JUGUETE RABIOSO

Inaugurando la tercera temporada de la sección Juguete Rabioso, hoy un cuento de Marcelo Gobbo

En esta primer entrega del 2025 de la sección literaria que cura el escritor Diego Réis, un trabajo del reconocido autor bonaerense.
03/01/2025
Inaugurando la tercera temporada de la sección Juguete Rabioso, hoy un cuento de Marcelo Gobbo
Inaugurando la tercera temporada de la sección Juguete Rabioso, hoy un cuento de Marcelo Gobbo

GÉISERES / Por Marcelo Gobbo

 

- De todas tus muestras es, de lejos, la que más me gusta.

Esteban lleva más de veinte minutos hablándome de la escultura que le pidieron para exponer en la capital y de la ristra de elogios que recibió de quienes la conocen por fotos. Tal vez por eso el giro de la conversación me huele a podrido. Por eso y por el olor a zorrino que sale del cadáver en la banquina.

- Hay algunas pinturas que vos ya habías visto ―le recuerdo―, en la época en que tenías la galería.

“Y no quisiste exponerlas aunque me dijiste que eran lo mejor que había pintado en mi vida”, debería recordarle.

- Están buenísimas ―dice, como si no me hubiera escuchado, mientras acelera en la ruta desierta. De perfil parece un tiburón dibujado por un niño, aunque menos interesante.

Vino a buscarme a casa para llevarme a la sala de exposiciones de su ciudad. Acá no hay ese tipo de salas. Ni siquiera hay exposiciones. Y no debe haber muchos lienzos o esculturas que digamos, para qué mentir, en las doscientas y pico de casas que hay en el pueblo de mierda donde nací y donde voy a morirme de viejo a los cincuenta, es decir, en veinte meses. Lástima que Adela no haya venido a recogerme.

- Y de la serie de obras de menor tamaño, te había mandado una foto por mail para la muestra colectiva del año pasado, ¿te acordás?

- Es genial. Sencilla pero potente.

Su voz suena más artificial que la de la hora en la FM del pueblo. Los postes se suceden al costado de la ruta, viejos y desprolijos como mi reflejo en la ventanilla. ¿Cuándo encanecí del todo? Al menos no estoy pelado como él. ¿Tengo que decirle algo? Tal vez debería agradecerle.

- Gracias ―le digo― por pasar a buscarme.

- No me agradezcas a mí sino a la comisión de los amigos de la sala, que fueron los que me pagaron la nafta para llevarte.

Se me ocurren dos o tres chistes sobre ser amigo de una sala pero mejor me los callo. Al pasar la curva, nos sorprende un rebaño de cabras atravesado en nuestro carril y Esteban, adoptando una práctica infrecuente, acelera para esquivarlos. Parece apurado. Intento sonar calmo.

- Vamos bien de tiempo, ¿no?

- Sí, estamos bárbaro. Pero no quiero llegar tarde. ¿Pudiste ver cómo quedó armada la muestra?

Miro al volcán, a la derecha. Imperturbable, espléndido, lejano. Hay días en los que me gustaría que entrara en erupción y la tierra nos tragara a todos. A Esteban antes que a mí, es cierto, pero solo por unos minutos de diferencia. O no, tal vez no. Mejor que entre en pánico y tenga que mantenerse en ese estado durante unos minutos antes del alivio definitivo.

-Y sí, si la armé yo junto con las otras dos artistas y la gente de la sala. Estuvimos hoy hasta el mediodía para terminarla. Si fue cuando volví de allá que se me rompió la renoleta.

- ¿Fue en la ruta?

- No, por suerte ―le contesto, mirando al ómnibus que se cruza con nosotros por el carril contrario―, o no estaría acá.

Lanza una carcajada. No le veo la gracia. Podría haberme matado.

- No te rías ―protesto―. Podría haberme matado.

- Pero no te moriste, ¿ves?, y en cambio vas a tu primera muestra en… ¿cuánto tiempo?

-Cuatro años.

-Cuatro años.

Nueve desde mi última muestra individual.

- Me mata como quedó lo tuyo. Porque esta vez pintaste motivos directos, ¿viste?, no están intelectualizados, te tocan los ojos pero te pegan en el pecho -gesticula con el puño.

Llegamos al cartel que indica que faltan otros veinte kilómetros para llegar a la ciudad. No sé si preguntarle por Adela. Súbitamente, me siento incómodo.

- ¿Te parece? ―le pregunto.

- Sí, se nota que te reconciliaste con lo figurativo.

Pienso en la serie de miniaturas, que tienen tanto de figurativo como la mancha violácea que surca el cielo sobre las montañas, y frunzo el ceño. Pienso en la obra que le había mostrado muchos años antes para la galería, ese mismo local que había abierto cuando Adela le pidió el divorcio y que él decidió cerrar tras reconciliarse: lo más cercano que había a algo figurativo en esos lienzos era que podían confundirse con géiseres. O con un dibujo que Adela, harta, hermosa, desafiante, se había hecho tatuar sobre el pubis, justo bajo la cicatriz de la cesárea, meses después de que Esteban dejara de tocarla o mirarla. No, nunca vio la muestra, al menos no entera, ni siquiera vio una tercia parte de todo. Mejor no digo nada.

El silencio se hace espeso a fuerza de incomodidad más que por monotonía. Clavo la mirada a un costado, donde la ilusión óptica admite anclar un telón de fondo tridimensional detrás de esa cinta transportadora que es la banquina. Ahuyento la imagen de ella, desnuda y tenue, que surca el aire. Procuro fijar las siluetas de las cumbres en ese lienzo imaginario, pero la noche se inclina indolente sobre el paisaje y rompe el hechizo.

De pronto, la camioneta empieza a sacudirse violentamente. Me golpeo la nariz contra la ventanilla. Un humo negro, espeso, brota de abajo del capó. El vehículo lanza unos vehementes estertores antes de detenerse al costado de la ruta, a metros de la entrada al aeroclub clausurado hace una década. Observo alarmado que Esteban, con aterrador aplomo, pone el freno de mano y, sin mirarme, dice:

- Qué cagada. En esta zona no hay señal. Vamos a tener que esperar a que alguien se apiole que no estás en la inauguración y vengan a buscarnos, ¿no? A menos que piensen que nos matamos.

Lanza una carcajada torva y apoya las manos sobre el volante. No baja a ver qué le pasó al motor. Las sombras del crepúsculo que ahora avanza vertiginosamente le impregnan la cara.

Lo miro, incrédulo. Un hilo de sangre cae de mi nariz y sobre la camisa blanca dibuja una mancha que se parece bastante a una daga.

 

*

 

Imagen autor. MARCELO GOBBO. Ph: @paisajes_smandes

 

MARCELO GOBBO (1966, Buenos Aires, Argentina) Es escritor y realizador audiovisual. Publicó Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas (2012), Barbarie y civilización (cuentos y relatos, 2012), El humo de la noche (poesía, 2013), Mini (microficción y poesía en prosa, 2015 y 2016), El repliegue (poesía, 2015), Bodega (novela, 2018), De la misma madera (cuentos y relatos, 2019), Nombres propios (no-ficción, 2022), La necesidad de los vivos (poesía, 2022) y Restos culturales (cuentos, 2022). Obtuvo una treintena de distinciones, entre ellas: Premio Único de la Rama “Cuento” en los Juegos Florales Hispanoamericanos 2015 por “La última nevada”; Premio del Jurado en el VIII Certamen Internacional de Literatura Hiperbreve Pompas de Papel por Ars Amatoria; Premio Internacional de Cuentos Juan Ruiz de Torres 2022 por Restos culturales; y el tercer Premio Municipal de Literatura Luis José de Tejeda 2023, en el género Cuento. Sus textos aparecieron en publicaciones de todo el mundo. 

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