe cuando puede. Busca rincones solitarios donde encontrar calma para eso. Puede ser durante la noche, sobre su escritorio de madera gastada que heredó de un abuelo, o durante el día mientras con los ojos parece cazar moscas arriba de un sillón. O tal vez … tal vez en alguna tibia tarde a la sombra de un nogal o un paraíso. Trabaja en una biblioteca de barrio desde donde puede ver a través de la ventana algunos pájaros grises que le cantan todas las mañanas.